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Entre Dos Mundos

Entre Dos Mundos

Status: En proceso
Genre:Escuela / BL / LGBT
Popularitas:471
Nilai: 5
nombre de autor: Luis Fernando Sanchez

Mateo Rivera llega a una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una beca que representa la oportunidad de cambiar su vida. Acostumbrado a luchar por cada oportunidad, sabe que no puede permitirse cometer errores. Alexander Whitmore, en cambio, nació rodeado de privilegios. Hijo de una de las familias más importantes de la ciudad, tiene un futuro prácticamente asegurado. Pero detrás de su apellido, su dinero y la imagen de una vida perfecta existe una presión que pocos conocen. Sus caminos se cruzan durante su primer día de universidad. Al principio, solo son dos estudiantes que comienzan a hablar. Después, poco a poco, se convierten en amigos. Entre conversaciones, miradas y momentos compartidos, algo comienza a cambiar entre ellos. Pero mientras Mateo empieza a descubrir lo que realmente siente, Alexander tendrá que enfrentarse a sus propios miedos. Porque enamorarse de Mateo significa desafiar un mundo al que siempre ha pertenecido. Un mundo donde las apariencias importan, donde su familia tiene una reputación que proteger y donde mostrar quién es realmente podría cambiarlo todo. Dos chicos. Dos mundos completamente diferentes. Una historia que comienza con una simple mirada. Entre Dos Mundos es una historia de amor, amistad, descubrimiento y valentía, donde ambos tendrán que decidir si vale la pena luchar por lo que sienten.

NovelToon tiene autorización de Luis Fernando Sanchez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6 — Lo que todavía no decimos

El sábado por la mañana, Mateo despertó con la luz del sol entrando por la ventana de su habitación. Por unos segundos permaneció acostado, mirando el techo, hasta que recordó que había quedado de encontrarse con Daniel y Sophie en el campus. Habían decidido avanzar juntos en algunos trabajos antes de que comenzara la siguiente semana de clases.

Tomó su teléfono de la mesa de noche.

Tenía varios mensajes.

El primero era de Daniel.

Daniel: ¿Ya estás despierto?

El segundo era de Sophie.

Sophie: Dile que sí está despierto.

Mateo sonrió.

Y debajo de esos mensajes había uno más.

Alexander: Buenos días.

Mateo se quedó mirando la pantalla durante unos segundos.

No sabía por qué ese mensaje en particular le provocaba una sonrisa diferente.

Respondió.

Mateo: Buenos días. ¿Ya estás despierto?

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Alexander: Desde hace una hora.

Mateo: ¿Qué haces despierto tan temprano?

Alexander: Desayuno familiar.

Mateo escribió:

Mateo: ¿Todo bien?

Alexander tardó un poco más en responder.

Alexander: Sí. Solo aburrido.

Mateo sonrió.

Mateo: Entonces sobrevive.

Alexander respondió:

Alexander: Lo intentaré.

Mateo dejó el teléfono sobre la cama y comenzó a prepararse.

No sabía que, al otro lado de la ciudad, Alexander también acababa de guardar su teléfono después de leer el mensaje.

La casa de los Whitmore estaba especialmente tranquila aquella mañana.

Alexander se encontraba sentado a la mesa junto a sus padres y su hermano mayor, Ethan. El desayuno había comenzado hacía unos veinte minutos, pero la conversación giraba principalmente alrededor de negocios.

—La próxima semana tendrás que acompañarme a la oficina —dijo Richard.

Alexander dejó los cubiertos.

—Tengo clases.

—Puedes organizarte.

—No quiero faltar.

Ethan intervino.

—Puedes ir después de tus clases.

Richard asintió.

—Exactamente.

Alexander respiró profundamente.

—Está bien.

Victoria observó a su hijo.

—¿Cómo estuvo la fiesta anoche?

Alexander levantó la mirada.

—Bien.

