Loretta, condesa Russell. Tiene otra oportunidad para arreglar su matrimonio y salvar a su hijo que lleva en su vientre
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Capítulo 17: La vida que eligieron
Los meses siguientes transcurrieron con una tranquilidad que, durante mucho tiempo, había parecido imposible.
La guerra había terminado.
Julian y Beatrice seguían encarcelados mientras la Corona continuaba investigando todas sus actividades. Los antiguos aliados de la familia secundaria desaparecieron uno tras otro del territorio Russell. Algunos huyeron. Otros fueron arrestados. Los pocos que permanecieron aprendieron rápidamente que el condado ya no era un lugar donde las conspiraciones pudieran prosperar.
La paz regresó.
Y con ella llegó algo que Carter y Loretta jamás habían tenido.
Tiempo.
Tiempo para desayunar juntos.
Tiempo para caminar por los jardines.
Tiempo para conversar sin que una guerra, una traición o un desastre inminente se interpusieran entre ellos.
Tiempo para ser simplemente marido y mujer.
Aquella noche, una suave lluvia golpeaba las ventanas de la mansión mientras el fuego crepitaba en la chimenea de sus aposentos.
Loretta permanecía acomodada en un amplio sillón.
Su embarazo había avanzado considerablemente.
El vientre redondeado era imposible de ignorar.
Y Carter parecía incapaz de hacerlo.
Sentado a sus pies, apoyaba una mano enorme sobre la tela de su vestido.
Esperando.
Concentrado.
Como si estuviera vigilando una fortaleza.
Loretta lo observó durante varios segundos antes de sonreír.
—Llevas diez minutos mirando mi estómago.
—Estoy trabajando.
—¿Trabajando?
—Vigilando a mi hijo.
—Todavía no ha nacido.
—Precisamente por eso.
Loretta soltó una pequeña risa.
Aquella expresión relajada de Carter seguía resultándole sorprendente.
Porque conocía al guerrero.
Al comandante.
Al hombre temido por todo el reino.
Pero ahora también conocía a aquel hombre.
El que se quedaba despierto cuando ella tenía insomnio.
El que supervisaba personalmente cada comida que recibía.
El que interrogaba a los médicos como si estuviera preparando una campaña militar.
El que parecía dispuesto a enfrentarse al mundo entero por proteger a su familia.
De repente una pequeña patada golpeó la palma de Carter.
El conde se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
Luego abrió mucho los ojos.
—Otra vez.
Loretta sonrió.
—¿Qué sucede?
—Me pateó.
—Lleva meses haciéndolo.
—Sí, pero ahora fue más fuerte.
Otra pequeña patada llegó.
Carter apoyó ambas manos sobre el vientre.
—Definitivamente fue más fuerte.
Loretta comenzó a reír.
—Pareces más emocionado que yo.
—Imposible.
—Creo que sí.
—No.
—Sí.
—No.
Ella levantó una ceja.
—¿Estás discutiendo conmigo?
—Estoy corrigiéndote.
—Qué valiente.
—Soy soldado.
Loretta negó con la cabeza.
Y durante unos segundos simplemente lo observó.
Carter terminó notándolo.
—¿Qué ocurre?
La sonrisa de ella se suavizó.
—Nada.
—Te conozco.
—Eso es discutible.
—Loretta.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
Pensativa.
Serena.
Y cuando volvió a hablar, su voz sonó más baja.
—Creo que por fin puedo respirar.
Carter frunció ligeramente el ceño.
—¿Respirar?
—Durante mucho tiempo sentí miedo.
Él guardó silencio.
Porque sabía exactamente de qué estaba hablando.
—Cada día despertaba pensando que algo malo ocurriría.
Loretta apoyó una mano sobre su vientre.
—Tenía miedo de perderte.
La voz se quebró apenas.
—Tenía miedo de perderlo.
Carter tomó inmediatamente su mano.
—Loretta...
—Tenía miedo de repetirlo todo.
Los ojos de ella se humedecieron.
—Incluso después de que me creíste. Incluso después de cambiar tantas cosas. Incluso después de que sobreviviste a esa noche...
Carter se levantó de inmediato.
Se arrodilló junto al sillón.
Y sostuvo ambas manos entre las suyas.
—Mírame.
Loretta obedeció.
Aquellos ojos azules seguían siendo los mismos.
Pero ya no estaban llenos de distancia.
Ni de resignación.
Ni de soledad.
—Estoy aquí.
Ella asintió.
—Lo sé.
—Voy a seguir aquí.
Las lágrimas comenzaron a acumularse lentamente.
—Lo entiendo también.
—Y nuestro hijo está sano.
Loretta volvió a asentir.
—Entonces deja de cargar sola con el pasado.
Aquellas palabras golpearon directamente donde más dolía.
Porque tenía razón.
Incluso después de cambiar el destino, una parte de ella seguía viviendo dentro de aquella otra vida.
Seguía recordando el frío, la recordando la pérdida. Y recordando la culpa.
Carter acercó una mano a su rostro.
—Ya no estás allí.
Las lágrimas descendieron finalmente.
—No.
—Estás aquí conmigo.
Loretta sonrió.
—Sí.
—Y pienso dedicar cada día que me quede para demostrarte que elegiste bien al regresar.
