Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.
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Capítulo 8
Capítulo 8: Cinco veces
Ximena asintió.
—Podemos.
Cristian se dijo que bastaría con mantener la cabeza fría.
Fue una mentira breve.
La noche, que debía ser ordenada y necesaria, se volvió una sucesión de respiraciones rotas, sábanas deshechas y pensamientos de Ximena que no tuvieron la menor piedad de su autocontrol.
*Así sí. Así sí, viejo hermoso. Ahora sí estamos entendiendo el programa.*
Cristian se juró que sería una sola vez.
*No pares. Si ya rompimos la dieta, rompámosla bien.*
La segunda fue culpa de la provocación.
*Ay, Dios, qué fuerza. ¿Por qué escondía esto? ¿Por qué me tuvo viviendo de migajas?*
La tercera, de su propia falta de juicio.
*Cristian Montalvo, retiro todo lo dicho. Bueno, no todo. Sigues siendo un hielo, pero un hielo con talento.*
La cuarta, de la forma en que Ximena se aferró a él diciendo su nombre con una voz que no sonaba a actuación.
La quinta no tuvo justificación.
Y eso fue lo que más le molestó.
Al amanecer, Cristian estaba sentado a la mesa del desayuno con la dignidad hecha polvo y la espalda más rígida que de costumbre.
Ximena apareció diez minutos después, caminando con cuidado. Llevaba un vestido sencillo, el cabello suelto y una expresión tan serena que habría engañado a cualquiera.
A cualquiera que no pudiera oírla.
*Cinco. Cinco. Cinco. No camines raro. No sonrías. No mires sus manos. Ay, esas manos. Anoche casi veo a Dios y eso que no soy tan religiosa.*
Cristian cerró los ojos.
—Siéntate.
—Buenos días —dijo ella, dulce.
—Buenos días.
La empleada sirvió café. Ximena empujó hacia él un tazón de avena con nueces y fruta.
—Te prepararon algo ligero. Pensé que podrías necesitar energía.
*Necesitar energía, sí. Pobrecito. Trabajó horas extra en territorio familiar. Que coma. Que se fortalezca. Que esta noche, si Dios y su madre quieren, repetimos.*
Cristian tomó la cuchara.
—No necesito nada especial.
—Claro.
*Orgulloso. Pero anoche no estaba tan orgulloso cuando...*
—Come —interrumpió él.
Ximena parpadeó.
—Estoy comiendo.
—En silencio.
Ella bajó la cabeza.
—Sí.
*¿En silencio? Si supieras el ruido que traigo por dentro, viejo precioso.*
Cristian decidió que esa noche no volvería a ocurrir.
Una vez, entendible.
Cinco, inaceptable.
Y, aun así, cuando Ximena tomó la tarjeta negra de su bolso y la miró bajo la mesa con una mezcla de devoción y miedo, algo dentro de él se suavizó.
*Hoy voy a tocar una tienda de verdad. Una tienda donde no tenga que preguntar precio en voz baja. Si esta tarjeta funciona, juro que le perdono a Cristian lo de la luz apagada. Bueno, no. Eso no se perdona. Pero se negocia.*
—Iré contigo —dijo él.
Ximena levantó la cara.
—¿A dónde?
—De compras.
El brillo se le fue.
—No hace falta. Puedo ir con Renata.
—Joaquín también irá.
—Pero tú trabajas.
—Puedo hacer espacio.
*No, no, no. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Quiere vigilar la tarjeta? Seguro quiere vigilar la tarjeta. Adiós libertad. Adiós bolsos. Adiós entrar a una tienda y fingir que siempre he pertenecido ahí.*
Cristian bebió café.
—Será mejor que vaya.
*Será mejor para él. Para mí no. Con él al lado no puedo comprar lencería indecente, ni vestido rojo, ni nada que diga "mírame, esposo congelado".*
—Como quieras —dijo ella.
Por la tarde, llegaron al centro comercial Santa Fe.
Cristian bajó primero del auto y le abrió la puerta a Ximena. Ella aceptó su mano con una sonrisa perfecta, pero los dedos se le tensaron apenas al ver el edificio enorme, brillante, lleno de vitrinas donde cada bolso parecía exigir una cuenta bancaria y una infancia sin sobresaltos.
—Respira —dijo él en voz baja.
—Estoy bien.
*Estoy en territorio sagrado. No llores frente a Cartier. No llores frente a Cartier.*
Joaquín los esperaba junto a la entrada con dos cafés en la mano y cara de hombre que ya había sido derrotado antes de empezar.
