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Renací: se acabó la niña buena

Renací: se acabó la niña buena

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación / Amante arrepentido / Villana / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Cap 13: El dinero que nunca tomé

Durante el torneo de invierno busqué un rato de silencio en la azotea de talleres. Santiago estaba sentado junto a la puerta, pelando una naranja.

—Otra vez te escondes.

—Aquí no están gritando.

Me hizo espacio y me ofreció unos gajos. Abajo llamaban a los participantes de la siguiente prueba. Todavía no era la mía.

Llevaba días pensando en el trabajo de Genaro y en lo que podía pasar en casa. Miré el teléfono que Santiago había dejado sobre la rodilla.

—¿Tú conoces a alguien que sepa de custodias?

Dejó de quitarle la parte blanca a un gajo.

—¿Quieres irte con tu abuela?

Asentí. Me sorprendió que no tuviera que explicarle desde el principio.

—No sé si se puede mientras mi papá no quiera. Cada vez que alguien viene a ayudarme, él promete cosas. Luego se van y yo me quedo.

Santiago miró hacia el patio.

—El papá de Mateo puede decirnos a quién preguntar. Yo no sé cómo se hace, pero averiguamos.

—No quiero que se lo vayas a contar a Genaro.

—No soy tan idiota, Daniela.

Me reí un poco. Él me pasó otro gajo.

—Somos amigos. Para esto también.

Oí mi nombre por el altavoz y tuve que levantarme. Quise decirle algo antes de bajar. Solo alcancé a agradecerle la naranja, y él me miró como si supiera perfectamente que no hablaba de eso.

En la carrera larga me quedé atrás desde la segunda vuelta. Había aceptado cubrir el lugar de una compañera porque el grupo necesitaba participantes; en la salida todavía pensaba que podría terminar sin hacer el ridículo.

Después solo quería llegar. Aflojé el paso cuando empecé a marearme. El profesor me indicó que podía parar, pero me faltaba poco y seguí caminando hasta recuperar el aire.

Rogelio se acercó por el interior de la pista. Ya había terminado su prueba.

—No corras más. Vamos despacio.

—No tienes que quedarte.

—Ya estoy aquí.

Me acompañó hasta la meta sin tocarme. Del otro lado de la reja vi a Bianca y a Ulises. Él había vuelto de visita para los días del torneo. Me sostuvo la mirada y luego se inclinó para decirle algo a ella.

Aquella tarde lo oí ofrecer una solución al problema de la fábrica. Estaba en la cocina con Herminia. Decía que la familia de Santiago tenía contactos, que podía conseguirle un trabajo nuevo a Genaro y de paso arreglar su regreso al Monteverde.

—Nomás hay que dar una lana para que lo muevan. Yo conozco al que se encarga.

Herminia le preguntó cuánto. Ulises bajó la voz. Vi que ella sacaba la lata donde guardaba sus ahorros y se la llevaba al cuarto.

Pensé en avisarle a Santiago. Después pensé que, si me equivocaba, volverían a decir que yo quería arruinar a Ulises. Lo dejé pasar. Me dije que el dinero de Herminia no era asunto mío.

El último día del torneo, Genaro detuvo a Santiago cerca del puesto de agua. Yo estaba a unos pasos, esperando a Lucero.

—Joven, muchas gracias por lo que está haciendo por nosotros. Lo del trabajo. Ulises ya me explicó.

Santiago lo miró sin reconocerlo al principio.

—¿Qué trabajo?

—Lo que hablaron. El dinero que le mandamos para…

—Señor, a mí nadie me ha dado dinero. No he hablado con Ulises.

Genaro intentó precisar otro nombre. Santiago negó otra vez, pidió permiso y siguió hacia las canchas.

Mi papá me vio. Antes de que pudiera acercarme, se fue por la salida. Lo vi sacar el teléfono y supuse que le estaba hablando a Herminia.

Cuando regresé a casa, Ulises ya había contado su versión.

Lo comprendí al verlos juntos: él sentado, Bianca junto a su madre y Genaro esperándome con el cinturón en la mano.

—¿Dónde está el dinero?

Dejé la mochila sin quitarme la otra correa del hombro.

—¿Cuál?

—No te hagas. Lo de Santiago.

Miré a Ulises. No apartó la vista.

—A mí no me dieron nada.

Genaro me agarró del brazo y me obligó a entrar. Intenté quedarme junto a la puerta, pero él la cerró.

—Arrodíllate.

—Papá, yo no…

El primer golpe me hizo subir el brazo. El segundo llegó antes de que pudiera acomodarme. Me fui hacia el suelo intentando cubrirme la cabeza, con la correa de la mochila enredada en un hombro.

Herminia gritaba por sus ahorros. Yo repetía que no tenía nada. Genaro no me preguntó cuándo había visto a Santiago ni qué había hecho esa tarde. Quería una respuesta que le devolviera el dinero y escogió golpear hasta que se la diera.

—¡Mentirosa! ¡Igual que tu madre!

Levanté la cara. Tenía la boca lastimada y me costó formar las palabras.

—Mi mamá no te robó nada.

—Todavía me contestas.

Quise recordarle lo que ella había pagado por él, pero volvió a levantar el cinturón y me cubrí. Mi madre se quedó sin defensa en mitad de mi frase. Me avergonzó no poder seguir hablando y me dio rabia sentir vergüenza cuando era él quien me estaba pegando.

Ulises se levantó por fin.

—Ya, papá Genaro. No le pegue más.

Lo dijo con una calma que me asustó más que el grito anterior.

—Yo confié en ella. Se lo di para que lo entregara porque a mí no me abrían. Fue en la puerta de la casa de Santiago, ayer, como a las siete. Ella dijo que lo llevaba adentro.

Yo había pasado aquella hora en Praga. Susana podía decirlo. Intenté hablar, pero Bianca se me adelantó.

—Yo estaba. Vi cuando se lo dio.

La miré desde el suelo. Tenía las manos juntas, la misma postura de cuando pedía que la perdonaran por algo pequeño. Esta vez no quería que la perdonaran a ella; quería que terminaran conmigo.

—Pregúntale a Susana —le dije a mi papá—. Estuve con ella.

Genaro miró a Bianca.

—¿Lo viste bien?

—Sí, papá. En esa puerta. Con mis ojos.

Le oí tomar aire. Me sujeté la manga contra el brazo, esperando que por una vez comprobara algo antes de decidir.

Genaro volvió a levantar el cinturón.

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