—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
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Capítulo 4: La tormenta sobre la capital
La mañana siguiente amaneció cubierta por una espesa capa de niebla gris sobre la capital del imperio. Sin embargo, dentro de la pequeña y austera residencia de la familia D'Aro, el silencio era casi sepulcral.
Claudia D'Aro observaba el techo de su habitación con la mirada perdida, envuelta entre las cobijas hasta la barbilla. Claudia no era una persona con grandes ambiciones en esta segunda oportunidad de vida. Su existencia previa había terminado de forma absurda con un pedazo de pan dulce a altas horas de la madrugada, y su llegada a este mundo tampoco había venido acompañada de títulos deslumbrantes ni riquezas desmedidas. La Casa D'Aro era un linaje baronial venido a menos que, hacía apenas tres años, había quedado completamente extinto en sus ramas principales. Una extraña y repentina fiebre devoró a sus padres y a sus hermanos mayores en cuestión de semanas sin cura alguna. Claudia no fue la excepción, pero “milagrosamente" se salvó.
Fue en ese momento en el que despertó aquí.
Sola en el mundo, sin familiares que la presionaran ni compromisos políticos que la ataran, Claudia descubrió que la soledad absoluta tenía una ventaja inesperada: una libertad envidiable. Heredó una renta modesta pero suficiente para pagar a un par de sirvientes, mantener la casa limpia y dedicarse a su verdadera pasión: ser una espectadora invisible de la alta sociedad. Ella no quería ser la heroína de una novela ni la villana destinada a la ruina. Su meta era simple: mantener la casa por su cuenta, comer dulces deliciosos, observar los dramas ajenos desde la distancia y vivir una vida larga y pacífica.
O al menos, ese era el plan hasta la noche anterior.
—Señorita Claudia... —la voz temblorosa de Mart, su anciana ama de llaves, interrumpió sus pensamientos mientras entraba a la habitación con una bandeja de té cuya porcelana tintineaba por el temblor de sus manos—. Señorita, por favor dígame que lo que dice la gaceta matutina es una mentira descarada...
Claudia se sentó de golpe en la cama, sintiendo que un frío helado le recorría la columna vertebral.
—¿Qué dice la gaceta, Mart?
La anciana le entregó el periódico con dedos temblorosos. En la primera página, impreso con letras gigantescas y tinta negra aún fresca, se leía:
«¿LA ESPOSA MISTERIOSA? LA BARONESA D'ARO HUYE DEL BANQUETE IMPERIAL CON UN DESCONOCIDO FRENTE A LAS CINCO POTENCIAS DEL IMPERIO»
El vaso de té estuvo a punto de volcarse sobre las sábanas. Claudia leyó con horror desgarrador cómo los cronistas de la corte habían reconstruido los hechos. Aunque nadie conocía la identidad del muchacho al que había agarrado del brazo, la identidad de Claudia había sido trágicamente fácil de rastrear. Al ser una noble huérfana de bajo rango que asistió sola al banquete, varios guardias de la entrada recordaban perfectamente su carruaje de alquiler y su nombre en la lista de invitados secundarios.
—Esto no puede ser real... —gimió Claudia, cubriéndose el rostro con las manos.
Mientras el pánico consumía la pequeña residencia D'Aro, en las altas esferas del imperio la situación era exponencialmente peor.
En la sala de reuniones privadas del Palacio Imperial, la atmósfera era tan pesada que la servidumbre se negaba rotundamente a acercarse a menos de diez metros de las puertas de roble. Cinco de las figuras más imponentes del continente rodeaban una mesa de caoba sobre la que yacía el informe detallado de la noche anterior.
El Príncipe Heredero, Alistair von Valerius, permanecía sentado en la cabecera, haciendo girar perezosamente un anillo de sello en su dedo índice. Su rostro, habitualmente adornado con una sonrisa diplomática y refinada, mostraba una frialdad sanguinaria.
—Una baronesa huérfana sin conexiones ni recursos —dijo Alistair, con una voz peligrosamente suave—. Y un hombre sin rostro que caminaba por mi palacio como si fuera el dueño del lugar. Duque, ¿sus caballeros de la frontera no detectaron a ningún visitante inusual entrando a la capital?