Ella soltó una pequeña risa entre lágrimas. Él continúo.
—Podías haber vuelto y seguir odiándome.
Loretta se quedó callada.
—Pero decidiste salvarme.
La voz de Carter se volvió más suave.
—Decidiste salvarnos.
Él inclinó la cabeza y apoyó un beso sobre su mano.
—Y jamás dejaré de agradecértelo.
Loretta sintió que algo dentro de ella terminaba de sanar.
Porque el miedo seguía existiendo.
Las cicatrices también.
Pero ya no gobernaban su vida.
---
Las semanas continuaron avanzando.
El octavo mes llegó.
Luego desapareció.
Y finalmente llegó el noveno.
La mansión Russell entera entró en estado de alerta.
Carter estaba peor que cualquier médico.
Mucho peor.
—¿Cuántas veces has preguntado eso hoy? —dijo Loretta.
—Tres.
—Fueron doce.
—Doce sigue siendo una cifra razonable.
—No lo es.
—Para mí sí.
La comadrona soltó una carcajada.
—Mi señor, le aseguro que el bebé llegará cuando decida llegar.
Carter parecía profundamente insatisfecho con aquella respuesta.
—Esa estrategia me parece muy poco eficiente.
Loretta terminó riendo.
Incluso la comadrona tuvo que cubrirse la boca.
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Y entonces llegó el día.
De madrugada.
Un dolor intenso la despertó.
Loretta abrió los ojos.
Inmediatamente supo lo que estaba ocurriendo.
El momento había llegado.
Una hora después toda la mansión estaba despierta.
Sirvientes corriendo.
Médicos entrando y saliendo.
Comadronas organizando todo.
Y Carter completamente incapaz de quedarse quieto.
—Si sigues caminando así terminarás haciendo un agujero en el suelo —dijo Elias.
—Cállate.
Elias sonrió.
—Ahora entiendo de dónde heredará el niño el mal carácter.
Las horas comenzaron a pasar.
Y el parto fue difícil.
Muy difícil.
Loretta había sabido que sería doloroso.
Pero la realidad superó cualquier expectativa.
El sudor empapaba su cabello.
Los músculos le ardían.
Cada contracción parecía interminable.
Y durante todo ese tiempo Carter permaneció a su lado.
Sin alejarse.
Sin soltarse.
Sujetando su mano.
Animándola.
Suplicando silenciosamente que estuviera bien.
—Lo estás haciendo bien —dijo una vez.
—No vuelvas a decir eso.
—¿Por qué?
—Porque quiero golpearte.
Carter asintió.
—Estoy preparado.
Incluso en medio del dolor Loretta soltó una pequeña risa.
Las horas siguieron avanzando.
Hasta que finalmente llegó el momento.
La habitación entera quedó en silencio.
Un último esfuerzo.
Un último instante.
Y entonces.
Un llanto.
Fuerte.
Claro.
Vivo.
Loretta sintió que todo se detenía.
La habitación desapareció.
El ruido desapareció.
Solo quedó aquel sonido.
El sonido que en su otra vida había temido perder.
Las lágrimas comenzaron a caer inmediatamente.
La comadrona sonrió ampliamente.
—Es un niño.
Carter cerró los ojos.
Y durante unos segundos simplemente respiró.
Como si hubiera estado conteniendo el aire durante nueve meses.
Luego el pequeño fue colocado cuidadosamente entre ellos.
Loretta lo observó.
Y su corazón se quebró de amor.
Cabello claro.
Pequeñas facciones delicadas.
Y unos ojos que todavía no podían enfocarse correctamente.
Pero incluso así.
Se parecía a Carter.
Muchísimo.
—Hola... De nuevo, mi niño—susurró ella.
El bebé se movió ligeramente.
Y Loretta comenzó a llorar otra vez.
Carter tampoco estaba mucho mejor.
Las lágrimas descendían libremente por su rostro.
Sin intentar ocultarlas.
Sin importarle quién pudiera verlo.
—Está aquí —susurró.
Loretta asintió.
—Sí.
—Está vivo.
—Sí.
La voz de Carter se quebró.
Loretta acercó una mano al pequeño rostro.
Y habló suavemente.
—Su nombre es Carter.
El conde quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
—Loretta...
Ella sonrió.
—Quiero que lleve tu nombre.
Los ojos de Carter se llenaron nuevamente de lágrimas.
—Es demasiado peso para un niño.
—Entonces ayúdalo a llevarlo.
El silencio que siguió estuvo cargado de emoción.
Carter inclinó la cabeza.
Primero besó la frente de Loretta.
Luego el pequeño rostro del bebé.
Y finalmente apoyó una mano protectora sobre ambos.
—Lo haré.
Su voz sonó firme.
Absolutamente firme.
—Le daré una vida mejor.
Miró a su hijo.
Luego a su esposa.
Y sonrió.
—Los protegeré a los dos.
Loretta cerró los ojos.
Mientras el pequeño Carter descansaba entre ellos.
El pasado había quedado atrás.
La tragedia que una vez destruyó aquella familia ya no existía.
Y en aquella habitación cálida, rodeados por las personas que los amaban, comenzó finalmente la vida que siempre debió pertenecerles.