Dulce Muñoz nunca pensó que una llamada equivocada la llevaría a la cama de Santiago Fuentes, el hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
Él era mayor, frío, rico y demasiado correcto para meterse con una chica como ella.
Pero también era el único que podía salvarla cuando su vida se estaba cayendo a pedazos.
Lo que empezó como un acuerdo terminó volviéndose deseo.
Santiago quería un heredero. Dulce necesitaba dinero.
Ninguno de los dos esperaba que entre noches ardientes, celos imposibles y secretos del pasado, el corazón también entrara en el trato.
Pero Santiago no es un hombre libre de enemigos.
Su familia quiere separarlos.
Leonardo Lozano, su rival, también parece conocer a Dulce desde antes.
Y mientras todos intentan decidir su destino, Santiago sólo tiene una certeza:
Dulce es suya.
Y esta vez no piensa soltarla.
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Capítulo 4
Capítulo 4
En el comedor de los Fuentes, don Ernesto comía mientras platicaba con don Héctor.
Aunque las dos familias eran ricas, ninguno de los dos viejos era demasiado rígido con las formalidades. Se conocían desde hacía años, habían hecho negocios juntos, habían peleado por tonterías y luego se habían reconciliado jugando ajedrez.
También llevaban tiempo con la idea de unir a las familias.
Para don Héctor, Santiago era el candidato perfecto.
No sólo por dinero.
Santiago había salvado la vida de su nieta.
Mariana Morales comía despacio, con movimientos cuidados. Escuchaba a don Ernesto hablar del trabajo de Santiago, pero su cabeza estaba en otra parte.
En Santiago.
Hacía tres años que no lo veía. Durante la universidad, muchos hombres la habían perseguido. Compañeros, herederos, empresarios jóvenes, niños bonitos con autos caros.
No aceptó a ninguno.
En cuanto se graduó, volvió a Ciudad de México.
Y ahora, mientras recordaba aquella vez en que Santiago se lanzó al agua para salvarla, la sonrisa se le volvió suave.
Entonces lo vio entrar.
Santiago apareció en la puerta del comedor.
Mariana levantó la mirada y se le iluminaron los ojos.
Por fin.
Don Héctor dejó los cubiertos.
—Santi, ya llegaste.
Santiago saludó con una sonrisa cortés y jaló la silla junto a su abuelo.
—Don Héctor, disculpe la espera.
—No esperamos nada. Tu abuelo y yo teníamos años sin ponernos al día.
Santiago se sentó y le dedicó a Mariana una sonrisa breve, educada.
Nada más.
Mariana lo observó sin disimular.
El señor serio seguía siendo igual de frío.
Pero no importaba.
Tres años no lo habían hecho menos atractivo. Al contrario. Tenía más presencia. Más esa energía de hombre maduro que no necesita presumir para dominar una habitación.
Algunos hombres mejoran con la edad.
Santiago era de esos.
Cuando era más joven, sus facciones ya eran atractivas. Ahora el tiempo le había dado una calma más peligrosa. Más sólida. Menos niño bonito, más hombre de verdad.
Mariana no lo quería sólo porque la hubiera salvado. En un mundo lleno de hijos de ricos inquietos, caprichosos y adictos a las fiestas, Santiago le parecía confiable.
Un hombre así no andaría de escándalo en escándalo.
Un hombre así cuidaría a su esposa.
—Santiago —dijo ella, apoyando los codos con elegancia sobre la mesa—. ¿Todavía te acuerdas de mí?
Él la miró con calma.
—Sí.
Por supuesto que se acordaba.
Uno no olvida a las personas que ha sacado del agua.
Mariana era bonita. Tenía ojos grandes, cara de muñeca, piel clara, cabello oscuro con ondas naturales y un maquillaje tan ligero que parecía no llevar nada. Su rostro la hacía verse más joven de lo que era, casi como una niña optimista que todavía no había recibido suficientes golpes del mundo.
Santiago no estaba interesado en ella.
Pero tampoco le desagradaba.
Mariana sonrió más.
—Yo nunca olvidé que me salvaste la vida.
Cuando era niña, había ido al lago a volar un papalote. El papalote se le escapó y, al correr tras él, terminó cayendo al agua. Santiago, que había ido de visita con su abuelo, fue el primero en notar el peligro.
Saltó sin pensarlo.
Nadaba muy bien. La sacó rápido, pero ella había quedado mirando su perfil como si acabara de ver a un héroe.
