Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.
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Capítulo 19
Katya Vólkova llegó antes del mediodía y no pidió permiso para entrar.
El primer guardia que intentó detenerla terminó con la espalda contra la puerta principal, el brazo torcido detrás del cuerpo y la cara tan cerca del mármol que pudo ver su propio miedo reflejado.
—El Pakhan no recibe visitas —alcanzó a decir.
Katya le acomodó el cuello del saco con una delicadeza insultante.
—Entonces avísale que llegó su problema de sangre.
El hombre no volvió a hablar.
Borís apareció al final del vestíbulo con la misma expresión que usaba cuando alguien moría en una alfombra cara: ninguna. Solo inclinó la cabeza.
—Señorita Vólkova.
—Borís.
Katya soltó al guardia y dejó que cayera de rodillas. Llevaba un abrigo negro hasta los tobillos, guantes de cuero y botas con tacón fino, de esas que parecían diseñadas para pisar nieve, gargantas y orgullo masculino con la misma eficiencia.
No era alta como Nikolái.
No necesitaba serlo.
La casa cambió de respiración cuando ella entró. Los hombres del Clan Vólkov bajaron la mirada sin que nadie se los ordenara. Katya caminó hacia la escalera principal y se quitó los guantes dedo por dedo.
—¿Dónde está mi hermano?
—En el segundo piso —respondió Borís.
—¿Y la muchacha?
Borís tardó medio segundo más en contestar.
Katya lo notó.
—Ah —dijo—. Tan mal.
No preguntó qué había pasado en voz alta. Esa casa tenía paredes gruesas, puertas blindadas y demasiados hombres armados, pero ninguna tragedia se quedaba encerrada del todo. El miedo tenía olor. La culpa también.
En el pasillo del segundo piso, Sasha la esperaba con la mandíbula marcada por un golpe reciente. Katya lo miró de arriba abajo.
—Te pegó.
—Probé algo.
—¿Funcionó?
Sasha movió apenas los ojos hacia la puerta cerrada del cuarto de Valentina.
—Peor.
Katya entendió más de lo que cualquiera hubiera querido explicarle.
Nikolái estaba al fondo del pasillo, frente a una ventana. La mano izquierda seguía vendada. La derecha, intacta, colgaba junto al cuerpo como un arma que no sabía dónde apuntar.
Katya no lo abrazó.
Tampoco le preguntó si estaba bien.
Se acercó y le dio una bofetada.
El sonido cortó el pasillo.
Tres guardias se tensaron. Sasha no se movió. Borís miró al suelo.
Nikolái giró la cara con el golpe, pero no levantó la mano.
Katya ladeó la cabeza.
—Conmigo tampoco, entonces.
—No empieces.
—Ya empezaste tú.
La voz de Nikolái bajó.
—Cuidado.
Katya sonrió sin humor.
—Esa palabra te quedaba mejor cuando todavía sabías lo que significaba.
Nikolái la miró.
Había hombres en Rusia que preferían deberle dinero a un cementerio antes que sostenerle la mirada al Pakhan. Katya lo hizo sin parpadear. No porque fuera más fuerte. Porque conocía el sitio exacto donde su hermano seguía siendo un niño hambriento encerrado en una habitación demasiado fría.
Y porque sabía usar ese conocimiento como un cuchillo.
—Sokolov me llamó —dijo ella—. No con detalles. No hacía falta. Cuando un médico de la Bratva usa la palabra "trauma" tres veces en una llamada, significa que alguien hizo algo tan estúpido que ni siquiera puede cobrarse como estrategia.
—No hables de lo que no sabes.
—Entonces explícame.
Nikolái no dijo nada.
Katya volvió a mirar la puerta cerrada.
—Eso pensé.
Del otro lado de la puerta, Valentina escuchaba.
No quería escuchar. Quería meter la cabeza bajo la almohada y desaparecer en el espacio pequeño entre el colchón y la tela. Pero las voces atravesaban la madera, y su cuerpo ya había aprendido a medir el peligro por pasos, silencios, respiraciones.
La voz de Katya era nueva.
Femenina. Fría. Sin esa dulzura falsa que usaban algunas personas antes de pedirle paciencia.
Valentina tenía el paquete de pastillas bajo la almohada y los dedos cerrados alrededor de él.
Como si una caja de cartón pudiera hacer de frontera.
Tres golpes sonaron en la puerta.
Valentina dejó de respirar.
No fueron los nudillos de Nikolái. Ella no sabía cómo podía saberlo, pero lo supo. Eran golpes más secos, más rápidos, sin esa pausa posesiva de quien esperaba obediencia.
—Valentina Solís —dijo la voz nueva, en español correcto—. Soy Katya Vólkova. Hermana de Nikolái. No voy a entrar si usted no me lo permite.
Valentina miró la puerta.
El cuarto estaba ordenado con una pulcritud insoportable. Flores nuevas en un jarrón. Comida intacta en una mesa. Cortinas abiertas. Todo parecía diseñado para demostrar que allí no había pasado nada.
Mentira.
El cuerpo recordaba mejor que los muebles.
—¿Viene a decirme que es buena persona? —preguntó Valentina.
Hubo un silencio breve al otro lado.
Luego Katya soltó una risa seca.
—No. Vengo a decirle que mi hermano es un criminal, un idiota y un hombre acostumbrado a que todos sangren antes de discutirle.
