Clara Serrano juró que nunca volvería a caer por Adrián Fuentes.
Un año atrás, él le rompió el corazón, la dejó con una mentira clavada en el pecho y desapareció justo cuando ella más necesitaba una explicación.
Ahora Clara sólo quiere trabajar, cuidar a su madre y mantenerse lejos de los hombres peligrosamente guapos.
Pero el destino tiene pésimo sentido del humor.
En una consulta médica, vuelve a encontrarse con Adrián: el mismo rostro que no pudo olvidar, la misma voz que todavía le eriza la piel... y ahora también el poderoso CEO capaz de comprar medio mundo con tal de acercarse a ella.
Clara intenta huir.
Adrián no piensa soltarla.
Para protegerse y resolver sus propios problemas, Clara acepta firmar un contrato con él: un año juntos, beneficios claros y nada de enamorarse.
Pero Adrián no quiere una novia por contrato.
Quiere a Clara.
La que lo odia, lo provoca, lo reta y todavía tiembla cuando él la besa.
Entre celos, secretos, dinero, deseo y una verdad que ninguno de los dos ha terminado de confesar, Clara tendrá que decidir si Adrián Fuentes es el error más caro de su vida...
O el único hombre que siempre estuvo dispuesto a perderlo todo por ella.
NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11
Capítulo 11
No quise seguirle el juego.
Terminé de recoger mis cosas y caminé hacia la puerta.
Adrián se me adelantó.
Puso la mano sobre la mía antes de que pudiera tomar la bolsa.
—Déjalo. Yo lo llevo.
Miré las pocas cosas en el piso.
No era tanto.
—No hace falta. Tienes la mano lastimada.
Yo podía.
Pero Adrián era terco.
No soltó.
Antes entrenaba todos los días. Yo, en cambio, era una persona profundamente comprometida con la vida horizontal. Aunque él tuviera una mano herida, seguía teniendo más fuerza que yo.
Nos quedamos forcejeando unos segundos.
Al final me rendí.
—Tienes gente abajo. Que ellos carguen.
Eso sí debía bastar.
Adrián me ignoró con una dignidad absurda.
Con la mano sana tomó todo de una vez.
Luego alzó la barbilla, orgulloso.
—Mira, bebé. Súper fácil.
Me miró de reojo.
—Hasta podría cargarte a ti también.
—¿Era necesario?
Le di una palmada en el brazo.
—Ya camina.
Cuanto más rápido saliéramos, más rápido terminaría esa escena.
Adrián, por supuesto, interpretó mi palmada como preocupación.
Porque él podía fabricar esperanza con polvo.
Cuando bajamos, su asistente ya estaba esperando con otro coche.
Al ver a Adrián, se acercó para ayudar.
Esta vez Adrián sí le entregó las bolsas.
Luego abrió la puerta trasera del coche y me hizo una seña para subir primero.
Como si lo hubiera hecho mil veces, puso el dorso de su mano sobre el marco de la puerta para que yo no me golpeara la cabeza.
—Con cuidado, Clara.
Su voz fue suave.
Demasiado suave.
El asistente abrió los ojos.
¿Ése era su jefe?
¿El mismo hombre que en la empresa podía congelar una sala de juntas con una mirada?
En ese momento parecía...
No.
El asistente no se atrevió a terminar la palabra.
Pero la palabra era rogón.
Cuando Adrián subió al coche, el asistente seguía parado afuera, procesando la destrucción de la imagen del CEO frío y dominante.
Adrián volvió a su tono normal.
—¿No quieres venir? Entonces quédate aquí.
Luego ordenó al chofer:
—Arranca.
El asistente reaccionó de golpe y entró al coche con la velocidad de alguien que aún apreciaba su salario.
Ah.
Ese sí era su jefe.
Frío.
Implacable.
Normal.
Pero la ilusión le duró poco.
Porque Adrián volvió a girarse hacia mí.
—¿Estás cansada?
Se acercó un poco.
—¿Quieres que te dé masaje?
Me quedé rígida.
Había dos personas en los asientos delanteros.
¿Ese hombre no conocía la vergüenza?
—No.