—Cristian, cuñada. Sálvenme.
A su lado estaba Renata.
Renata Ibarra era elegante de una forma poco obediente: vestido negro, botas altas, labios rojos y la mirada de alguien que podía incendiar una sala sin despeinarse. Apenas vio a Ximena, la tomó de las manos.
—Por fin te conozco. Joaquín habla de ti como si fueras la patrona de las esposas pacientes.
Ximena sonrió.
—No le creas demasiado.
*Ay, esta mujer tiene cara de problema divertido. Me cae bien.*
Renata ladeó la cabeza.
—Qué alivio. Odio a la gente demasiado perfecta.
Joaquín tosió.
—Mi amor, veníamos a comprar, no a iniciar una rebelión.
—Las dos cosas pueden pasar.
Ximena soltó una risa pequeña, real.
Cristian la escuchó y se quedó un segundo más de lo necesario mirando.
El recorrido empezó en una tienda de bolsos. Ximena tocaba todo con cuidado, como si las vitrinas pudieran acusarla. Renata, en cambio, pedía modelos, colores y tamaños sin mirar a Joaquín más que para entregarle bolsas.
—Este te queda precioso —dijo Renata, colgándole a Ximena un bolso color miel.
Ximena se miró al espejo.
*Me queda. Me queda demasiado. Parece de mujer que no tiene que pedir permiso para existir.*
Cristian sacó la tarjeta negra antes de que ella preguntara el precio.
—Llévalo.
—Cristian...
—Llévalo.
Renata sonrió como si acabara de encontrar una grieta interesante.
—Me gusta tu esposo.
*A mí también, pero no se lo digas porque se crece.*
Cristian firmó el recibo sin comentar.
Dos pisos más abajo, la multitud empezó a espesarse. Gritos, música, luces. Un escenario temporal ocupaba el atrio central del centro comercial. En la pantalla enorme, cinco letras brillaban:
TIMES.
Renata se detuvo en seco.
—No puede ser.
Ximena también se detuvo.
En el centro del póster, sonriendo hacia una cámara invisible, estaba Mauricio Villaseñor.
*No. No. No. Mauricio. Mauricio en persona. Vivo. Con esa sonrisa. Con esa mandíbula. Ay, necesito oxígeno. No, soy casada. Soy casada. Pero mis ojos son ciudadanos libres.*
Cristian dejó de caminar.
—¿Lo conoces?
Ximena respondió demasiado rápido:
—No.
Renata gritó:
—¡Es Mauricio!
Joaquín apareció detrás de ellos cargando bolsas.
—Mauricio volvió al país, sí. Cristian, ¿no te dijo?
—No.
*¿Cristian lo conoce? ¿Conoce a Mauricio? ¿Mi marido conoce a mi ídolo y nunca lo mencionó? Este hombre tiene información valiosa y la desperdicia. Imperdonable.*
Cristian miró a Ximena.
—Creí que no lo conocías.
—No personalmente.
—Ajá.
Renata ya estaba tirando de su mano.
—Vamos a acercarnos. Solo un momento.
Ximena miró a Cristian con una expresión de disculpa impecable.
—La acompaño para que no se pierda.
*Perdón, Renata, te usaré de escudo humano. Pero si el destino me pone a Mauricio a veinte metros, una no escupe al cielo.*
Cristian se quedó inmóvil mientras las dos mujeres se abrían paso entre la gente.
Joaquín suspiró.
—Esto va a salir mal, ¿verdad?
—Sí —dijo Cristian.
En el escenario, el presentador levantó el micrófono.
—Vamos a elegir a una espectadora afortunada para subir a interactuar con Mauricio.
La multitud chilló.
Ximena, atrapada en primera fila junto a Renata, levantó las manos con una timidez que nadie habría cuestionado.
*No puedo. Tengo esposo. Pero Mauricio está ahí. No puedo. Tengo esposo. Pero qué sonrisa. No puedo. Tengo esposo. Espera... ¿por qué tendría que tener esposo justo hoy?*
El reflector cayó sobre ella.
—¡Tenemos ganadora!
Renata la empujó emocionada.
Ximena se quedó quieta, iluminada de pies a cabeza, con la cara de una santa sorprendida por el destino.
Cristian se puso de pie de golpe.
Por primera vez desde que empezó a escucharla, la furia le ganó a la sorpresa.
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Muy bien,