—¿Con quién fuiste?

—Con Ryan y Emma.

Su madre esperó.

—¿Y alguien más?

Alexander supo inmediatamente a quién se refería.

—Algunos compañeros.

—¿Alguno que debamos conocer?

—No.

Ethan sonrió ligeramente.

—Parece que Alexander hizo nuevos amigos.

Alexander lo miró.

—Sí.

—Eso es bueno.

Richard tomó un sorbo de café.

—Siempre que sean las personas adecuadas.

Alexander guardó silencio.

Aquella frase empezaba a cansarlo.

No era la primera vez que escuchaba algo así.

Desde pequeño, sus padres habían decidido quiénes eran las personas adecuadas para él. Qué familias eran importantes. Qué amistades podían beneficiarlo. Qué eventos debía asistir.

Pero nadie parecía preguntarle qué personas le hacían sentirse bien.

Y últimamente había una persona en particular que conseguía que se olvidara de todo aquello.

Mateo.

Alexander bajó la mirada hacia su plato.

No sabía por qué había pensado en él justo en ese momento.

Mientras tanto, Mateo se dirigía al campus.

Había quedado con Daniel y Sophie en una de las salas de estudio.

Cuando llegó, Daniel ya estaba allí.

—Pensé que no ibas a venir.

—Te dije que sí.

—Nunca se sabe.

Mateo dejó su mochila.

—¿Y Sophie?

—Dijo que llegaría en diez minutos.

Mateo se sentó.

—Entonces tenemos diez minutos para avanzar.

Daniel lo miró.

—Tú realmente te tomas en serio la universidad.

—Sí.

—Eso me gusta.

Mateo levantó la mirada.

—¿Qué?

—Que seas así.

—¿Así cómo?

—Responsable.

Mateo sonrió.

—Gracias.

Daniel se quedó callado unos segundos.

—¿Sabes algo?

—¿Qué?

—Creo que tú y Alexander se llevan muy bien.

Mateo continuó revisando sus apuntes.

—Sí.

—Mucho.

Mateo levantó la mirada.

—¿Por qué todos dicen eso?

Daniel sonrió.

—Porque es evidente.

—Solo somos amigos.

—Claro.

—Lo somos.

—Nunca dije que no.

Mateo suspiró.

—No empieces.

Daniel levantó las manos.

—Está bien.

En ese momento Sophie llegó.

—¿Qué me perdí?

—Nada —respondió Mateo.

Daniel sonrió.

—Estábamos hablando de Alexander.

Sophie dejó su mochila.

—Ah.

Mateo los miró.

—¿Por qué todo el mundo habla de él?

—Porque te importa —respondió Sophie.

Mateo abrió los ojos.

—¿Qué?

Sophie comenzó a reír.

—Estoy bromeando.

—No fue gracioso.

—Un poco sí.

Daniel soltó una carcajada.

Mateo negó con la cabeza y abrió su computadora.

—Vamos a trabajar.

Durante las siguientes dos horas, los tres estuvieron concentrados en sus tareas.

Daniel y Sophie discutieron varias veces por cosas pequeñas.

—Ese cálculo está mal —dijo Sophie.

—No está mal.

—Sí está.

—No.

Sophie tomó la hoja.

—Mira.

Daniel revisó el papel.

—Bueno… quizás.

Mateo se rio.

—Ustedes dos deberían trabajar separados.

—No —dijeron al mismo tiempo.

Se miraron.

Sophie sonrió.

Daniel apartó la mirada.

Mateo observó la escena y sonrió para sí mismo.

Había algo entre ellos.

Todavía no sabía qué.

Pero definitivamente había algo.

Al mediodía, los tres salieron de la sala de estudio.

—¿Qué quieren comer? —preguntó Daniel.

—Lo que sea —respondió Sophie.

—Eso no ayuda.

Mateo iba a responder cuando su teléfono vibró.

Alexander: ¿Qué haces?