Valentina no esperaba eso.
La sorpresa le aflojó apenas los dedos.
—Eso ya lo sé.
—Bien. Nos ahorra tiempo.
Nikolái dio un paso en el pasillo.
Katya habló sin girarse.
—Tú no.
El paso se detuvo.
Valentina oyó ese silencio y algo dentro de ella, algo pequeño y agotado, levantó la cabeza.
Alguien acababa de decirle "no" a Nikolái Vólkov.
Y seguía viva.
—¿Qué quiere? —preguntó Valentina.
—Entrar, sentarme lejos de usted y hacerle dos preguntas. Si dice que no, me voy.
Valentina tragó saliva.
Sus ojos fueron hacia la ventana. Luego hacia la silla más alejada de la cama.
—La silla junto a la pared. Nada más.
La puerta se abrió despacio.
Katya entró sola.
No miró primero las flores ni la bandeja ni la cama. Miró las salidas. La ventana. El baño. El espacio entre Valentina y la puerta. Después eligió la silla junto a la pared, como había prometido, y se sentó con las manos visibles sobre las rodillas.
Ese detalle le pegó a Valentina en la garganta.
Manos visibles.
Como si Katya supiera que una persona asustada necesitaba verlas.
—Primera pregunta —dijo Katya—. ¿Qué necesita hoy que no dependa de perdonar a nadie?
Valentina sintió que la rabia le subía tan rápido que casi la mareó.
—Salir de esta casa.
—Eso depende de demasiados hombres armados, así que reformulo: ¿qué necesita que yo pueda arrancarle hoy a mi hermano sin iniciar una guerra civil en el pasillo?
Valentina la miró.
Katya no sonreía.
No parecía compadecerla.
Eso, por alguna razón, dolía menos.
—La Academia —dijo Valentina, y la palabra le salió rasposa—. Vine a Rusia por la Academia Répin. No por él. No por esta casa. Por eso.
Katya asintió una vez.
—Segunda pregunta. Si vuelve a clases, ¿va a correr?
Valentina apretó los dientes.
—Sí.
Katya volvió a asentir, como si esa respuesta fuera la única respetable.
—Perfecto. Entonces necesitaremos reglas que contemplen que usted no es un mueble.
Desde el pasillo, Nikolái habló.
—No.
Katya cerró los ojos un segundo.
—Nikolái.
—No sale.
—Si la sigues pudriendo dentro de esta casa, no vas a tener una mujer. Vas a tener un fantasma con pulso.
El silencio se volvió pesado.
Valentina sintió que el cuarto se inclinaba.
Fantasma con pulso.
Eso sí se parecía a ella.
Nikolái apareció en el umbral, pero no cruzó.
Valentina se tensó de inmediato. El paquete de pastillas crujió bajo sus dedos.
Katya levantó una mano hacia él sin mirarlo.
—Un paso más y te cobro el doble.
Nikolái se quedó donde estaba.
—¿Cuánto?
Katya se acomodó el abrigo.
—Dos mil millones de rublos.
Valentina parpadeó.
—¿Qué?
—Honorarios de consultoría sentimental —dijo Katya—. Incluyen traducción básica de frases como "no la encierres hasta que deje de parecer viva".
Sasha tosió en el pasillo.
Borís no tuvo tanta suerte: se le escapó una respiración que casi parecía risa.
Nikolái no miró a nadie.
—Hecho.
Katya alzó las cejas.
—También va a la Academia.
—Con seguridad.
—Eso era obvio. Pero seguridad no significa hombres pegados a su espalda en el salón, ni dedos en su teléfono, ni amenazas a cualquier estudiante que le preste un lápiz.
—Katya.
—Dos mil quinientos millones.
Nikolái apretó la mandíbula.
Valentina lo miró sin querer.
Seguía siendo el mismo hombre que había convertido su vida en una habitación cerrada. El mismo que podía mandar desaparecer a Dani con una llamada. El mismo que había cruzado una línea que no tendría nombre suficiente en ningún idioma.
Pero estaba parado en el umbral, pagando cantidades absurdas porque su hermana le traducía lo que él no sabía hacer: dejar espacio.
Eso no lo volvía menos monstruo.
Solo demostraba que alguien conocía la correa.
—Hecho —dijo Nikolái.
Katya se levantó.
—Mañana elegirá ropa para clase —le dijo a Valentina—. Ropa de usted. No disfraces comprados por él.
Valentina no respondió.
Si hablaba, algo podía romperse.
Katya caminó hacia la puerta y se detuvo antes de salir.
—No confíe en mí por ser mujer —dijo, sin dulzura—. En esta familia, hasta el cariño viene armado.
Valentina sintió un escalofrío.
—Entonces, ¿por qué me ayuda?
Katya miró a Nikolái.
—Porque si mi hermano insiste en destruir lo que quiere, tarde o temprano alguien más va a venir a recoger los pedazos.
Nikolái endureció la mirada.
—¿Quién?
Katya salió al pasillo y cerró la puerta a medias, lo suficiente para que Valentina aún pudiera escuchar.
—Maxim Orlov está en San Petersburgo —dijo en ruso, pero Valentina alcanzó a entender el nombre.
Nikolái no contestó.
El silencio que siguió no fue de familia.
Fue de guerra.
Katya bajó la voz.
—Y esta mañana preguntó por la mexicana de Répin.