Al otro lado de la mesa, el Duque del Norte, Kaelen Vance, mantenía los brazos cruzados sobre su pecho. Su uniforme militar negro parecía imbuido de una helada invisible. Sus ojos rojos brillaban con un resentimiento apenas contenido.
—Nadie cruza el muro del norte sin mi autorización, Alistair —respondió Kaelen, con un tono rasposo y tajante—. Quienquiera que fuera ese sujeto, no usó las rutas comerciales ni las puertas principales. Se movió como una sombra. Pero lo que realmente me molesta no es el tipo... sino la audacia de la señorita D'Aro. Presentar a un desconocido como su esposo frente a nosotros fue una provocación directa.
—O un acto de pura desesperación —intervino el Santo del Imperio, Lord Lucian, ajustándose las mangas de su túnica sagrada. Su rostro celestial mantenía una serenidad perturbadora, aunque sus nudillos blancos revelaban la tensión—. La pobre muchacha parecía aterrorizada. Tal vez aquel hombre la estaba manipulando o amenazando. Es nuestro deber como líderes de la fe y el imperio rescatarla de semejante engaño.
—Por favor, Lucian, guarda tus sermones para la catedral —interrumpió el Maestro de la Torre Mágica, Ezekiel, haciendo flotar pequeñas chispas de magia azul entre sus dedos mientras analizaba un mapa de la capital—. Mis rastreadores mana detectaron residuos de un hechizo de ocultamiento de altísimo nivel en la terraza trasera. El "esposo" no es un noble menor de provincia. Ese sujeto utilizó magia de Grado Noveno para borrar sus huellas apenas pisó el jardín.
El Caballero Paladín, Sir Cassian, apoyó ambas manos sobre la mesa, haciendo resonar su guantelete de acero.
—No me importa qué tipo de magia usó o qué tan hábil sea con la espada —declaró Cassian con firmeza marcial—. La señorita Claudia D'Aro está bajo la jurisdicción de la corona. He desplegado a la Guardia Real en todos los distritos. Nadie sale de la capital sin ser interrogado. Lo encontraremos antes del anochecer.
Pero. ¿Porque era tan importante la señorita de D'Aro?
Aunque ella misma no lo sepa por la cantidad de novelas que leyó en su primera vida. Ella es nada más y nada menos que la protagonista de la historia y por eso, estos hombres están tan atraídos hacia ella.
A varios kilómetros de allí, en la suite presidencial del gremio comercial más exclusivo del distrito sur, el ambiente era radicalmente distinto.
El sol matutino filtraba sus rayos a través de los ventanales de cristal. Sentado en un cómodo sillón de terciopelo, el hombre de la noche anterior vestía de seda clara mientras hojeaba distraídamente un informe confidencial.
Él dio un sorbo a su té y dejó la taza sobre el plato con un leve chasquido. Su mirada, oscura y profunda como un pozo sin fondo, se posó sobre el informe que contenía el nombre de Claudia D'Aro.
—¿La baronesa vive sola? —inquirió él, hacia su subordinado.
—Así es —respondió el subordinado a toda prisa—. Perdió a toda su familia a causa de una epidemia de fiebre hace tres años. No posee parientes cercanos ni alianzas políticas. Es una figura completamente aislada dentro de la nobleza local.
El hombre apoyó la barbilla sobre su mano, y una sonrisa genuinamente divertida y calculadora se dibujó en sus labios.
—Huérfana, solitaria y con la audacia suficiente para presentarme como su marido para escapar de cinco pretendientes molestos... —murmuró para sí mismo con voz grave—. Qué criatura tan fascinante.
—¿Que hará ahora?
—Dejaré que los pretendientes muevan sus fichas y pongan la ciudad patas arriba. Eso solo hará que el juego sea más entretenido. Preparen la finca de las afueras. Presiento que la pequeña Claudia necesitará un verdadero refugio muy pronto, y yo seré un esposo muy generoso al ofrecérselo.