Mateo contestó:

Mateo: Estoy con Daniel y Sophie.

Alexander: ¿Puedo ir?

Mateo sonrió.

Mateo: Claro.

Daniel lo observó.

—¿Alexander?

Mateo levantó la mirada.

—Sí.

Sophie sonrió.

—Lo sabía.

—¿Qué sabías?

—Nada.

Unos veinte minutos después, Alexander apareció.

Pero esta vez no venía solo.

Ryan caminaba junto a él.

—¿Qué tal? —preguntó Alexander.

—Bien —respondió Mateo.

Ryan saludó a Daniel y Sophie.

—¿Comemos juntos?

Todos aceptaron.

Entraron a la cafetería y buscaron una mesa.

Alexander se sentó junto a Mateo.

Ryan quedó frente a ellos, junto a Daniel y Sophie.

—Entonces —dijo Ryan—, ¿qué hacemos esta tarde?

—Yo tengo trabajo —respondió Mateo.

Ryan lo miró.

—¿Otra vez?

Mateo sonrió.

—Sí.

Alexander intervino.

—Yo puedo ayudar.

Ryan levantó una ceja.

—¿Otra vez?

Alexander lo ignoró.

—¿Qué tienes que hacer?

—Un diseño.

—Puedo acompañarte.

Mateo lo miró.

—No tienes que hacerlo.

—Quiero.

Ryan y Sophie intercambiaron una mirada.

Daniel también la notó.

Pero ninguno comentó nada.

Después de comer, Alexander acompañó a Mateo a la biblioteca.

Mateo extendió sus materiales sobre una mesa.

Alexander se sentó frente a él.

—No sé qué puedo hacer.

—Puedes quedarte ahí.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Entonces no estoy ayudando.

Mateo sonrió.

—Estás haciendo compañía.

Alexander sonrió.

—Eso sí puedo hacerlo.

Trabajaron durante un par de horas.

En un momento, Mateo levantó la mirada y descubrió que Alexander estaba observándolo.

—¿Qué?

Alexander parpadeó.

—Nada.

—Otra vez.

—¿Otra vez qué?

—Mirándome.

Alexander sonrió.

—Lo haces mucho.

—¿Qué cosa?

—Preguntar qué estoy pensando.

Mateo bajó la mirada.

—Porque nunca dices nada.

—Quizás porque no sé qué decir.

Mateo volvió a mirarlo.

—Puedes decirme cualquier cosa.

Alexander permaneció en silencio.

Aquella frase le produjo una sensación extraña.

Cualquier cosa.

Era algo que no escuchaba muy seguido.

En su casa siempre había palabras correctas.

Respuestas correctas.

Comportamientos correctos.

Pero con Mateo parecía poder hablar sin pensar demasiado.

—¿Qué quieres saber? —preguntó Alexander.

Mateo se apoyó en la silla.

—Lo que quieras contarme.

Alexander pensó.

—Cuando era pequeño quería ser músico.

Mateo sonrió.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y qué pasó?

—Mi padre dijo que era una pérdida de tiempo.

Mateo bajó la mirada.

—Lo siento.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

Alexander lo miró.

—¿Por qué?

—Porque era algo que te gustaba.

Alexander sonrió ligeramente.

—Ya pasó.

—Tal vez.

—¿Y tú? ¿Alguna vez quisiste hacer algo diferente?

Mateo pensó.

—No realmente.

—Entonces tienes suerte.

—¿Por qué?

—Porque sabes lo que quieres.

Mateo negó con la cabeza.

—No estoy seguro.

—Pareces muy seguro.

—Solo intento parecerlo.

Alexander sonrió.

—Entonces somos más parecidos de lo que pensé.

Mateo sostuvo su mirada.

Por unos segundos, ninguno habló.

La biblioteca estaba casi en silencio.

Solo se escuchaba el sonido de algunas páginas y teclados.

