Emma Spencer descubrió que el hombre al que amaba y con el que mantuvo una relación secreta durante meses la iba a traicionar casándose con otra mujer. Embarazada, herida y sedienta de venganza, decide dar el golpe definitivo: casarse en secreto con el enigmático y poderoso tío de su ex. Lo que comenzó como una alianza impulsiva y fría para destruirlos a todos se convierte en un peligroso juego de secretos, poder y una pasión incontrolable que pondrá en riesgo mucho más que sus propias vidas.
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capitulo 6
Dante dejó escapar una risa baja, un sonido grave que pareció vibrar en la piedra del callejón. Dio un paso más hacia mí, reduciendo la distancia entre los dos. Su presencia era abrumadora, diferente a la de Julián; mientras Julián proyectaba un control pulido y aristocrático, Dante emanaba una ligereza peligrosa, la energía implacable de alguien que ha construido su propio reino a base de fuerza bruta y astucia despiadada.
—No lo estoy, señorita Spencer —respondió, pronunciando mi nombre con una lentitud sugerente que me erizó los vellos de los brazos—. Julián Vance jamás invitaría a un hombre que sabe exactamente qué clase de rata es. Sin embargo, no podía perderme el espectáculo de ver cómo se vende al mejor postor. Aunque debo admitir... no esperaba encontrar a la verdadera joya de *Vance Capital* escondida entre las sombras de la sacristía.
Me crucé de brazos, mirándolo fijamente a través de las lentes oscuras.
—Si ha venido a buscar información confidencial o a burlarse del evento, ha elegido al interlocutor equivocado. Yo ya no trabajo para Vance Capital.
—Lo sé —Dante sonrió, una sonrisa predadora que reveló unos dientes impecables—. Sé que saliste de la torre anoche a las ocho de la tarde tras una discusión acalorada en el despacho presidencial. Sé que tu acceso a los servidores fue bloqueado parcialmente hace apenas una hora, aunque apuesto a que fuiste lo suficientemente lista como para llevarte las llaves del reino antes de que se dieran cuenta. Y sé que estás aquí vestidos con ese escandaloso vestido borgoña con la intención de armar un escándalo que saldrá en la portada del *New York Post* mañana por la mañana.
Un silencio tenso se instaló entre nosotros. El sonido de las campanas de la catedral comenzó a repicar a lo lejos, anunciando que faltaban quince minutos para el mediodía.
—Está muy bien informado, señor Rossi —murmuré, manteniendo la guardia alta—. Pero lo que yo haga en esa iglesia no es de su incumbencia.
Dante dio un paso más, acortando el espacio hasta que pude percibir su perfume: un aroma complejo a cedro, pimienta negra y tabaco de pipa. Una fragancia oscura, masculina y magnética que chocaba frontalmente con el recuerdo del sándalo de Julián.
—Entrar ahí y montar un espectáculo emocional es una novatada, Emma —dijo, usando mi nombre de pila con una familiaridad descarada mientras se quitaba lentamente los guantes de piel negra que llevaba en las manos—. ¿Qué vas a conseguir? ¿Llorar en el pasillo? ¿Gritar que te usó? ¿Lanzarle esos papeles a la cara?
—Voy a arruinar su gran día —espeté, sintiendo que la rabia amenazaba con romper mi fachada de hielo—. Voy a arruinar la fusión.
—Le darás a los Montgomery la oportunidad de cancelar la boda alegando un escándalo moral, sí. Julián pasará un par de semanas de vergüenza pública, sus abogados emitirán un comunicado diciendo que eres una empleada despechada con problemas psicológicos, la prensa buscará otra historia en un mes y él encontrará otra forma de reestructurar su deuda. Te convertirá en la loca de la historia, Emma. Destruirá tu reputación en la industria para siempre y tú te quedarás sin nada, habiendo gastado tu mejor bala en una pataleta de diez minutos.
Las palabras de Dante cayeron sobre mí como un jarro de agua congelada. Por mucho que me doliere admitirlo, su análisis era horriblemente certero. En la alta sociedad y en los altos círculos financieros de Wall Street, las mujeres que denunciaban a hombres poderosos públicamente eran rápidamente etiquetadas como "inestables" o "despechadas". Julián tenía un equipo de relaciones públicas listo para masacrarme si intentaba un ataque frontal sin una red de protección.
—¿Y qué propone usted, señor Rossi? —pregunté, alzando la barbilla y quitándome las gafas de sol para mirarlo directamente a los ojos.
Dante sostuvo mi mirada. Sus ojos azules eran como dos témpanos de hielo brillante, llenos de un cálculo brillante y una oscura fascinación.
—Te propongo un trato mucho más cruel. Una venganza real —dijo en un susurro, inclinándose hacia mí de tal manera que su aliento cálido me rozó la oreja—. Deja que se case. Deja que firme el contrato. Deja que selle su alianza con los Montgomery y crea que ha ganado, que te ha intimidado y que te tiene bajo control.
—¿Dejar que se salga con la suya? —protesté con incredilidad—. ¡Está loco!