Después, don Ernesto contó que Santiago ya había salvado antes a una mujer embarazada que intentó lanzarse a un río.
Desde ese día, Santiago se quedó en la cabeza de Mariana como algo más que un hombre.
Un héroe.
Ella tenía diez años.
Él veintidós.
Quizá era agradecimiento. Quizá era fantasía infantil. Pero en ese momento se prometió que, cuando creciera, se casaría con él.
Santiago notó demasiado entusiasmo en su mirada.
Decidió cortar el asunto con suavidad.
—Fue algo que cualquiera habría hecho.
Don Ernesto apretó la cuchara.
Le dieron ganas de darle un golpe en la cabeza a su nieto.
¿Así hablaba uno con una muchacha bonita que estaba claramente interesada?
Con razón llevaba soltero toda la vida.
Don Héctor le tocó el brazo para detenerlo y le habló en voz baja.
—Déjalos. Los jóvenes tienen sus formas.
Don Ernesto respiró hondo y se obligó a mirar nada más.
Mariana no se molestó.
—Tú fuiste el primero en verme. Eso significa que había una conexión fuerte entre nosotros. Una de esas cosas que el destino acomoda.
Santiago no respondió.
Mariana se inclinó un poco sobre la mesa.
—Me salvaste sin pensar en ti. Así que sólo tengo una forma de pagarte.
Hizo una pausa, mirándolo directo.
—Casándome contigo.
Santiago frunció más el ceño.
—Si ésa fuera la regla, tendría que casarme con muchas mujeres.
Don Ernesto volvió a apretar la cuchara.
Este muchacho.
Don Héctor casi se atragantó de la risa, pero le sujetó la mano a su amigo antes de que cometiera un crimen con cubiertos.
Mariana tampoco se enojó.
—Pero conmigo tienes más destino.
Santiago usó entonces el argumento más práctico.
—Tienes veintitrés años. Yo treinta y cinco. Te llevo doce años. Habría demasiada diferencia entre nosotros.
Don Ernesto cerró los ojos.
Paciencia.
Mariana tomó la servilleta y se limpió los labios como si hablara del clima.
—No me importa. Me gustan los hombres mayores. Entre más maduros, más interesantes.
Santiago se quedó sin palabras.
Ahora fue don Héctor quien frunció el ceño.
Mariana se rió al ver la expresión de Santiago.
El señor serio también podía verse adorable cuando no sabía qué contestar.
Por culpa de él, a ella le gustaban los hombres maduros. Los de su edad podían ser guapísimos y aun así no le provocaban nada. Ninguno se comparaba con Santiago.
Estudiar se le había hecho aburrido.
Casarse con Santiago y tener sus hijos sonaba mucho más entretenido.
—Además, en internet dicen que si un hombre se cuida bien, su futura esposa todavía puede estar en prepa.
Don Ernesto tosió.
Don Héctor la miró como si quisiera meterla debajo de la mesa.
Mariana, muy tranquila, puso un poco de comida en el plato de Santiago.
—No te preocupes. Cuando seas viejo no te voy a empujar por una barranca. Voy a cuidarte bien.
Santiago sintió dolor de cabeza.
Ella estaba decidida.
Demasiado.
Don Ernesto, al verlo callado, no pudo contenerse.
—Santi, Mariana no tiene problema con que seas un señor de treinta y cinco. Deberías sentirte afortunado.
Don Héctor trató de suavizar.
—Si dos personas se entienden, la edad no es problema.
Aunque Santiago le llevaba doce años a su nieta, don Héctor lo prefería mil veces sobre cualquier heredero joven que viviera de antro en antro. Santiago tenía disciplina, reputación limpia y una cabeza fría. Podía cuidar bien a Mariana.
Don Ernesto le dio a Santiago un golpe ligero con la cuchara.
—Treinta y cinco años y soltero. ¿Todavía te pones exigente?
Santiago, sin levantar la voz, respondió:
—Según las estadísticas, hay millones de hombres solteros. No soy el único.
Don Ernesto le dio otro golpe.
—¿Y eso te da orgullo?
Le desesperaba.
Treinta y cinco años sin una novia formal. Ni una. Él, que ya quería un bisnieto antes de volverse polvo.
Entrecerró los ojos y soltó su amenaza mayor.
—Si este año no te casas, te mando al rancho familiar. A ver si allá aprendes a valorar una esposa.