—¿Tienes sed?
—No.
—¿Qué quieres cenar? Le digo a la cocinera.
—Adrián.
—¿Quieres cambiar algo en la casa? Las cortinas, por ejemplo. Puedo ponerlas del color que te gusta.
La paciencia se me acabó.
Lo miré con filo.
—¿Puedes quedarte callado?
Él cerró la boca de inmediato.
Pero quedarse callado no significaba quedarse quieto.
Empezó a mirarme.
De reojo.
Luego directo.
Cuando yo lo notaba, volteaba hacia la ventana.
Cuando yo dejaba de verlo, volvía a mirarme.
La sensación de su mirada era demasiado intensa.
—¿Por qué me miras tanto?
Desde el departamento hasta el coche. Ya era mucho.
Adrián puso cara de agravio.
—No me dejas hablar. ¿Ahora tampoco puedo mirar?
Según él, mirar a su novia, futura esposa, era perfectamente razonable.
Yo suspiré.
—No dije eso.
Giré hacia él justo cuando sus ojos estaban sobre mí.
Profundos.
Tan llenos de algo que me costó respirar.
Su rostro seguía siendo perfecto de una forma injusta. Y de pronto empezó a acercarse.
Más.
Un poco más.
Me quedé quieta.
Por un segundo olvidé que no estábamos solos.
Maldita fuera mi buena vista.
Un año separados y esa cara seguía teniendo la capacidad de hacerme tonta.
Adrián levantó una mano.
Me rozó el cabello.
Luego retiró una hoja pequeña que estaba sobre mi cabeza.
La miró.
Era verde.
La tiró.
—El verde no se ve bien sobre tu cabeza.
Me tomó un segundo entenderlo.
Se refería a los cuernos.
Al engaño.
Adrián agregó, casi ofendido:
—¿El universo también quiere acusarme? Yo sólo te he tenido a ti.
Solté una risa seca.
—Pues alguien hizo méritos para que lo malinterpretaran.
Adrián se quedó callado.
No quiso decir eso.
Sólo quería recordarme su lealtad.
Y otra vez salió mal.
Yo apoyé una mano en el pecho.
El corazón me latía rápido.
Demasiado.
Miré de reojo al hombre a mi lado.
Si todo había sido un malentendido...
¿Debíamos darnos una oportunidad?
No ahora.
No tan rápido.
Un año.
Un año debía bastar para ver a una persona con claridad.
Adrián, por su parte, miraba por la ventana con el ceño bajo.
Tenía un año para retenerme.
Y todavía no sabía cómo.
Antes de llegar a la casa, Adrián y su asistente bajaron del coche.
—Tengo asuntos en la empresa —dijo.
Asentí.
Por alguna razón, esa vez fui tranquila.
Adrián no pudo resistirlo.
Me pellizcó suavemente la mejilla y se acercó a mi oído.
—En la noche me ayudas a bañarme.
Fruncí el ceño.
¿Por qué?
Pero él ya se había ido.
Corrió casi.
Claro.
Si corría lo bastante rápido, no escuchaba mi negativa.
Y si no escuchaba mi negativa, podía fingir que había aceptado.
Con esa pequeña fantasía, su ánimo estaría mejor para firmar el contrato importante que lo esperaba.
El asistente subió con él al otro coche, todavía confundido.
La diferencia entre el Adrián de hace cinco minutos y el señor Fuentes que ahora revisaba documentos era casi clínica.
En la empresa: pocas palabras, mirada fría, presión de hombre poderoso.
Con Clara: pegajoso, insistente, descarado.
El asistente se perdió en sus pensamientos.
Adrián extendió la mano.
No recibió nada.
Golpeó el respaldo del asiento.
—¿Qué haces?
El asistente volvió en sí y le entregó la carpeta.
Adrián la abrió.
—¿Ya llegaron todos?
—Sí, señor. Sólo faltaba usted.
Mientras tanto, el coche llegó a la villa.
Al bajar, vi al mayordomo esperándome en la entrada con una sonrisa amable.
—Señorita Clara, soy el mayordomo de la casa. Cualquier cosa que necesite, puede decírmela a mí.