—Escúchame —ordenó Dante, tomándome con delicadeza pero con una firmeza absoluta por el antebrazo. El contacto de su mano atravesó la tela de mi vestido, enviando una descarga eléctrica inesperada por todo mi cuerpo—. Cuando un hombre está en la cumbre del éxito, cuando cree que ha dominado el juego, es cuando resulta más vulnerable. Si destruyes esta boda, solo rompes un matrimonio que ni siquiera ha empezado. Pero si me das lo que tienes en ese bolso... si te alías conmigo... desmantelaremos a Julián Vance pieza por pieza, euro por euro, contrato por contrato.
Se acercó aún más, aprisionándome sutilmente entre la pared de piedra de la catedral y su propio cuerpo. La cercanía era abrumadora, cargada de una tensión erótica e intelectual que me cortó la respiración. Podía sentir el calor que emanaba de su pecho, la fuerza latente en su postura.
—Te haré mi Directora Estratégica en *Rossi International* —continuó, con una voz profunda que era pura seducción corporativa—. Te daré el doble del sueldo que te pagaba ese imbécil, participaciones directas en el capital y todos los recursos de mi firma. Utilizaremos tu conocimiento interno de *Vance Capital* y tu inteligencia brillante para quitarle cliente por cliente. Lo arruinaremos financieramente, pulverizaremos sus acciones y, cuando esté arrastrándose en la quiebra, le revelaremos que la mujer a la que desechó fue la que orquestó su ejecución desde mi oficina.
El corazón me latía con una violencia salvaje en el pecho. La propuesta de Dante no era solo una alternativa; era una obra maestra de tortura sistemática. No era un momento de rabia en un altar; era una agonía lenta, un castigo prolongado que destruiría no solo la boda de Julián, sino toda su existencia, su legado y su orgullo.
—¿Por qué haría esto por mí? —pregunté, intentando mantener la voz firme a pesar de la sacudida de adrenalina que recorría mis venas—. Usted no me conoce. No sabe de qué soy capaz.
Dante me miró a los labios por una fracción de segundo antes de volver a clavar sus ojos en los míos. Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro.
—Llevo dos años observándote, Emma Spencer. Sé que tú eres el verdadero cerebro detrás de las mejores operaciones de *Vance Capital*. Sé que mientras Julián posaba para las revistas, tú eras la que negociaba las cláusulas complejas a las tres de la mañana. Sé lo apasionada, brillante e implacable que eres cuando te lo propones. Julián cometiendo el error de su vida al cambiar a una reina por un peón decorativo. Yo no cometo esos errores. Yo sé reconocer el verdadero poder cuando lo tengo delante.
Su mano subió por mi brazo hasta posarse en la curva de mi cuello, rozando con el pulgar la piel sensible donde la noche anterior Julián había dejado su marca. La caricia de Dante no era posesiva como la de Julián; era un desafío, una promesa de poder mutuo.
—Ven conmigo, Emma —susurró, con el rostro a milímetros del mío—. Entrégame la información. Déjalo entrar a esa iglesia a firmar su propia sentencia de muerte. Ven a mi ático esta tarde, firmaremos tu nuevo contrato, brindaremos por su ruina y trazaremos el plan para destruirlo. Te daré el mundo si me ayudas a aplastarlo.
Un repique estridente de campanas retumbó en lo alto de las torres de la catedral. Era las doce en punto.
A pocos metros de nosotros, la puerta lateral se abrió y vi a Victoria Montgomery descender de una limusina blanca, luciendo un vestido de novia impresionante de encaje de Bruselas, rodeada de diseñadores y fotógrafos. La alta sociedad aplaudía. Julián la esperaba en el interior del templo, listo para consumar la transacción que creía perfecta.
Miré a la novia. Miré a la catedral. Y luego miré a Dante Rossi, el hombre que me ofrecía las armas para una guerra total.
Deslicé la mano dentro de mi bolso. Mis dedos se cerraron alrededor del pendrive de metal frío donde guardaba los secretos más oscuros de Julián Vance.
Lentamente, lo saqué y lo deposité en la palma abierta de Dante.
Los ojos azules de Dante brillaron con una luz feroz y triunfante. Cerró los dedos sobre la pequeña pieza de metal, sujetando al mismo tiempo mi mano con una fuerza firme y cálida.
—Una elección muy sabia, mi reina —murmuró, llevándose el dorso de mi mano a los labios para dedicarle un beso lento, cargado de una promesa explícita de todo lo que estaba por venir.
Me giré por última vez hacia la majestuosa fachada de San Patricio. Escuché el eco del órgano resonando a través de las pesadas puertas de madera que comenzaban a cerrarse. Julián Vance estaba a punto de dar el "sí, quiero", convencido de que había ganado la partida, ajeno a que en este mismo callejón, en la sombra, acababa de firmar su propia destrucción a manos de la mujer que había despreciado... y del hombre que estaba a punto de tomarlo todo.
—Sáqueme de aquí, señor Rossi —dije, volviéndome a poner las gafas de sol con una sonrisa helada—. Tenemos mucho trabajo que hacer.