Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
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capitulo 3
Seis meses. Seis meses de vida, y yo no sabía nada. Y lo peor no sabía quién era la persona que los había traído al mundo.
—No
dije en voz alta, y mi voz sonó extraña, como si no fuera mía.
— No, no, no. Esto no puede estar pasando.
Leí la nota otra vez. Tú tampoco quisiste hacerlo cuando te lo dije. ¿Alguien me había dicho que estaba embarazada, Alguna de ellas me lo había dicho y yo lo ignoré, O lo había olvidado entre copa y copa?
La culpa empezó a instalarse en mi estómago como un animal que se despierta después de un largo letargo.
Uno de los bebés se movió. Tomas, el del gorro azul, frunció el ceño y soltó un pequeño gemido. Su hermanita, Lucía, se retorció ligeramente.
Mi primer instinto fue cerrar la puerta. Volver a la cama. Beber algo más fuerte que el café y esperar que cuando despertara de nuevo, todo esto hubiera sido una pesadilla inducida por el champán.
Pero no pude. No sé si fue la forma en que Tomas abrió los ojos un segundo y me miró con una confusión que debía ser un espejo de la mía. No sé si fue el pequeño puño de Lucía que se aferró al aire buscando algo que agarrar. No sé si fue el peso de la nota en mi mano, con esas palabras que sonaban a sentencia.
Son tuyos.
—No sé quién es tu madre
dije en voz baja, y la verdad me golpeó con la fuerza de un tren.
— No tengo ni idea de quién es.
Los bebés no respondieron, claro. Solo me miraron con esos ojos que no entendían nada del mundo y que, sin embargo, parecían exigirme algo que no sabía si podía dar.
Me incliné y tomé la canasta con manos temblorosas. Pesaba más de lo que esperaba. Pesaba como la responsabilidad. Pesaba como todo lo que había estado esquivando durante veintidós años.
Entré al penthouse con los mellizos en brazos, cerré la puerta con el pie y apoyé la canasta en la isla de la cocina. Por un momento solo me quedé mirándolos. Dos criaturas diminutas, ajenas al caos que acababan de desatar en mi vida.
Lucía con sus ojos. Grandes. Oscuros. Me miró con esa intensidad que tienen los bebés, como si pudieran ver hasta el fondo de tu alma y encontrar allí todas las mentiras que te has contado.
—Hola
susurré, y mi voz sonó ronca.
— No sé quién es tu madre. No sé nada de ustedes. Y eso... eso me convierte en un idiota. Un idiota enorme.
Ella me miró un segundo más. Y luego abrió la boca y empezó a llorar.
Tomas se sobresalto y se sumó al coro.
Dos bebés llorando. En mi penthouse. A las nueve y cuarto de la mañana de un domingo que había empezado como todos los demás y que en diez minutos se había convertido en algo que no sabía cómo nombrar.
Me quedé allí, de pie, en medio de la cocina de mármol blanco, rodeado de electrodomésticos que apenas sabía usar, con una resaca que me taladraba las sienes, dos bebés que me miraban y lloraban y yo solo me preguntaba en mi cabeza.
¿Quién carajo era S?
—Está bien
dije, más para mí que para ellos.
— Está bien. Voy a... voy a llamar a alguien. Sí. Voy a llamar a Marco. Marco sabe... Marco sabe de cosas. ¿Verdad?
Agarré el teléfono. Mis dedos temblaban tanto que casi se me cayó dos veces.
Marco contestó al tercer timbre. Su voz era un gruñido pastoso.
—¿Leo? Son las nueve, hermano...
—Tengo dos bebés en mi cocina.
Silencio.
—¿Qué?
—Que tengo dos bebés en mi cocina. Gemelos. De seis meses. Me los dejaron en la puerta.
Más silencio. Luego una risa. Lenta, borrosa, claramente alcoholizada aún.
—Buena esa, Leo. ¿Es una broma para el día después de la graduación? Porque yo estoy demasiado hecho polvo para...
—Marco
lo interrumpí, y mi voz sonó tan extraña que hasta a mí me asustó.
— No es broma. Hay dos bebés. De verdad. En mi cocina. Y están llorando.
El silencio al otro lado de la línea fue de otra naturaleza. Era el silencio de alguien que está despertando del todo y empezando a entender.
—¿Estás... estás hablando en serio?
—Sí.
—¿Y son... tuyos?
Cerré los ojos. La nota. Mi vida de los últimos tres años. Los nombres que no recordaba. Las caras borrosas.
—La nota dice que sí. Pero no sé... no sé quién los dejó. No sé quién es la madre, Marco. No tengo ni idea.
—Mierda, Leo.
—Ya lo sé.
—Mierda, mierda, mierda.
—Ya lo sé.
—¿Qué vas a hacer?
Miré a los mellizos. Lucía había dejado de llorar y ahora me observaba con una seriedad que no debería existir en un bebé. Tomas seguía gimoteando, moviendo los brazos como si intentara agarrar algo que no alcanzaba.
—Primero
dije, tomando una decisión que no sabía de dónde salía.
— voy a hacer pruebas de ADN. Necesito saber si realmente son míos. Y después... después voy a intentar encontrar a la madre. Tengo que saber quién es.
—¿Y si eres el papa?
—Entonces...
tragué saliva. La palabra papá se atascó en mi garganta como un hueso.
— Entonces tendré que averiguar qué se supone que hay que hacer con dos bebés.
—Voy para allá
Marco colgó sin despedirse.
Dejé el teléfono en la encimera y me quedé mirando la canasta. Mis posibles hijos. Mis hijos de seis meses que yo no sabía que existían. Mis hijos cuya madre era un fantasma con una letra inicial.
—Bien
dije, con una determinación que no sentía pero que fingí con todas mis fuerzas.
—Vamos a hacer esto. Vamos a descubrir la verdad.
Me acerqué a la canasta. Con cuidado, como si fueran a explotar, tomé a Tommaso en brazos. Era pequeño. Más pequeño de lo que recordaba que eran los bebés. O quizá nunca había tenido un bebé en brazos antes.
Sorpresa, nunca había tenido un bebé en brazos.
Tommaso dejó de llorar por un momento y me miró con sus ojos enormes. Tenía los ojos claros. Casi transparentes. Y el resto... el resto era mío. La forma de la nariz. La curva de la boca. Era como mirarme a mí mismo en versión miniatura.
—Hola, Tomas
susurré.
— Soy tu... soy Leonardo.
La palabra papà se atascó en mi garganta como un hueso. No podía decirla. No podía ni pensarla.
Porque si la decía, si la aceptaba, entonces tendría que aceptar también que no tenía ni idea de quién era su madre. Que había sido tan irresponsable, tan ciego, tan egoísta, que una mujer había pasado nueve meses gestando a mis hijos sin que yo me enterara.
O quizá sí se me lo dijo. Quizá se me dijo y no escuche. O lo olvide. O estaba ebrio que ni le acuerdo. Esa posibilidad era peor que cualquier resaca.
Tomas me observó con la intensidad de quien está evaluando si vales la pena. Y luego, con la lógica inexplicable de los bebés, abrió la boca y empezó a llorar de nuevo. Lucía se sumó.
Y al lí estaba yo. Leonardo Fontana. Recién graduado. Heredero de un imperio. Con un convertible último modelo en el garaje. Con una resaca histórica. Con dos bebés en brazos que no sabía cómo calmar, cómo alimentar, cómo cambiar, cómo nada.
—Mierda
dije por tercera vez.
Pero esta vez no sonó a blasfemia.
Sonó a principio de algo.