Hizo una pausa.
—Aunque, claro, al señor Fuentes le gustaría más que se lo dijera a él.
Le respondí con educación y entré.
La casa era enorme.
Demasiado limpia.
Demasiado ordenada.
Y en cuanto crucé la puerta, me quedé quieta.
Había filas enteras de ropa colgada con cuidado.
Vestidos.
Blusas.
Pantalones.
Zapatos.
Todo en estilos que yo habría elegido.
No dije nada.
Pero por dentro me sentí rara.
Vivir con alguien después de tanto tiempo separados ya era incómodo. Vivir con Adrián, que parecía recordar hasta los colores que me gustaban, era peor.
Dejé el bolso.
El celular sonó.
Mensaje de Adrián.
¿En la noche me ayudas a bañarme?
Acababa de volver a su oficina y lo primero que hizo fue mandarme eso.
Empecé a escribir:
No.
Antes de enviarlo, llegó otro mensaje.
Me duele la mano. Por favor.
Mis dedos se detuvieron.
¿Eso era una súplica?
Luego apareció una imagen.
La abrí.
Me quedé sin aire.
Adrián estaba de rodillas sobre una cama.
Sin camisa.
Con las manos detrás de la espalda.
El pecho marcado, el abdomen firme, la cintura entrando justo en el pantalón de vestir. Las piernas ligeramente separadas. La cabeza levantada hacia la cámara.
Y aun en esa postura, su mirada no era sumisa.
Era pura invasión.
Como si estuviera al otro lado de la pantalla, esperando que yo fuera quien se acercara.
Me ardió la cara.
La foto no era inocente.
Ni siquiera intentaba serlo.
El pantalón le quedaba bajo en la cadera, lo suficiente para marcar esa línea peligrosa que yo conocía demasiado bien.
La luz de la oficina le caía sobre el abdomen, sobre los hombros, sobre la tensión de sus brazos.
Parecía un hombre preparado para obedecer.
Pero sus ojos decían otra cosa.
Decían ven.
Decían atrévete.
Decían que si yo estuviera frente a él, la cama de esa oficina no seguiría tendida.
¿Me estaba seduciendo?
Claro que sí.
Antes, cuando viajaba por trabajo, yo le pedí fotos así.
Adrián se negó.
Esa misma noche apareció en la puerta de mi hotel. Me jaló hacia la habitación, cerró detrás de nosotros y me acorraló contra la puerta.
Su voz en mi oído fue baja, caliente:
—¿Qué tiene de divertido ver una foto?
Me mordió suave.
—El original se ve mejor. Puedes mirarlo, tocarlo y dormir encima.
La memoria me golpeó.
Miré la foto otra vez.
Una parte de mí quiso estar frente a él.
Quiso ponerle un pie encima, obligarlo a levantar la mirada y escuchar cómo se le rompía la respiración.
Adrián tenía una voz hermosa.
Pero en esos momentos era otra cosa.
Más baja.
Más ronca.
Más peligrosa.
Alguna vez pensé que debí grabarla.
No sólo la voz.
También esa manera suya de perder la calma cuando yo lo provocaba.
La respiración junto a mi oído.
Los dedos marcándome la cintura.
La forma en que me decía bebé cuando ya no quería sonar tranquilo.
Me di cuenta de lo que estaba pensando y casi aventé el celular.
En cambio, hice algo peor.
Guardé la foto.
Y la oculté.
En la oficina, Adrián miraba la pantalla como si estuviera esperando sentencia.
Cuando vio escribiendo..., casi dejó de respirar.
Luego mandó la foto.
El escribiendo... desapareció.
No contestó.
¿La estaba viendo?
Adrián sonrió.
Él conocía a Clara.
Clara era una mujer que amaba la belleza y el dinero.
Y eso le parecía perfecto.
Porque él tenía ambos.
Escribió:
Si no contestas, lo tomaré como un sí.
Yo mordí el labio.
En la caja de texto seguían las palabras:
No puedo.
Las miré mucho tiempo.
Luego las borré.
Escribí otra cosa:
¿Ya no tienes cara? ¿No te da miedo que suba esto a internet?
