Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.
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Capítulo 4
Capítulo 4
Tú también eres un descartable
Se preparó para actuar.
Leonardo no siguió a Valentina de inmediato. Eso habría sido demasiado visible, demasiado fácil de explicar como preocupación.
Dejó pasar tres respiraciones.
Luego apartó la silla sin hacer ruido y salió del comedor por la puerta lateral que daba al corredor de servicio. Conocía La Casona desde niño: los pasillos nobles tenían retratos y lámparas; los pasillos útiles tenían sombras, plantas altas y rincones donde los adultos hablaban cuando no querían testigos.
Valentina había elegido uno de esos rincones.
Sofía también lo sabía.
Por eso no caminó detrás de ella con prisa. Entró al pasillo como quien va al tocador, con el sobre de don Augusto todavía en la mano y una calma que, por dentro, no tenía nada de calma.
[A ver, santa Valentina. ¿Vas a llorar antes o después de romper la pulsera? Yo digo que después. Primero el cristal, luego la lágrima, luego "Sofía me empujó". Manual básico de villana con catecismo.]
Leonardo se detuvo detrás de una maceta alta.
No era elegante.
Era efectivo.
Desde ahí veía el corredor sin ser visto desde el comedor. Valentina estaba junto a una mesa angosta, bajo un cuadro antiguo de doña Carmen, la abuela difunta de Leonardo. La pulsera de esmeraldas brillaba en su muñeca con una luz verde y fría.
Sofía apareció al final del pasillo.
—¿Querías hablar conmigo? —preguntó.
Valentina se volvió con una sonrisa quebrada.
—No me gusta que estemos así, hermanita.
—Entonces no me llames hermanita.
La sonrisa de Valentina tembló.
—Siempre fuiste muy dura conmigo.
Sofía miró la pulsera.
—Y tú siempre fuiste muy buena con el público.
Valentina bajó los ojos, como si la frase la hubiera herido. Después se quitó la pulsera despacio.
—Tía Claudia se equivocó al dármela. Tú eres quien se va a casar con Leo. Deberías quedártela.
Extendió la joya.
Sofía no movió las manos.
—No.
—¿No?
—Si doña Claudia quiere dármela, que me la ponga ella frente a todos. Una reliquia familiar no se pasa en un pasillo sin cámaras.
La palabra cámaras hizo que Valentina parpadeara.
Leonardo la vio.
Sofía también.
[Uy, le dolió. Claro. Este es el corredor sin cámaras. Qué casualidad tan devota.]
Valentina apretó la pulsera.
—No tienes que desconfiar de mí por todo.
—No des tantos motivos.
—Solo quería evitarte otro momento incómodo.
—Valentina, me encontraron en una cama ajena, mi madre me pegó con público y mi futura suegra me llamó cualquiera. Créeme, ya estoy vacunada contra lo incómodo.
Leonardo bajó la mirada.
Una risa casi le subió por la garganta.
No salió. Apenas le cambió la respiración.
Sofía extendió el sobre de don Augusto hacia la mesa.
—Ponla ahí. Volvemos al comedor y dices que prefieres que doña Claudia decida.
Valentina dejó de sonreír.
Solo un segundo.
En ese segundo, la máscara se le abrió lo suficiente para que Leonardo viera el cálculo.
—¿Por qué haces esto? —susurró Valentina—. Yo intento ayudarte.
—No. Intentas que mis dedos toquen esa pulsera.
—Sofía...
—Ni mi mano, ni mi bolso, ni mi falda. Nada mío la va a rozar.
Valentina dio un paso brusco.
—¡Tómala!
La pulsera salió de su mano antes de que Sofía pudiera tocarla. Golpeó el piso de mármol y se abrió con un crujido breve. Dos esmeraldas saltaron hacia la pared. El aro antiguo quedó torcido como una sonrisa rota.
Durante medio segundo, Valentina se quedó inmóvil.
Luego llenó los ojos de lágrimas.
Sofía inhaló.
Y gritó primero.
