Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.
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Capítulo 14: Las sombras que suben por la ladera
El sol ya había desaparecido por completo detrás de las cumbres nevadas, dejando paso a un crepúsculo frío y silencioso que envolvía la cabaña como una manta protectora. Choi Woo-jin se quedó un buen rato junto al fuego de la chimenea, repasando en su mente cada palabra que su padre había escrito en su cuaderno, cada regla que le había enseñado y cada advertencia que ahora cobraba un sentido aterrador. Sabía que la llegada de Ji-won no era el final del peligro, sino el principio de la verdadera lucha: el mundo que su padre temía que llegara ya estaba aquí, y poco a poco iba acercándose hasta su puerta.
Cuando Ji-won regresó a la sala principal, ya se veía mucho más descansado, aunque su rostro seguía marcado por la fatiga y la tristeza. Se sentó frente a él, bebió un poco de té caliente para humedecerse la garganta y comenzó a hablar con voz pausada, como si cada palabra le costara salir del pecho:
—Tu padre y yo no solo trabajábamos en Hanbiotech, fuimos los dos científicos principales que pusimos en marcha el proyecto original. Al principio todo parecía un sueño hecho realidad: buscábamos activar esa capacidad de adaptación que tienen ciertos linajes, como el tuyo, para hacer a la humanidad resistente a cualquier enfermedad, a cualquier clima adverso. Pero los dueños de la corporación nunca tuvieron buenas intenciones. En cuanto vieron que los primeros ensayos daban resultado, cambiaron todo el plan: querían forzar el proceso, querían crear ejércitos de seres modificados, querían controlar la vida y la muerte a su antojo. Cuando nos opusimos, nos pusieron en la lista de eliminación inmediata. Tu padre huyó contigo porque sabía que si te encontraban, no te matarían: te encerrarían y usarían tu cuerpo para perfeccionar sus experimentos por el resto de tu vida.
Woo-jin escuchaba con el corazón encogido, comprendiendo al fin por qué tantas precauciones, por qué tantas advertencias sobre quién era y lo que llevaba dentro.
—¿Y ahora qué hacen? ¿Siguen buscándome?
—Más que nunca —respondió Ji-won con amargura—. El virus se les escapó de las manos, pero no han dejado de investigar ni de buscar a los pocos que tienen esta herencia natural. Hace tres días, mientras subía por el valle, encontré sus marcas oficiales pintadas en las rocas: han dividido toda la región en sectores y están revisando cada metro cuadrado. Han enviado equipos especiales, perros entrenados para rastrear tu composición genética… y también han soltado algunas de las mutaciones que lograron controlar parcialmente, para que ellos mismos busquen y atrapen cualquier rastro de vida. Ya han subido hasta la falda de esta montaña. Si seguimos aquí, nos encontrarán en cuestión de días.
Apenas terminó de pronunciar esas palabras, un sonido muy leve rompió el silencio exterior: no era el crujir natural de las ramas con el viento, ni el paso de un animal, sino algo mucho más suave, casi imperceptible, como si alguien o algo avanzara arrastrándose pegado al suelo. Ambos se pusieron de pie de un salto y se acercaron a la ventana lateral, manteniéndose fuera del campo de visión desde afuera. Al mirar con atención entre los árboles, vieron moverse tres figuras: no eran personas normales, ni siquiera los infectados torpes que ya conocían. Eran delgados, extremadamente ágiles, sus extremidades eran más largas y sus uñas se habían transformado en garras afiladas con las que se aferraban a la corteza de los troncos y a las paredes de roca. Se movían en total silencio, deteniéndose cada pocos pasos para olfatear el aire o mirar a su alrededor.
—Son Corredores Sombríos —susurró Ji-won con los ojos muy abiertos de horror—. Es la primera mutación evolucionada que lograron estabilizar: no hacen ruido, ven perfectamente en la oscuridad más absoluta, trepan por cualquier superficie y tienen un olfato tan agudo que pueden seguir tu rastro aunque hayas pasado hace días. Si logran marcar este lugar, en unas horas llegará todo el resto. No podemos quedarnos aquí esperando.
