En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan
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Capitulo 21
Las antorchas del pasillo del ala norte chisporroteaban mansamente contra las paredes de piedra, proyectando sombras largas y movedizas sobre el suelo de mármol.
Aeryn caminaba a paso firme de regreso a su suite, llevando apretada contra el pecho una carpeta de cuero cargada con los informes financieros que acababa de revisar en la biblioteca imperial. Tenía la mente llena de números, balances de comercio y fechas de cobro de impuestos, buscando cualquier cabo suelto que pudiera poner en riesgo la estabilidad del palacio.
Al doblar la esquina junto a los arcos que daban a los jardines interiores, una figura elegante e imponente se interpuso en su camino.
El Duque Valerius estaba apoyado con aparente indiferencia contra una de las columnas de piedra. Lucía una túnica de terciopelo gris con bordados de hilo de plata en los puños y llevaba una sonrisa friamente calculada en el rostro. Su penetrante aroma a madera de cedro y cuero, característico de los Alfas de las montañas del este, inundó el pasillo de inmediato, volviendo el aire denso y pesado.
—Lady Aeryn —saludó Valerius, dando un paso al frente para bloquearle el paso con modales exquisitos pero intrusivos—. Qué coincidencia tan afortunada encontrarla a estas horas sin la constante y sofocante sombra de nuestro estimado Emperador.
Aeryn se detuvo en seco a dos metros de distancia. Ajustó el agarre de la carpeta contra su cuerpo y lo miró con los ojos entrecerrados, manteniendo una postura erguida y una expresión completamente neutral.
—En este palacio nada ocurre por coincidencia, Lord Valerius —contestó ella con voz serena, clara y firme—. Y si me disculpa, el trabajo en el gabinete financiero no espera. Tengo asuntos urgentes que atender en mi suite.
—Siempre tan ocupada, tan dedicada a la corona... —dijo el duque con una risa baja que resonó en el pasillo vacío. Deslizó la mano por el interior de la manga de su túnica y sacó un pliego de pergamino antiguo, amarillento por el tiempo y sellado con la cera roja de los decretos provinciales—. Me he tomado la libertad de pasar las últimas noches estudiando el código civil antiguo del imperio. Un compendio de leyes que data de hace más de un siglo y que el senado, en su infinita pereza, jamás derogó oficialmente.
Aeryn alzó levemente la mentón, sosteniendo la mirada del Alfa sin mostrar un solo rasgo de inquietud.
—¿Y se supone que debo interesarme por sus lecturas nocturnas, Duque? —preguntó ella con frialdad.
—Debería, mi estimada dama, porque este documento la menciona a usted de forma indirecta —explicó Valerius, dando un paso más hacia ella con lentitud deliberada—. Según el artículo noveno de los decretos de protección provincial, cualquier Omega de origen no noble que no posea una marca de lazo formal registrada ante el Gran Consejo de la capital, o que no esté unida en matrimonio oficial con el Emperador, puede ser reclamada bajo la figura de 'tutela y protección' por la casa de un Duque de las provincias independientes.
El duque hizo una pausa dramática, dejando que el peso de sus palabras flotara en el aire del pasillo. Redujo aún más la distancia, mirándola con unos ojos grises tan fríos como el hielo del norte.
—Traducido a un lenguaje que ambos entendamos: ante la ley imperial antigua, usted técnicamente no le pertenece a Magnus. No hay una cicatriz de mordida en su cuello ni un anillo de bodas en su mano. Si yo presento esta petición formal ante el pleno del senado mañana por la mañana, puedo exigir legalmente su traslado a mis dominios del este bajo el pretexto de garantizar su seguridad. Magnus no podría impedirlo sin violar las leyes fundamentales que juró defender al coronarse. Si se opone abiertamente, estaría desafiando la autoridad del senado y desatando una crisis política que no puede permitirse.
Un silencio pesado se apoderó de la estancia. Aeryn sintió un chispazo de indignación que le recorrió la espalda, pero no permitió que el menor gesto de duda o miedo apareciera en su rostro. En lugar de dar un paso atrás, como el duque claramente esperaba que hiciera ante la presión de un Alfa, Aeryn dio un paso al frente, acortando la distancia por voluntad propia y encarando directamente al noble.
—¿De verdad cree que un trozo de papel viejo y un vacío legal olvidado le darán algún tipo de poder sobre mí, Valerius? —dijo Aeryn con una voz tan afilada y calmada que sorprendió al duque—. Comete el enorme error de asumir que soy una ficha indefensa en su juego de mesa. Y al hacerlo, olvida dos detalles fundamentales en su plan.
Valerius alzó una ceja, descolocado por la absoluta entereza y la falta de temor en la Omega.
—El primero —continuó Aeryn, mirándolo fijamente a los ojos—: las leyes de tutela provincial no tienen jurisdicción sobre los miembros activos del gabinete financiero directo del Emperador, un cargo para el que fui nombrada oficialmente mediante decreto imperial con sello de oro. El segundo: no soy un trofeo político, no soy una propiedad sin dueño y no hay documento en este imperio que pueda obligarme a subir a un carruaje hacia el este. Si intenta presentar esa ridícula petición al senado, no esperaré a que Magnus responda con sus soldados. Publicaré antes de que caiga la noche la auditoría completa de los libros contables de su ducado.
La sonrisa calculada de Valerius empezó a desvanecerse.
—Tengo registradas cada una de las discrepancias en los pagos de peajes de sus puertos durante los últimos cinco años —añadió Aeryn con una calma demoledora—. Sé exactamente a qué cuentas secretas ha ido a parar el oro que debía entrar a las arcas públicas. Veamos qué prefiere el senado: discutir un vacío legal antiguo sobre tutelas o juzgarlo a usted por fraude masivo y traición a la corona.
El Duque Valerius se quedó completamente rígido.
Apretaba el pergamino entre sus dedos con tal fuerza que el papel crujió. Por primera vez desde que había puesto un pie en la capital, sus ojos grises mostraron una mezcla de verdadero desconcierto, rabia contenida y una profunda sorpresa. No esperaba que una Omega, a quien creía vulnerable por falta de un lazo oficial, guardara semejante armamento en sus manos.
—Es usted una mujer peligrosamente lista, Lady Aeryn —murmuró Valerius con la voz rasposa, dando un lento paso hacia atrás para recuperar la compostura.
—Soy una mujer que protege su libertad —corrigió Aeryn con una frialdad absoluta—. Le sugiero que guarde ese pergamino en el fondo de sus archivos y no vuelva a cometer el error de interponerse en mi camino.
Sin esperar una respuesta y sin concederle un segundo más de atención, Aeryn lo rodeó con paso firme y decidió continuar su marcha por el pasillo de mármol.
El sonido de sus pasos firmes retumbó contra las paredes de piedra mientras dejaba atrás al noble.
Valerius se quedó solo en la penumbra del pasillo, observando cómo la figura de la mujer se alejaba con absoluta elegancia hasta desaparecer en la esquina del ala privada. A pesar de haber sido completamente acorralado en su propia jugada política, la chispa de rabia en el rostro del duque se transformó despacio en una sonrisa oscura. La resistencia y la brillantez de Aeryn no habían hecho más que alimentar su obsesión, convirtiéndola en un objetivo del que no pensaba desistir tan fácilmente.
Al llegar a las gruesas puertas de madera de la suite imperial, Aeryn se detuvo un segundo y soltó una larga bocanada de aire para calmar el ritmo acelerado de su corazón.
Había ganado este primer enfrentamiento con palabras y estrategia en la oscuridad de los pasillos, pero sabía perfectamente que un hombre como Valerius no se daría por vencido tan rápido.