Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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El emperador que no eligió a su esposa
En Draken, el silencio nunca era casual.
Aquella tarde, el gran salón del consejo permanecía en penumbra, como si incluso la luz se negara a presenciar lo que estaba por decidirse.
El emperador Kael Draken se hallaba de pie, junto a las altas ventanas de piedra, observando un horizonte que no le ofrecía consuelo alguno.
No preguntó por qué lo habían convocado.
Ya lo sabía.
Las puertas se abrieron.
El Antiguo Emperador ingresó primero.
Tras él, los Ancianos del Trono.
Todos hicieron reverencia.
—Hablen —ordenó Kael, sin volverse.
Su voz era fría.
Peligrosamente contenida.
—Liria ha ofrecido una solución —declaró el Antiguo Emperador—. El pacto no será roto.
Kael no se movió.
—No tienen con qué cumplirlo —respondió—. Su princesa eligió el amor… y con ello, eligió la guerra.
—Han presentado a otra —intervino uno de los ancianos—. Una mujer de su linaje.
Entonces Kael giró lentamente.
Sus ojos, oscuros y afilados, recorrieron a cada uno de los presentes.
—¿Otra? —repitió—.
¿Pretenden reemplazar una ofensa… con una burla?
—Ha sido reconocida públicamente —añadió otro—. Su nombre es Emilia de Ardenthal. Sangre real, aunque no legítima.
Un leve silencio cayó.
—Una bastarda —sentenció Kael.
—Una solución —corrigió el Antiguo Emperador.
Kael dejó escapar una breve exhalación, más cercana al desprecio que al cansancio.
—No me casaré con una sustituta —dijo—. No seré el consuelo de un reino que no supo controlar a su propia hija.
Se hizo un silencio denso.
—Entonces cederemos territorios —declaró uno de los ancianos, con una calma que rozaba la amenaza.
Kael lo miró.
—¿Qué habéis dicho?
—Si el pacto no se cumple —continuó el anciano—, Liria deberá entregar tierras.
Pero si rechaza el matrimonio… la responsabilidad recaerá sobre Draken por no aceptar la compensación ofrecida.
El Antiguo Emperador dio un paso al frente.
—Y seremos nosotros —añadió— quienes firmemos la cesión.
El aire pareció detenerse.
Kael no respondió de inmediato.
Sus manos se tensaron levemente… el único indicio de la tormenta que contenía.
—¿Me están diciendo —murmuró— que debo elegir entre mi orgullo… y mi imperio?
—No —respondió el Antiguo Emperador—. Te estamos recordando cuál de los dos pesa más.
El silencio volvió a caer.
Pesado.
Irrevocable.
—El matrimonio no será permanente —añadió uno de los ancianos—. Dos años.
Después, podrás disolverlo sin consecuencias.
—Una formalidad —dijo otro.
—Un trámite político —completó el Antiguo Emperador.
Kael cerró los ojos un instante.
Dos años.
Dos años atado a una desconocida.
Dos años cargando una decisión que no había tomado.
Y compartiendo su vida con una completa desconocida.
Cuando volvió a abrirlos… la furia ya no estaba.
Solo quedaba algo peor.
Frialdad.
—Que preparen el viaje —ordenó finalmente—. Asistiré.
Los ancianos inclinaron levemente la cabeza.
El Antiguo Emperador lo observó en silencio, como si midiera las grietas que comenzaban a formarse en su hijo.
—Pero escucha bien —añadió Kael, su voz convertida en acero—.
Sus ojos se endurecieron.
—No es mi esposa.
—No será emperatriz.
Se giró, dándoles la espalda.
—Es un deber.
Y los deberes… no se aman.