Woo-jin no perdió ni un segundo. Tomó su arco de tejo, revisó que las flechas estuvieran bien afiladas y colocó cuatro a su alcance inmediato. Le entregó la espada corta que su padre siempre llevaba consigo y le explicó rápidamente:
—Si peleamos cerca de la casa, romperemos nuestras propias defensas y quedaremos sin refugio. Yo saldré por el desnivel del lado norte, cambiaré de apariencia para ser más ligero y silencioso, y los atraeré hacia el cañón de las piedras afiladas: allí no podrán rodearnos ni usar su ventaja de trepar. Tú quédate oculto en la saliente de roca que domina la entrada al paso. Solo dispara cuando estén justo debajo de ti y apunta siempre a los ojos o a la boca: su piel se ha endurecido en el resto del cuerpo y las flechas rebotan. ¿Entendido?
Ji-won asintió con firmeza, aunque se le notaba el temblor en las manos:
—Ten mucho cuidado. Si te alcanzan…
—No lo harán —lo interrumpió Woo-jin con seguridad, aunque por dentro también sentía el peso del riesgo—. Solo haz tu parte y confía en lo que mi padre me enseñó.
Salió por la puerta trasera, recorrió unos metros hasta llegar a un escondite natural entre rocas altas y permitió que su cuerpo hiciera el cambio. Se sintió más ligera, sus movimientos más fluidos y silenciosos, exactamente lo que necesitaba esa noche. Corrió hacia el borde del precipicio, golpeó con fuerza una gran piedra contra la superficie rocosa y dio un grito claro y fuerte para atraer toda su atención. En cuanto los tres seres lo vieron, giraron bruscamente y salieron tras él con una velocidad impresionante: saltaban entre las piedras sin vacilar ni dolerse, se aferraban a los troncos invertidos y acortaban la distancia con cada paso que daban.
Woo-jin corría calculando cada movimiento, guiándolos exactamente hacia el lugar que tenía preparado desde que era pequeño. Al entrar en el cañón, los muros altos de piedra a ambos lados ya les impedían trepar o rodearlo: tenían que seguirlo obligadamente por el único camino estrecho. Cuando el primero saltó hacia su espalda, él se agachó de golpe y el ser pasó por encima suyo; al aterrizar, una flecha disparada desde arriba le atravesó el cráneo sin hacer ruido. El segundo frenó en seco y buscó el origen del ataque, momento que Woo-jin aprovechó para tensar y disparar justo a su único punto débil. Pero el tercero reaccionó de forma distinta: se encogió sobre sí mismo y se lanzó contra él con una fuerza descomunal que lo hizo caer y rodar varios metros sobre la tierra y las piedras.
Las garras del ser le rasgaron profundamente el brazo izquierdo y el hombro, y el dolor fue tan agudo que por un instante perdió el aliento. Sin embargo, en cuanto el ser abrió la boca para morderlo, Woo-jin clavó su navaja con toda su fuerza debajo de su mandíbula hasta que dejó de moverse por completo. Se quedó allí tendido unos instantes, jadeando con dificultad, mientras la sangre caliente le empapaba la túnica y se mezclaba con la tierra. Ji-won bajó corriendo enseguida y se arrodilló a su lado con el rostro desencajado:
—¡Estás herido gravemente!
—No importa… —alcanzó a decir Woo-jin—. ¿Se fueron todos?
—Sí, pero esto solo era la avanzada. Si lograron tomar nuestro rastro, vendrán cientos de ellos.
Regresaron ayudándose mutuamente hasta la casa. Allí, en la seguridad de la habitación más interna, Woo-jin volvió lentamente a su apariencia habitual mientras Ji-won lavaba, desinfectaba y cosía las heridas con manos temblorosas. No hablaron mucho mientras tanto: ambos sabían que el tiempo de ocultarse sin hacer nada se había terminado para siempre. Lo que habían vencido esa noche era solo el comienzo, y pronto tendrían que enfrentarse a cosas mucho peores, a perder personas que acababan de conocer y a luchar hasta el último aliento sin ninguna garantía de sobrevivir.
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