La abogada más brillante de su generación murió a traición... y despertó dentro del cuerpo de Aura Luminar, la hija de un duque a quien su propio prometido, el príncipe Luis, acababa de empujar al fondo de un lago helado para quedarse con su amante.
Craso error.
La joven ingenua que se ahogó por amor ya no existe. Quien sube ahora a la orilla es una mujer de mente fría y lengua afilada, decidida a hacer que todos los que la traicionaron paguen hasta el último centavo. Pero la venganza abierta es un desperdicio: para destruir a un príncipe heredero necesita un arma más letal, alguien que esté por encima de él. Un solo nombre encaja: Zane Caliber, el emperador temido en todo el imperio, un hombre glacial, intocable, que ha mantenido vacío el trono de la emperatriz durante años.
Aura planea usarlo. Lo que no calcula es que ese soberano de hielo, acostumbrado a que el mundo se arrodille ante él, quede fascinado justamente por la única mujer que se atreve a rechazarlo, a desafiarlo y a llamarlo "viejo loco" a la cara.
Entre duelos verbales en la corte, complots que buscan su muerte y enemigos que se niegan a caer, la guerra de Aura por la justicia se irá transformando en algo mucho más peligroso: un amor que ninguno de los dos pidió, pero al que ya no podrán renunciar.
Fue desechada por el príncipe. Reinará en el corazón del emperador.
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Un alma nueva
Un frío que calaba hasta los huesos fue lo primero que sintió Ester.
Maldita sea... ¿por qué el infierno es tan frío?, pensó.
Ester había sido abogada. Una buena carrera, un nombre respetado... y una muerte a traición mientras llevaba el caso de uno de sus clientes.
Sobre la superficie del agua, las sombras difusas de la noche recortaban dos siluetas muy juntas al borde de un embarcadero de madera.
—¿De verdad ya está muerta, príncipe? —la voz de una mujer temblaba, fingiendo inquietud.
—Por supuesto, Elisabeth. Esa idiota lleva más de diez minutos bajo el agua. Nadie sobrevive en el fondo del lago con este frío —respondió el príncipe Luis Caliber, con un tono cargado de soberbia—. Además, mañana el imperio entero creerá que la señorita Aura Luminar se quitó la vida, incapaz de soportar la presión de ser mi futura consorte.
Una risa baja y despectiva flotó en el aire, seguida de unos pasos que se alejaban despacio de la orilla.
Bajo el agua, un par de ojos se abrieron de golpe. El iris, antes apagado, brillaba ahora afilado, gélido, denso, sin rastro de la inocencia que había pertenecido a la antigua Aura Luminar.
Los recuerdos de la dueña original del cuerpo entraron a raudales, y la abogada genial comprendió de inmediato la situación en la que se hallaba.
Ester no había ido al infierno. Había vuelto a la vida en el cuerpo de una muchacha ingenua a la que su propio prometido acababa de asesinar.
Aura Luminar. Una joven crédula, hija única del duque Luminar, engañada y empujada al lago por su prometido y la amante de este.
Bah. Qué chica tan estúpida, pensó Ester con desdén.
Para una mujer curtida en la dureza del mundo moderno, morir de la manera más idiota por un amor ciego no figuraba en su diccionario. Si a este cuerpo se le concedía una segunda oportunidad, quienes la habían matado pagarían el precio hasta el último centavo.
Despacio, Ester —o quien ahora era ya Aura Luminar— nadó hacia la orilla. Su mano pálida se aferró a la hierba húmeda y arrastró su cuerpo helado hasta tierra firme.
Se sentó bajo la sombra frondosa de un árbol, ignorando el vestido de gala que le chorreaba encima, y con los dedos finos exprimió los mechones empapados mientras ordenaba en su mente cuanto sabía sobre la estructura de este imperio.
—Luis Caliber... Elisabeth Velis... —murmuró.
Su voz sonaba ronca, pero sus labios se curvaron en una sonrisa tenue y profundamente peligrosa, oculta en la oscuridad de la noche.
—Disfruten su breve victoria, antes de que los destruya a los dos tal como hicieron con la dueña de este cuerpo —susurró, con una sonrisa glacial.
Para derribar a su prometido y a su amante, la venganza abierta solo sería un desperdicio de energía. Necesitaba un escudo que fuera, a la vez, el arma más letal del imperio. Alguien situado muy por encima de Luis.
