Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.
NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 17 Solo quiero protegerte
Al principio, Victoria pensó que Alexander simplemente la amaba demasiado.
Esa fue la explicación que encontró para cada pequeño cambio.
Para cada pregunta.
Para cada preocupación.
Para cada momento en el que él parecía necesitar saber un poco más sobre su vida.
Porque cuando alguien llega a tu corazón con cuidado, con palabras bonitas y con gestos que parecen demostrar amor, es difícil imaginar que esas mismas acciones puedan convertirse algún día en una jaula.
Victoria seguía viendo al mismo hombre del que se había enamorado.
El hombre que le llevaba flores sin motivo.
El hombre que recordaba cómo tomaba el café.
El hombre que escuchaba sus sueños como si fueran lo más importante del mundo.
El hombre que había logrado ganarse la confianza de su familia.
Por eso, cuando comenzaron las primeras señales de control, ella no las interpretó como una amenaza.
Las interpretó como cariño.
Una tarde, Victoria recibió una invitación de la universidad.
Uno de sus profesores había seleccionado a un pequeño grupo de estudiantes para participar en una conferencia académica fuera de la ciudad.
Era una oportunidad importante.
Una de esas experiencias que podían marcar el inicio de una carrera profesional.
Cuando leyó el correo electrónico, sus ojos se iluminaron.
Corrió a contarle a su madre.
—Mamá, mira.
Valeria tomó el documento y comenzó a leer.
—¿Una conferencia internacional?
Victoria asintió emocionada.
—Sí. El profesor dijo que podría ser una gran oportunidad para mí.
Valeria sonrió orgullosa.
—Sabía que llegarías a este punto.
Victoria abrazó a su madre.
—Quiero hacerlo bien.
Quiero demostrar que todo el esfuerzo valió la pena.
Aquella noche decidió contarle a Alexander.
Pensó que él sería la primera persona en alegrarse.
Como siempre.
Se encontraron en una cafetería cerca de la universidad.
Victoria llegó sonriendo.
Apenas se sentó frente a él, sacó el teléfono.
—Tengo una noticia.
Alexander sonrió.
—Me encanta cuando dices eso.
Ella le mostró el correo.
—Fui seleccionada para una conferencia. Serán unos días fuera de la ciudad.
Alexander leyó lentamente.
Al principio sonrió.
Pero después su expresión cambió ligeramente.
Victoria no lo notó de inmediato.
—¿No es increíble?
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Cuántos días?
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Que cuántos días estarás fuera.
—Cinco.
Alexander dejó el teléfono sobre la mesa.
—Cinco días es bastante.
Victoria frunció un poco el ceño.
—Alexander, es una oportunidad importante.
—Lo sé.
No estoy diciendo que no sea importante.
Solo digo que no me gusta la idea.
Ella lo miró confundida.
—¿Por qué?
Él tomó su mano.
—Porque no estaré tranquilo sabiendo que estás lejos.
Victoria sonrió suavemente.
—Alexander, voy a estar con profesores y estudiantes.
No voy sola.
—Lo sé.
Pero igual me preocupa.
Victoria pensó que era una reacción normal.
Después de todo, estaban enamorados.
Era lógico que él quisiera estar cerca.
—Voy a estar bien.
Alexander suspiró.
—Ojalá pudiera acompañarte.
Ella sonrió.
—No puedes dejar todo por mí.
Él bajó la mirada.
—A veces siento que tú sí puedes dejarme a mí por otras cosas.
Victoria se quedó en silencio.
La frase la tomó por sorpresa.
—¿Qué quieres decir?
Alexander rápidamente negó.
—Nada.
Olvídalo.
No quiero arruinar tu emoción.
Y ahí estaba nuevamente.
Esa habilidad de hacer que Victoria sintiera que había sido ella quien había creado un problema.
Los días siguientes, Alexander estuvo diferente.
No era frío.
No era distante.
Pero parecía más serio.
Cuando Victoria hablaba de la conferencia, él cambiaba de tema.
Cuando ella mencionaba los preparativos, él hacía preguntas que poco a poco la hacían sentir culpable.
—¿Realmente vale la pena estar cinco días lejos?
—Es una oportunidad, Alexander.
—Lo sé.
Pero podrías tener otras oportunidades después.
Victoria comenzó a sentir una incomodidad que no sabía explicar.
Porque sus palabras no parecían una prohibición.
No le decía:
"No vas a ir."
No le gritaba.
No la amenazaba.
Simplemente hacía que la decisión comenzara a sentirse egoísta.
Una noche, mientras hablaban por teléfono, Alexander preguntó:
—¿Con quién compartirás habitación?
Victoria respondió naturalmente.
—Con otra estudiante.
—¿La conoces?
—Sí.
—¿Y quién más irá?
Victoria suspiró ligeramente.
—Alexander.
—¿Qué?
—Siento que me estás haciendo muchas preguntas.
Hubo silencio.
Después él respondió con una voz herida.
—¿Ahora preguntar por ti está mal?
Victoria se quedó callada.
—No dije eso.
—Solo quiero saber que estarás segura.
No entiendo por qué te molesta que me preocupe.
Ella sintió culpa.
Porque él no había dicho nada malo.
No había insultado.
No había levantado la voz.
