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UNA VUELTA PROHIBIDA

UNA VUELTA PROHIBIDA

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:559
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.

Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.

Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 20 FLORES SECAS

—Estoy bien —le dije, bajando la mano que me había puesto sobre el vendaje—. Solo es un dolorcito molesto, nada que no pueda aguantar. ¿Y Lucas? ¿Cómo sigue?

—Todavía le están haciendo las resonancias y las tomografías —respondió ella, pasándome el dorso de la mano por mi mejilla con mucho cariño—. Dicen que el golpe fue muy fuerte, que se dio justo en la parte más delicada de la cabeza contra el techo del carrito. Fue un choque brutal, Mara. No me extraña que estés así.

Me reí bajito, moviendo apenas la cabeza.

—La verdad es que yo tampoco me lo esperaba. Un segundo íbamos riendo, y al siguiente ya estábamos por los suelos. Todo pasó tan rápido…

En ese momento se abrió la puerta de la sala de observación y salió el médico, con la carpeta en la mano y una expresión tranquila en el rostro. Todos nos acercamos al mismo tiempo, pero él levantó una mano para calmarnos.

—Tranquilos —empezó—. El chico está bien. Los exámenes no muestran ninguna fractura ni hemorragia, solo un golpe fuerte y algunos raspones. Se va a quedar aquí unas horas en observación, solo para asegurarnos de que no aparezca nada más, pero de momento todo está dentro de lo normal. Me pidió que le diera un mensaje a usted, Mara: dice que no se atreve a salir a verla porque le da muchísima vergüenza, que lo siente de verdad, que nunca quiso hacerle daño y que le promete que no volverá a pasar.

—Dile que no tiene nada que disculpar —respondí al instante, con voz clara—. Fue un accidente, nada más. No tiene por qué sentirse mal.

Carlos asintió con la cabeza y se acercó a mí, pasándome el brazo por los hombros con mucho cuidado.

—Bueno, entonces lo mejor es que nos vayamos. Vamos a tu hotel, te acuestas un rato y descansas lo que queda de tarde. Mañana ya veremos cómo te sientes.

Miré a Elena, y ella me devolvió la mirada llena de comprensión.

—¿Vendré mañana a trabajar? —le pregunté.

—Tú verás —dijo ella con suavidad—. Si te sientes con fuerzas, estás ahí como siempre. Si no, te quedas descansando, nadie te va a decir nada. Tu salud es lo primero.

—Entonces ahí nos vemos —dije, y le di un abrazo rápido y cuidadoso—. Gracias por estar aquí.

Salimos hacia la puerta principal. El coche esperaba en la acera: un vehículo oscuro y Carlos se sentó en el asiento delantero, Gael ocupó el otro lado, y yo me acomodé atrás, estirándome a lo largo del asiento de cuero, apoyando la cabeza en el reposabrazos y cerrando los ojos un instante mientras el coche arrancaba suavemente. El movimiento suave me mecía, y el silencio dentro del coche solo se rompía por el zumbido bajo del motor y el paso de las luces de la calle que se reflejaban en los cristales.

De repente sonó mi teléfono. Lo saqué despacio del bolsillo y vi el nombre de mi padre en la pantalla. Respiré hondo antes de contestar.

—¿Hola, papá?

—¡Hija! —su voz sonaba alterada, llena de preocupación—. ¿Estás bien? Me acaban de llamar del equipo, me dijeron que hubo un accidente. ¿Qué pasó? ¿Estás herida?

—Tranquilo, papá, estoy perfectamente —le dije con voz serena, aunque me temblaba un poco la mano que sostenía el aparato—. Fue un pequeño choque sin importancia, nada grave. Solo me tuvieron que dar unos puntos, nada más.

—¿Puntos? —repitió él, y sentí cómo se le quebraba la voz—. Hija mía… ¿y lo de tu fobia? ¿Cómo lo pasaste? Sabes que siempre te ha dado mucho miedo eso.

—Fue muy feo, te lo voy a mentir —admití, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas otra vez—. Pero ya pasó, papá. Estoy bien.

—Menos mal… menos mal que estás bien. ¿Quieres que vaya para allá? ¿Te hace falta algo? ¿Segura que no quieres que vaya a verte?

—No, papá, no hace falta —le dije con cariño—. Estoy muy bien acompañada, ya voy camino al hotel a descansar. Gracias por llamar, te prometo que te llamo mañana temprano para decirte que estoy bien. Te quiero mucho.

—Yo también te quiero, hija. Descansa.

Colgué y dejé el teléfono a un lado, frotándome los ojos con el dorso de la mano. Delante, Carlos había girado la cabeza hacia atrás, y sus ojos se encontraron con los de Gael. Este tenía las manos apoyadas sobre sus rodillas, y al moverse un poco vi que tenía las yemas de los dedos y el borde de las palmas llenos de pequeños raspones y cortes finos, seguramente de cuando se había agachado en el asfalto para ayudarme. Carlos le miró las manos y luego le miró a los ojos, sin decir nada, pero con una expresión que lo decía todo. Gael cerró las manos despacio, apretándolas contra su pantalón, y volvió a mirar hacia adelante, sin hacer ningún comentario.

Poco después volvió a sonar el teléfono. Esta vez era Jovany. Contesté con un suspiro.

—¿Sí?

—¿Mara? ¿Estás bien? —preguntó él al otro lado de la línea—. Todo el mundo lo está viendo en internet, salió el video del choque hace un rato. ¿Cómo te encuentras?

—Estoy bien, Jovany, solo un poco golpeada —respondí con resignación—. ¿Por qué tuvieron que subirlo? Es algo privado… voy a reclamar, de verdad. No me parece bien que publiquen esas cosas sin preguntar.

Jovany soltó una risa suave al otro lado.

—Ya sabes cómo es esto, Mara. Cuando firmaste el contrato, aceptaste que todo lo que pase dentro de las instalaciones del circuito es contenido público. No hay nada que hacer. Pero bueno, cuídate mucho, ¿vale? Nos vemos en Japón. Cuídate mucho, preciosa.

—Adiós —dije, y colgué sin muchas ganas de seguir hablando.

Guardé el teléfono y me quedé mirando el respaldo del asiento delantero, pensativa. Carlos volvió a girarse un poco, con la voz baja y curiosa:

—¿Qué fobia es la que decías?

Levanté la vista y me encontré con que Gael también me miraba por el espejo retrovisor, con esa atención silenciosa que solo él tenía.

—A las agujas —dije bajito—. Siempre les he tenido un miedo terrible. Desde que era niña.

Gael apartó la mirada al instante, volviendo a fijarla en la carretera, pero vi cómo apretaba un poco más la mandíbula, y cómo sus dedos se cerraron con más fuerza sobre la rodilla. No dijo nada, pero en ese pequeño gesto entendí que él sabía lo que me había costado, que él había visto cómo me había temblado todo el cuerpo, y que aunque no lo dijera en voz alta, lo había sentido tanto como yo.

El coche siguió su camino entre las luces de la ciudad, y yo me quedé mirando la nuca de los dos hombres que iban delante: uno leal y amigo, el otro prohibido y dueño de todo lo que sentía. Y supe entonces que nada iba a ser igual a partir de ese momento: el peligro ya no estaba solo en la pista, sino en la forma en que mi corazón latía cada vez que él estaba cerca.

 

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Ana Gonzalez
más capitulos excelente novela ❤️
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