Santiago no se alteró.
—El rancho no suena mal. Hay aire limpio.
—¡Tú quieres matarme de coraje!
Don Ernesto se levantó furioso, cuchara en mano.
Don Héctor lo sujetó y lo sacó del comedor.
—Vamos a jugar ajedrez. Déjalos hablar.
Don Ernesto se fue refunfuñando. Sabía que presionar demasiado podía salir peor. Al final, quizá Mariana sí lograría algo.
En el comedor quedaron sólo Santiago y ella.
Santiago terminó lo poco que quedaba en su plato y se puso de pie.
Mariana también se levantó.
—¿En serio vas a irte así, señor cara seria? ¿Piensas quedarte soltero toda la vida?
Ella le había puesto ese apodo porque Santiago casi nunca sonreía.
Santiago la miró.
Él detestaba a la gente que jugaba con los sentimientos ajenos. Por eso decidió ser claro.
—Me gusta alguien.
Mariana sintió un golpe de frío.
Pero se obligó a respirar.
A su edad, era normal que Santiago tuviera a alguien en mente. Lo raro sería que no. Al menos no era un hombre que fingía aceptar una relación mientras escondía un amor imposible en el corazón.
Eso, en realidad, lo hacía más atractivo.
Honesto.
Y eso le molestó más.
Se acercó y se plantó frente a él.
—¿Quién es?
—No necesitas saberlo.
Santiago recordó demasiadas escenas de novelas y chismes familiares. Su mirada se volvió más fría.
—Y no intentes investigarla. No voy a permitir que nadie la lastime. Ni tú.
Mariana abrió los ojos.
La firmeza con que lo dijo le cayó como un balde de agua helada.
Estaba celosa.
Claro que sí.
Pero celos no significaba perder la dignidad.
¿De verdad él pensaba que ella sería de esas mujeres que atacan a otra por un hombre?
Eso sí la ofendió.
Lo empujó hasta la pared y apoyó una mano a un lado de su cuerpo.
La diferencia de estatura era ridícula. Ella tenía que levantar la cabeza para mirarlo con furia.
—Escúchame bien, Santiago Fuentes. Sí, me gustas. Pero cuando a mí me gusta alguien, no dejo de ser yo. Mi amor vale mucho. No soy de las que lastiman a otra mujer por competir por un hombre. Eso me parece vulgar y patético.
Terminó con la cara roja de coraje.
Quería que él entendiera lo mucho que la había insultado.
Los celos eran humanos.
Hacer daño era otra cosa.
Santiago vio su reacción y se relajó un poco.
Tal vez Mariana era caprichosa, pero no cruel.
—Te creo. Si lo que dije te incomodó, lo siento.
—Más te vale.
Ella resopló.
Pero su curiosidad pudo más.
—Entonces dime quién es.
—Lo sabrás cuando sea momento.
Mariana soltó una risa seca.
—¿Cuando sea momento? ¿Tan en serio vas?
—Sí.
—¿Quieres casarte con ella?
Santiago no dudó.
—Es la única mujer con la que voy a casarme.
Otra punzada de celos.
Mariana se cruzó de brazos.
—¿Por eso nunca has tenido novia?
Él asintió.
—Sí.
—¿Y por qué no se lo dices a tu abuelo?
La expresión de Santiago se volvió más pesada.
—Porque no voy a permitir que nadie la lastime. Ni siquiera mi abuelo. Cuando sea el momento, la traeré.
Tenía miedo de que, si hablaba demasiado pronto, don Ernesto usara dinero para obligar a Dulce a irse.
Y Dulce tenía demasiado orgullo.
Una humillación así podía romper algo en ella.
También temía otra cosa.
Que ella aceptara.
Por eso, primero quería que ella tuviera a su hijo. Después la llevaría a casa con el bebé. Cuando el hecho estuviera frente a todos, su abuelo tendría que aceptarlo.
Mariana lo estudió con atención.
—¿Momento? ¿Estás esperando a que te dé un hijo para entrar a esta familia?
En Ciudad de México había historias así. Mujeres comunes que quedaban embarazadas de herederos y terminaban entrando a familias que antes jamás las habrían mirado.
Don Ernesto era tradicional. Le importaban los apellidos.
Mariana entrecerró los ojos.
—¿Sabes lo difícil que es amar a alguien de otro mundo? Tu abuelo, tus padres, tu familia entera... todos van a rechazar a una mujer que no esté a tu nivel.