Adrián leyó y sonrió.
No era un rechazo directo.
Eso ya era una victoria.
Tomó otra foto, esta vez de un documento, y la envió.
Después escribió:
Si tienes muchas ganas, súbela.
Abrí la imagen.
Arriba, en letras grandes, decía:
Deslinde de responsabilidad.
El documento básicamente decía que, si yo publicaba sus fotos, Adrián no me haría responsable.
Me quedé confundida.
¿De verdad había bloqueado todos los caminos?
¿No le daba miedo?
Un año atrás era orgulloso.
Ahora ya no tenía vergüenza.
Le respondí:
Descarado.
Adrián mandó una carita llorando.
Luego:
Con vergüenza no voy a recuperarte.
Me quedé mirando la frase.
¿Recuperarme?
Escribí:
¿Recuperarme?
Adrián respondió:
Sí. Voy a conquistarte otra vez.
Después:
¿Me das oportunidad?
Le mandé un sticker adorable que decía:
No.
Adrián sonrió.
Un sticker tan lindo no podía significar un no absoluto.
Escribió:
Entendido.
No contesté.
Abrí el álbum oculto.
Volví a mirar la foto.
La amplié.
Me detuve en la línea del pantalón de vestir.
Miré con atención.
Demasiada atención.
El celular empezó a vibrar seguido.
Varias imágenes.
Las cerré con fastidio.
No interrumpan el paisaje.
Entonces llegó otro mensaje:
Tomé muchas. Te las mando todas como pago por ayudarme a bañarme.
Esa frase sí la vi.
Abrí WhatsApp de inmediato.
Ahí estaban.
Adrián en distintas posturas.
En una mordía la corbata, con la camisa abierta y la mirada clavada en la cámara como si pudiera verme a través de la pantalla.
En otra estaba sentado al borde de la cama de su oficina, el abdomen en tensión, el pantalón oscuro demasiado bajo en la cadera.
En la tercera, la camisa ya no estaba.
Sólo tenía el pantalón, la corbata suelta alrededor del cuello y una mano apoyada sobre el cinturón, como si esperara que yo le diera permiso de seguir.
Debajo escribió:
Si estuvieras aquí, te dejaría desabrocharlo.
Me tapé la cara con el celular.
No.
Ese hombre había decidido atacarme a plena luz del día.
Antes de que pudiera recuperarme, llegó otra:
O me arrodillo y te pido perdón hasta que me perdones.
Luego:
Aunque prefiero que me castigues tú.
Mi garganta se secó.
Escribí:
Estás en la oficina.
Adrián contestó:
Por eso me porto bien. Más o menos.
Miré otra vez la foto.
Más o menos era una mentira enorme.
Me quedé mirando el fondo.
¿Cama?
¿No estaba en la empresa?
Pregunté:
¿Dónde estás?
La respuesta llegó de inmediato:
En la oficina.
Luego:
Un día te traigo.
Seguro quería que todos sus empleados supieran que tenía novia.
Pobres empleados.
Ya bastante era trabajar como esclavos modernos como para además comer romance del jefe.
Yo solté una risa.
Entonces las oficinas de CEO con dormitorio sí existían.
Perdonen mi ignorancia.
Nunca había visto una.
De pronto recordé a la madre de Adrián.
Un año atrás fue a buscarme y dijo cosas que todavía me pesaban.
Ella no aprobaba nuestra relación.
Suspiré.
¿Para qué pensaba en eso?
Era demasiado lejano.
Ni siquiera había aceptado volver con Adrián.
No tenía derecho a preocuparme por su familia.
Miré otra vez las fotos.
Entonces me di cuenta de algo.
¿Acababa de aceptar, indirectamente, ayudarlo a bañarse?
Me quedé inmóvil.
Luego me odié.
¿Por qué tenía que ser tan visual?
Otra vez había caído.
Sin dignidad.
Sin remedio.
Me dejé caer en el sofá y me cubrí la cara con el celular en la mano.
Adrián Fuentes acababa de usar sus abdominales como arma de negociación.
Y lo peor era que había funcionado.