Alexander apartó la mirada.

—Deberíamos terminar esto.

—Sí.

Pero ninguno volvió a concentrarse inmediatamente.

Por la tarde, Daniel y Sophie estaban sentados en un banco del campus.

Mateo y Alexander habían ido por algo de beber.

—Te gusta —dijo Sophie.

Daniel la miró.

—¿Quién?

—Mateo.

Daniel soltó una risa.

—No.

—Te conozco.

—Solo me cae bien.

—Claro.

—Sophie.

—¿Qué?

—No todo tiene que ser romántico.

Sophie sonrió.

—Está bien.

Daniel la miró.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Te gusta alguien?

Sophie se quedó callada.

—No.

Daniel sonrió.

—Mentirosa.

—No soy mentirosa.

—Entonces dime quién.

—No.

—Entonces sí hay alguien.

Sophie le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Cállate.

Daniel comenzó a reír.

—Sabía que tenía razón.

Sophie sonrió, pero por unos segundos su expresión cambió.

—Quizás.

Daniel la miró.

—¿Quién?

Sophie negó con la cabeza.

—Después.

Antes de que Daniel pudiera insistir, Mateo y Alexander regresaron.

—¿De qué hablaban? —preguntó Mateo.

—De ustedes —respondió Sophie.

Mateo la miró.

—¿Qué?

—Nada.

Alexander sonrió.

—Creo que nos están ocultando algo.

Daniel se levantó.

—Vamos a caminar.

Cuando comenzó a oscurecer, los cuatro decidieron regresar a sus respectivas casas.

Alexander acompañó a Mateo hasta la entrada de su edificio.

—¿Nos vemos mañana?

—Sí.

—¿A qué hora?

Mateo revisó su horario.

—A las nueve.

—Entonces te veo a las nueve.

Mateo asintió.

Alexander no se fue inmediatamente.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez me estás mirando.

Alexander sonrió.

—Ya sé.

—¿Y?

—Me gusta hacerlo.

Mateo se quedó completamente quieto.

Alexander pareció darse cuenta de lo que había dicho.

—Buenas noches.

Antes de que Mateo pudiera responder, Alexander comenzó a caminar hacia su automóvil.

Mateo lo observó alejarse.

Alexander llegó a casa aproximadamente veinte minutos después.

Entró en su habitación y dejó el teléfono sobre la cama.

Se quitó la chaqueta y se sentó.

Miró hacia la ventana.

Pensó en la biblioteca.

En las conversaciones.

En las miradas.

En la manera en que se sentía cuando estaba con Mateo.

Y entonces se hizo una pregunta que llevaba varios días evitando.

¿Por qué le importaba tanto Mateo?

No era simplemente porque fuera agradable.

No era simplemente porque fuera inteligente.

No era simplemente porque fuera diferente a las personas que normalmente conocía.

Había algo más.

Algo que Alexander todavía no quería nombrar.

Tomó el teléfono.

Abrió la conversación con Mateo.

Escribió:

Me gusta pasar tiempo contigo.

Se quedó mirando el mensaje.

Después lo borró.

Escribió otra cosa.

Nos vemos mañana.

Lo envió.

Mateo estaba acostado en su habitación cuando recibió el mensaje.

Sonrió.

Mateo: Nos vemos mañana.

Dejó el teléfono sobre la mesa.

Cerró los ojos.

Pero antes de quedarse dormido, una pregunta apareció en su mente.

¿Por qué esperaba tanto volver a verlo?

Todavía ninguno estaba dispuesto a admitirlo.

Pero algo había comenzado.

Y cada día que pasaba era un poco más difícil fingir que solo se trataba de una amistad.

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Max
Pero si ya te lo dijo 👀
Max
Ya cállese señor 🤗
Max
Más inoportuno imposible 🤦‍♀️
Max
Juju alguien se está enamorando 👀
Max
Awww 🤭
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