Solo estaba preocupado.
Al menos eso parecía.
—Perdón.
No quería que pensaras eso.
Alexander suavizó la voz.
—No quiero que me pidas perdón.
Solo quiero sentir que también soy importante para ti.
Victoria cerró los ojos.
—Lo eres.
Mucho.
—Entonces entiéndeme.
La conferencia finalmente llegó.
Victoria asistió.
Pero algo había cambiado.
Ya no estaba completamente emocionada.
Durante el viaje revisaba constantemente su teléfono.
Si tardaba mucho en responder, Alexander preguntaba:
"¿Todo bien?"
"¿Por qué desapareciste?"
"¿Estás ocupada?"
Al principio parecía preocupación.
Después comenzó a sentirse como una obligación.
Como si tuviera que demostrar constantemente que estaba haciendo las cosas correctamente.
Una noche, durante la cena con sus compañeros, Victoria dejó el teléfono sobre la mesa.
Una amiga la miró.
—¿Todo bien?
Victoria sonrió.
—Sí.
—Parece que tu novio está muy pendiente.
Victoria bajó la mirada.
—Es porque me quiere.
Su amiga no respondió.
Solo sonrió ligeramente.
Pero Victoria pudo notar que había algo en su expresión.
Una duda.
Una preocupación.
Cuando regresó, Alexander la recibió con flores.
Como siempre.
La abrazó.
La besó.
Le dijo cuánto la había extrañado.
Durante unas horas, todo volvió a ser perfecto.
Y Victoria pensó que quizás había exagerado.
Quizás él solo era una persona intensa.
Quizás amar significaba querer estar presente.
Quizás ella debía aprender a valorar que alguien se preocupara tanto por ella.
Sin embargo, poco a poco, las preguntas aumentaron.
—¿Dónde estás?
—¿Con quién estás?
—¿A qué hora llegarás?
—¿Quiénes irán?
Al principio Victoria respondía sin problema.
Después comenzó a sentir que debía informar cada movimiento.
Una tarde estaba en la fundación ayudando a organizar documentos.
No había visto el teléfono porque estaba trabajando.
Cuando salió, tenía siete llamadas perdidas.
Siete.
Inmediatamente devolvió la llamada.
Alexander respondió.
—¿Por qué no contestabas?
Victoria respiró.
—Estaba trabajando.
—¿Durante tres horas?
—Sí.
Hubo silencio.
—Me preocupé.
—Podías escribirme.
—Lo hice.
No respondiste.
Victoria cerró los ojos.
—Alexander, estaba ocupada.
La respuesta llegó con tristeza.
—Últimamente parece que siempre estás ocupada para mí.
Otra vez.
La culpa.
Otra vez.
Esa noche, Victoria habló con Valeria.
No como una hija pidiendo ayuda.
Solo como una hija intentando entender algo que no lograba explicar.
—Mamá...
Valeria levantó la mirada.
—¿Sí?
—¿Es normal que alguien quiera saber todo lo que haces cuando te quiere?
La pregunta hizo que Valeria guardara silencio.
—¿Por qué preguntas eso?
Victoria jugó con sus manos.
—No sé.
Alexander solo quiere saber que estoy bien.
Pero a veces siento que tengo que explicarle demasiado.
Valeria se acercó.
—Victoria.
Ella la miró.
—El amor no debería sentirse como una prueba constante.
La joven bajó la mirada.
—Pero él dice que es porque tiene miedo de perderme.
Valeria suspiró.
—Alguien puede tener miedo de perderte y aun así respetar tu libertad.
Victoria no respondió.
Porque una parte de ella sabía que su madre tenía razón.
Pero otra parte todavía defendía a Alexander.
Porque amar a alguien también significa querer creer lo mejor de esa persona.
Esa misma noche, Alexander llamó.
Victoria contestó.
—Hola.
Su voz era tranquila.
—He estado pensando.
Ella esperó.
—Creo que últimamente hemos tenido algunos problemas porque no nos entendemos.
Victoria sintió alivio.
Quizás iban a hablar.
Quizás iban a solucionarlo.
—Yo tampoco quiero discutir.
Alexander continuó:
—Solo necesito que entiendas algo.
Yo no intento controlarte.
Nunca haría eso.
Solo quiero protegerte.
Victoria cerró los ojos.
Esa frase parecía tan inocente.
Tan llena de amor.
—Lo sé.
—Entonces no pienses que mis preguntas son falta de confianza.
Son preocupación.
Ella asintió aunque él no podía verla.
—Está bien.
Alexander sonrió.
Porque una vez más había logrado que Victoria aceptara algo que, meses atrás, jamás habría considerado normal.
Después de colgar, Victoria miró por la ventana de su habitación.
La ciudad estaba iluminada.
Todo parecía tranquilo.
Pero por primera vez desde que conoció a Alexander...
Sintió una pequeña sensación extraña.
Como si algo dentro de ella intentara decirle que prestara atención.
Una voz muy pequeña.
Casi imposible de escuchar.
Pero estaba allí.
Porque el control nunca llega diciendo:
"Voy a encerrarte."
Llega diciendo:
"Solo quiero cuidarte."
Y cuando la persona que lo dice parece amar tanto...
Es mucho más difícil reconocer la diferencia.