Un nombre acudió a su cabeza: el emperador Zane Caliber. Un hombre frío, adicto al trabajo e intocable, que ostentaba el control absoluto del trono y de todo el ejército imperial. El mismo que había mantenido vacío el puesto de emperatriz durante años, porque ninguna mujer le había interesado jamás: ni siquiera la que había dado a luz al príncipe Luis obtuvo estatus alguno en palacio.
Aura alzó la mirada hacia el cielo nocturno. Tres días más y se celebraría el cumpleaños del emperador Zane, el acontecimiento más fastuoso del año, donde se reuniría toda la nobleza... incluidos Luis y Elisabeth, que sin duda presumirían de su cercanía sobre la tumba de Aura.
Era el escenario perfecto.
—Espéreme en su fiesta de cumpleaños, Su Majestad —susurró con frialdad, y se puso de pie para adentrarse en la oscuridad y preparar la mayor de sus sorpresas.
Mientras tanto, en la mansión del duque Luminar, una mujer madura lloraba al escuchar el informe de la doncella personal de su hija.
—¡BUSQUEN A MI HIJA HASTA ENCONTRARLA! ¡NO SE ATREVAN A APARECER ANTE MÍ SIN ELLA! —bramó el duque Daren Luminar, desbordado por la furia.
—¡S-sí, mi señor! —respondieron los soldados antes de salir corriendo.
—Daren, te lo suplico, tráela a casa. Estoy tan preocupada... —imploró la duquesa Clara.
El duque intentó dominar sus emociones y calmar a su esposa.
—Tranquila, cariño. Te juro que, si algo malo le ha pasado a Aura, yo mismo mataré a ese bastardo, aunque sea un príncipe —masculló con un gruñido sordo.
Lo cierto era que Daren nunca había estado de acuerdo con aquel compromiso. De no haber sido porque su hija le rogó hasta obligarlo a consentirlo, jamás habría permitido que Aura se prometiera con el príncipe Luis.
No muy lejos, Sora, la doncella personal de Aura, agachaba aún más la cabeza mientras se retorcía las manos.
No debí dejar que la señorita fuera sola a ver al príncipe Luis, se lamentó para sus adentros.
Todos estaban tan pendientes y temerosos de la ira del duque que nadie reparó en que Aura ya se hallaba de pie en el umbral, empapada de pies a cabeza y con los labios pálidos de frío.
—Así que la dueña de este cuerpo era, de verdad, muy amada por su familia —murmuró.
Para Ester, que había crecido sin lujos y había tenido que abrirse paso sola en el cruel mundo del derecho, contemplar el pánico del duque Daren y de la duquesa Clara le encendió en el pecho una calidez desconocida.
—Qué lástima que la antigua Aura estuviera tan cegada por el amor que ni se dio cuenta de que tenía una familia que la quería así —susurró de nuevo, y una sonrisa leve le rozó los labios.
—¡SEÑORITA AURA!
El grito de una de las sirvientas, que acababa de advertir la presencia de su joven señora, cayó como un rayo. En un instante, el salón principal —hasta entonces tenso y desbordado de pánico— quedó sumido en un silencio absoluto.
El duque Daren, la duquesa Clara y Sora giraron a la vez hacia la entrada.
—¿¡Aura!? —chilló la duquesa, histérica, al ver a su hija.
Sin perder un segundo, corrió a estrechar entre sus brazos el cuerpo helado de Aura.
—¡Dios mío, hija! ¿¡Dónde te habías metido!? ¿¡Por qué estás empapada así!? —le reprochaba entre lágrimas que le resbalaban por las mejillas, la mano temblorosa acariciando una y otra vez aquel rostro pálido.
Aura se quedó un instante paralizada al sentir un abrazo tan cálido, tan sincero. Una sensación extraña y conmovedora le inundó el pecho que ahora habitaba el alma nueva de Ester.
—Estoy bien, madre —dijo con voz baja y algo ronca.
—¿Cómo que bien? —intervino el duque Daren, acercándose con el rostro descompuesto entre la angustia y la rabia—. ¡Estás helada, Aura! ¿Qué demonios pasó ahí afuera? ¡Tu doncella dijo que habías ido a ver al príncipe Luis! ¿Por qué vuelves en este estado? ¡Respóndele a tu padre! ¿¡Qué fue lo que pasó de verdad!?