—¡La pulsera se rompió!
El grito rebotó por el corredor y llegó al comedor como una copa estrellada.
Valentina se quedó con la boca abierta.
Sofía se agachó sin tocar las piezas.
—¡No la pisen! ¡Que venga alguien de la familia Montero!
Los pasos llegaron de inmediato. Doña Claudia apareció primero, con doña Patricia detrás. Tío Ernesto, una prima de Claudia y dos señoras de collar grueso se asomaron por encima de los hombros. Don Augusto avanzó más lento, pero bastó verlo al fondo para que todos abrieran espacio.
—¿Qué pasó? —preguntó doña Claudia.
Valentina se llevó una mano a la boca.
—Yo... yo solo quería...
Doña Patricia miró a Sofía como si ya hubiera encontrado culpable.
—¿Qué hiciste ahora?
Sofía no levantó la voz.
—Nada. Por eso grité.
—¡La pulsera de los Montero está rota!
—Sí. Y yo no la toqué.
Valentina bajó la cabeza. Las lágrimas cayeron perfectas.
—Mamá, no...
Patricia rodeó a su hija mayor con un brazo.
—Vale, no la protejas. Ya vimos cómo es.
Doña Claudia miró las esmeraldas en el piso. La palidez le tensó la boca.
—Sofía, esa pulsera perteneció a la madre de don Augusto.
—Lo sé. Por eso no la acepté en un pasillo.
Un murmullo cruzó a los parientes.
Sofía señaló el suelo.
—Valentina quiso dármela aquí, lejos de todos. Le dije que si de verdad era para mí, debía entregármela doña Claudia delante de la familia. Le pedí que la dejara en la mesa. No quiso.
Valentina levantó la cara, herida.
—Yo solo quería evitar que te sintieras humillada.
—Curioso. La humillación se anunció en el comedor. La "ayuda" vino al corredor sin cámaras.
Doña Claudia entrecerró los ojos.
La frase entró donde debía entrar.
Patricia abrió la boca para atacar otra vez, pero una voz masculina la cortó desde la esquina.
—Sofía no tocó la pulsera.
Todos voltearon.
Leonardo salió de detrás de la maceta con una calma que volvió absurdo el escondite.
Sofía lo miró.
[¿Estaba ahí? ¿Desde cuándo el bloque de hielo se esconde como señora chismosa detrás de una planta?]
Leonardo tuvo que apretar los labios.
Doña Claudia se quedó rígida.
—Leo.
—Vi todo —dijo él—. Valentina intentó ponerle la pulsera en la mano. Sofía se negó. La pulsera cayó antes de tocarla.
Valentina se puso blanca.
—Leo, yo no...
—También escuché que Sofía pidió volver al comedor para que mi madre decidiera.
El silencio se hizo pesado.
Tío Ernesto se inclinó para mirar las piezas sin tocarlas.
—Si Leonardo lo vio, entonces no hay nada que discutir.
Una de las señoras de collar grueso murmuró:
—Además, la muchacha tiene razón. Una pieza así no se entrega a escondidas.
Doña Claudia no respondió. Miraba a Valentina como si por primera vez la dulzura no le alcanzara para tapar la grieta.
Valentina lo notó.
Y se quebró justo lo necesario.
—Fue mi culpa —dijo, con voz pequeña—. Me puse nerviosa. La pulsera se me resbaló.
Doña Patricia la miró, alarmada.
—Vale...
—No, mamá. Sofía no hizo nada.
La frase le costó. Se notó en la mandíbula, en los dedos cerrados, en la forma en que evitó mirar a Sofía.
Don Augusto llegó al borde del círculo.
—Entonces pide disculpas.
Valentina levantó la cabeza.
—¿A quién?
La mirada del patriarca no se movió.
—A quien acabas de dejar bajo sospecha.
Sofía observó a Valentina con una serenidad que no sentía.
[Vamos, protagonista. Trágate una cucharadita de tu propia medicina.]
Valentina respiró hondo.
—Perdón, Sofía. Fue un accidente mío.
