Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo III El despertar de una ilusión
El choque del beso congeló a Vincet en el sitio. Por una fracción de segundo, la mente del implacable hombre de negocios se quedó completamente en blanco; el aire se le atascó en los pulmones y el frío que lo había acompañado durante diez años se quebró violentamente.
Fue solo un instante de desconcierto, pero suficiente para que el instinto tomara el mando.
Antes de que Ester pudiera dar un paso atrás para celebrar su audacia, la mano firme de Vincet atrapó con fuerza su nuca, fijándola en su sitio, mientras la otra se ceñía con posesiva firmeza a su cintura, pegándola de golpe a su cuerpo.
Vincet respondió al beso con una intensidad desenfrenada, devorándole los labios en un reclamo maduro, dominante y hambriento que le arrebató el aliento a la joven. Ya no había rastro del hombre distante y burlón; en su lugar, la envolvió un fuego salvaje que amenazaba con consumirlos a ambos.
Ester ahogó un gemido contra su boca, sorprendida por la contundencia con la que él había tomado el control absoluto de la situación. Sus manos, impulsivas, terminaron aferrándose con fuerza a las solapas del traje de Vincent para no perder el equilibrio mientras el mundo a su alrededor parecía desvanecerse.
Cuando finalmente la liberó, no la alejó del todo. Se quedó a milímetros de su rostro, con la respiración agitada y la mirada ardiendo en una mezcla de deseo y peligro.
—No vuelvas a provocar a un hombre si no estás dispuesta a lidiar con las consecuencias, niña —susurró con una voz ronca y oscura que hizo vibrar el pecho de Ester.
Ella lo miró con los labios entreabiertos y el corazón latiéndole desbocado en las costillas, comprendiendo en ese preciso instante que había jugado con fuego y que, lejos de intimidarse, acababa de dar el primer paso hacia el infierno del que nadie la podría salvar.
Finalmente, el elegante vehículo de la familia Villaseñor se detuvo junto a la acera.
Ester se deslizó al interior del coche y, justo antes de cerrar la puerta, se inclinó hacia la ventanilla con una sonrisa enigmática en los labios.
—Espero volver a verlo, señor desconocido —susurró, dejando a Vincet en pie bajo la luz de la calle, intrigado y con los sentidos alterados.
Segundos después de que el auto desapareciera en la noche, Elías se aproximó desde una distancia prudente. Se había mantenido al margen observando en silencio la escena, atónito; en los ocho años que llevaba trabajando codo a codo con su jefe, jamás lo había visto reaccionar de esa manera con una mujer.
—Investiga todo sobre esa joven —ordenó Vincet con voz grave, sintiendo aún el calor ardiente y la suavidad de los labios de Ester sobre los suyos.
Luego, endureció la mirada y añadió con frialdad—: Y quiero un informe detallado sobre Ismael Villaseñor. Es hora de que sepa que he vuelto al país.
Elías asintió en silencio, registrando las instrucciones de inmediato. Abrió la puerta del vehículo de su jefe y, en cuanto ambos estuvieron dentro, puso en marcha el motor con dirección a la nueva residencia de los Vane.
El sol tiñó de dorado los visillos de seda en la habitación de Ester. Al abrir los ojos, la luz matutina no trajo consigo la habitual apatía con la que solía despertar en esa casa blindada. Esta vez, una sacudida eléctrica le recorrió el pecho al recordar la noche anterior.
Se llevó los dedos a los labios, que aún se sentían ligeramente sensibles, tibios por la imprudencia de su propio atrevimiento. El rostro del desconocido —sus ojos oscuros, su voz de mando, la fuerza contenida con la que la había sujetado— volvió a su mente como una marea incontrolable. En la boca del estómago, un aleteo inédito y desordenado le hizo dar un brinco en la cama.
Mariposas. Una sensación dulce y al mismo tiempo aterradora. Había jugado con fuego, sí, pero por primera vez en sus veinte años se sentía despierta, viva y dueña de un secreto solo suyo.
Tras arreglarse con esmero, bajó a la planta principal tarareando una melodía suave. En el comedor principal, bañado por la luz del gran ventanal que daba a los jardines, la mesa ya estaba dispuesta con un Desayuno abundante.
—Miren quién decidió unirse al mundo de los vivos —resonó una voz cálida desde la cabecera.
Miguel Villaseñor, impecable en su traje antes de salir hacia la corporación, bajó el periódico y le dedicó a su hija menor una mirada llena de devoción.
Miguel podía ser inflexible y temido en los negocios, pero ante Ester, sus facciones duras se ablandaban por completo.
—Buenos días, papá —dijo ella, acercándose para darle un beso en la mejilla.
—Te ves radiante hoy, mi niña —comentó Miguel, rodeándola con un brazo paternal y protector—. Me dijo el chofer que anoche regresaste a salvo del evento. Sabes que no me gusta que andes en esos lugares tan concurridos, el mundo ahí afuera es peligroso para ti.
—Estoy bien, papá, no exageres —sonrió ella, sirviéndose un poco de café.
—Tu padre tiene razón, enana —intervino Ismael, entrando al comedor con una sonrisa franca y relajada.
Ismael, el primogénito y orgullo de la familia, vestía de forma impecable. Se acercó a Ester y, con el cariño desmedido de un hermano mayor que siempre la había visto como el tesoro más frágil de la casa, le alborotó el cabello con suavidad antes de besarle la frente.
—Si algo te pasara, me volvería loco —añadió Ismael, tomándola por los hombros mientras se sentaba a su lado—. Eres lo más valioso que tenemos en esta familia. De hecho, hablé con el equipo de seguridad para asegurarme de que no te falte nada cuando quieras salir.
Ester miró a su hermano y luego a su padre. El amor que emanaban era genuino, envolvente y sobreprotector. Sin embargo, mientras Ismael le servía jugo de naranja y le preguntaba con interés genuino por sus proyectos de la universidad, Ester sintió un ligero pellizco de culpa. Si supieran que anoche se le había plantado a un desconocido y lo había besado en un callejón, a ambos les daría un ataque.
—Son unos exagerados, los dos —dijo Ester con una risita, aunque por dentro se derretía ante el cariño de ambos—. Puedo cuidarme sola.
—Jamás tendrás que cuidarte sola mientras yo respire, Ester —sentenció Ismael con absoluta firmeza, mirándola con unos ojos llenos de un afecto protector e incondicional—. Mi trabajo en esta vida es protegerte de cualquiera que intente hacerte daño.
Ester le devolvió la sonrisa, sin imaginar que, en ese preciso instante, al otro lado de la ciudad, el nombre de Ismael Villaseñor estaba escrito con sangre en los planes de Vincet Vane.
Dale con todo por idiota