Si Santiago no se atrevía a traerla todavía, era porque la diferencia entre ellos debía ser enorme.
La curiosidad de Mariana creció.
—¿Puedes garantizar que siempre vas a elegirla? ¿Y si te da un hijo, pero tu abuelo igual no la acepta? ¿Qué nombre le vas a dar?
Santiago miró hacia la entrada del comedor para asegurarse de que no hubiera nadie cerca. Luego respondió con una seriedad absoluta.
—Puedo garantizarlo. Si mi abuelo no la acepta, renuncio a ser heredero de los Fuentes.
Mariana se quedó helada.
¿Qué clase de mujer podía tenerlo así?
Le tocó la frente con un dedo.
—A tu edad y todavía tan romántico. No tienes remedio.
Santiago frunció el ceño.
No le gustaba que le llamaran romántico como si fuera una enfermedad. Para él, ser firme en el amor no era perder la cabeza. Cuando alguien valía la pena, él podía darlo todo.
Pero no era impulsivo.
También quería su carrera. También quería proteger lo que había construido. Iba a equilibrarlo todo.
La familia Fuentes era grande, con gente capaz. No dependía sólo de él.
Las historias de amores separados por dinero no iban a repetirse en su vida.
Tomó la mano de Mariana y la apartó de su frente.
—Entonces no pierdas tiempo conmigo. Un hombre mayor y demasiado romántico no te conviene.
—No quiero.
Mariana, todavía roja de rabia, volvió a apoyar una mano junto a él.
—Tú me salvaste. Así que tienes que casarte conmigo. No me importa.
Santiago se quedó rígido.
¿Ahora resultaba que salvarle la vida había sido un error?
Ya había sido claro. Ella seguía igual de terca.
Y él no podía pelear con una mujer.
Entonces vio a alguien acercarse al comedor.
Su sobrino, Mateo Fuentes.
Santiago aprovechó.
—Creo que Mateo combina más contigo, por edad y por mentalidad.
Mariana estaba de espaldas a la entrada y no lo vio.
Al escuchar el nombre, puso cara de asco.
—Ni loca. Es demasiado inmaduro.
De niños, como tenían edades parecidas, las dos familias siempre los juntaban para jugar. Ella todavía recordaba a Mateo con una paleta en la boca, haciendo travesuras y creyéndose irresistible.
—Tu querido sobrino todavía ve caricaturas, se sube a la moto para hacerse el interesante y, cuando no está en eso, sale a presumir su coche deportivo como si tuviera quince años. Nada que ver contigo. ¿Cómo quieres que me guste?
Mateo, que acababa de regresar de dar una vuelta en moto, llegó justo a la puerta del comedor.
Escuchó todo.
Todo.
Se quitó el casco y mostró una cara de profundo agravio.
—Mariana Morales, ¿así piensas de mí?
Él amaba las motos. No le interesaban tanto los autos de lujo. Para él, manejar una moto a velocidad, sentir el viento en la cara, era la mejor forma de relajarse.
¿Inmaduro?
Qué ofensa.
Además, una exnovia mayor que él había dicho que era muy atento. Muy cuidadoso. Muy hombre.
Lo que más le dolía era la comparación con su tío.
Él era casi igual de alto, también guapo, y en la universidad lo habían elegido como uno de los más atractivos.
¿En qué mundo estaba tan lejos de Santiago?
Claro.
Mariana estaba enamorada y veía a su señor serio como si fuera una obra de arte.
Mariana miró a Mateo.
El casco bajo el brazo. El cabello teñido color castaño, peinado como protagonista de drama coreano. Y encima, mientras hablaba, se acomodaba el pelo con los dedos para darle más volumen.
Ese peinado.
Ni siquiera quería empezar.
Le pareció tan infantil que se rió.
No sintió culpa por haber hablado a sus espaldas.
Levantó la barbilla.
—Sí. Eso pienso. Y no dije ninguna mentira.
Mateo la señaló con el dedo.
—Tú no quieres conmigo, pero yo tampoco quiero contigo. Dices que soy inmaduro, ¿y tú qué? Tú tienes gustos rarísimos. Teniendo a un hombre joven y guapo como yo, vas y te enamoras de mi tío, que te lleva doce años.
Santiago se pellizcó el puente de la nariz.
La cena familiar apenas empezaba.
Y él ya quería volver con Dulce.