—Acepto tus disculpas —dijo Sofía—. Y para que no vuelva a pasar, la próxima vez que alguien quiera darme una joya familiar, que lo haga con testigos.
La prima de doña Claudia soltó un "tiene razón" casi inaudible.
Pero se oyó.
Y eso bastó.
La cena terminó sin postre.
Doña Claudia ordenó guardar las piezas para enviarlas a restauración. Don Augusto se retiró con una frase seca sobre no volver a convertir La Casona en teatro. Doña Patricia se llevó a Valentina casi pegada al pecho, como si la hija mayor hubiera sido la herida de la noche.
Sofía se quedó en el vestíbulo con el sobre de acciones en la mano.
Leonardo apareció a su lado.
—Te llevo.
—¿A mi casa?
—A la residencia Reyes.
—Qué considerado. Directo al segundo round.
Él la miró.
—¿Quieres quedarte?
Sofía miró hacia el comedor vacío.
—No. Pero tampoco tengo muchas opciones.
[De momento necesito techo, dinero y no morir antes de los trescientos días. Romance, cero. Familia, menos cero. Dignidad... bueno, hoy recuperé como medio kilo.]
Leonardo abrió la puerta principal.
El aire nocturno de Lomas entró frío.
En el auto, Sofía esperó a que Toño arrancara. Esta vez Valentina no estaba detrás. La ausencia se sintió como espacio respirable.
—Lo del hotel —dijo Sofía de pronto— no fue idea mía.
Leonardo no la interrumpió.
Ella miró sus manos.
—Valentina me dijo que si hablaba con usted... contigo, quizá podía romper el compromiso sin hacerle daño a nadie. Me hizo creer que era una especie de sacrificio romántico. Ridículo, ya sé.
—No suena ridículo.
—Suena estúpido.
—Suena preparado.
Sofía giró hacia él.
Leonardo mantenía la mirada en la ventana, pero su voz no tenía burla.
—Además —continuó ella—, la tarjeta con la que supuestamente pagué cosas esa noche ni siquiera la tengo yo. La tarjeta negra de mi padre siempre la usa Valentina. A mí me dan efectivo contado, como si fuera a gastarme la fortuna familiar en lápices labiales.
Leonardo recordó a Daniela Torres. El viaje. La bandeja de café. Las cámaras.
—¿Puedes probarlo?
—Si tuviera acceso a mis propios estados de cuenta, sí. Pero en mi casa hasta mis "privilegios" tienen candado.
Toño miró por el retrovisor y volvió a bajar la vista de inmediato.
Sofía apoyó la cabeza contra el asiento.
—Mira, hagamos esto fácil. Si tu abuelo insiste en la boda, firmamos un acuerdo.
—¿Qué acuerdo?
—Después de casarnos, no me meto en tu vida, no te pido que vuelvas a casa, no te exijo amor, fidelidad teatral ni cenas de pareja. Tú me das una mesada decente, yo sobrevivo. Cuando llegue el momento, nos divorciamos sin drama.
Leonardo la miró por fin.
—¿Eso quieres?
—Eso conviene.
[Porque eres un tonto, Leonardo Montero. Vas a terminar enamorado de la protagonista, igual que en el libro. Y la protagonista no soy yo.]
El ruido del motor pareció alejarse.
Leonardo sintió la frase como una mano cerrándose alrededor de algo que todavía no sabía nombrar.
—¿La protagonista? —preguntó.
Sofía parpadeó.
—¿Qué?
Él sostuvo su mirada.
No podía decirle que la había escuchado.
Todavía no.
—Nada —dijo al fin—. Sigue con tu acuerdo.
Sofía lo observó unos segundos, desconfiada.
[Qué raro está. Bueno, mientras no se enamore de Valentina antes de depositarme la mesada, todo bien.]
Leonardo volvió la vista al frente.
Por primera vez desde que escuchó esa voz, una parte de él quiso contradecirla no por estrategia, sino por orgullo.
Y por una curiosidad peligrosa.