Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 3
—Si de verdad es un hombre tan poderoso y quieres que viva para contarlo, lo mejor es que te lo lleves de aquí inmediatamente —dijo Camila, manteniendo la voz firme mientras se quitaba los guantes ensangrentados y los arrojaba al contenedor de desechos biológicos.
Bruno la miró con el ceño fruncido, desconfiado.
—Aún está débil, doctora. Apenas acaba de salir de la cirugía.
—Su cuadro está estable y la hemorragia está completamente cerrada —respondió ella, caminando hacia el lavabo para desinfectarse las manos con soltura profesional—. En este hospital acabas de armar un tiroteo, Bruno. La policía no va a tardar en llegar rodeando el perímetro. Si los atrapan aquí, no solo tu jefe terminará en la enfermería de una prisión, sino que ustedes irán a la cárcel y la prensa destruirá lo que queda de este lugar. Si tiene la capacidad de recibir cuidados intensivos privados donde viven, es mil veces más seguro para él que lo atiendas en tu propio terreno.
Bruno lo meditó durante un segundo amargo, reconociendo la lógica implacable en las palabras de la cirujana. Miró a Kael, quien respiraba con pesadez sobre la camilla, y luego volvió a fijar la mirada en Camila.
—Tienes razón sobre la policía —admitió él, haciendo una seña rápida a dos de sus hombres armados para que acercaran la camilla de transporte—. Pero no creas que esto se queda aquí, doctora Valenzuela. El señor Kael jamás deja una deuda pendiente, y menos con la mujer que le salvó la vida.
—Mi trabajo era salvarlo, no cobrarle un favor. Ahora sal de mi hospital antes de que el sirenero de las patrullas esté en la rampa —sentenció Camila, sosteniéndole la mirada sin dar un solo paso atrás.
Los hombres de la mafia movilizaron a Kael con extrema cautela. Mientras lo sacaban del quirófano, la mano del Alfa rozó levemente el borde de la mesa donde Camila estaba apoyada. De inmediato, la punzada de frío y el dolor de la arritmia volvieron a golpear el pecho de la joven cirujana con una fuerza abrumadora.
Camila apretó los dientes, llevándose disimuladamente la mano al corazón mientras veía desaparecer la comitiva por el pasillo de servicio. El Alfa se iba, y con él, la misteriosa fuerza que mantenía latiendo su vida sin dolor.
El sonido distante de las sirenas policiales comenzó a retumbar en los alrededores del hospital justo cuando la última camioneta negra desapareció en la oscuridad de la noche. El caos en el vestíbulo comenzaba a disiparse lentamente, dejando tras de sí cristales rotos, casquillos de bala y un personal médico aterrorizado que intentaba recuperar el control.
Camila permaneció apoyada contra el borde de la mesa del quirófano. Con cada metro que el Alfa se alejaba, el calor reconfortante que había mantenido estable su cuerpo se desvanecía por completo. Una ráfaga de frío penetrante recorrió sus venas y su corazón volvió a fallar. La arritmia regresó con una violencia brutal, golpeando contra sus costillas como un ave atrapada.
—Doctora Valenzuela... ¿se encuentra bien? —preguntó Laura, acercándose con preocupación mientras se limpiaba las lágrimas de los ojos—. Su rostro está completamente pálido.
—Estoy bien, Laura —mintió Camila, apretando los puños a los costados para disimular el temblor de sus manos—. Solo fue el desgaste de la cirugía. Ve abajo y ayuda a coordinar a los heridos del accidente antes de que la policía bloquee las entradas para los interrogatorios.
Laura la miró con duda, pero la mirada firme de Camila no daba pie a discusiones. En cuanto la enfermera cruzó la puerta, Camila se dejó caer sobre la silla más cercana. El dolor punzante en el centro del pecho le robaba el aire. Se tomó el pulso en el cuello: rápido, filiforme, desordenado.
Apoyó la cabeza hacia atrás, sintiendo una punzada de amargura. Era una ironía grotesca. Había devuelto a la vida al líder de la mafia con una precisión impecable, pero su propio cuerpo se estaba desmoronando sin remedio. Ese hombre misterioso de ojos felinos había actuado como un ancla biológica durante dos horas, pero ahora que se había ido, la dura realidad de su afección cardíaca la aplastaba de nuevo.
La caravana de camionetas blindadas ingresó en silencio a la mansión de la manada, oculta tras los frondosos bosques de las afueras. Bruno y tres de sus hombres más fuertes bajaron con extrema cautela a Kael en una camilla. Aunque el Alfa conservaba el conocimiento a regañadientes, su rostro estaba pálido y sudoroso; la sangre y la intervención quirúrgica de urgencia habrían matado a cualquier humano, pero su naturaleza lobuna luchaba por estabilizarlo.
Lo acomodaron en la enorme cama de su habitación principal. Tan pronto como los subordinados salieron, la puerta se abrió y la señora Eva entró a paso apresurado. A pesar de los años, la anciana emanaba un aura de autoridad serena y sabia; había sido la Luna de la manada en sus tiempos de juventud y conocía los secretos más antiguos de su raza.
Eva se acercó de inmediato a la cama, apartando las sabanas para examinar el vendaje en el abdomen de su nieto. Colocó sus manos ancianas a pocos centímetros de la herida sin tocarla. Cerró los ojos un segundo y frunció el ceño.
—Esto no es solo la sanación acelerada de un Alfa —murmuró Eva, levantando la mirada hacia Bruno con severidad—. Hay algo extraño en la energía de su herida. El tejido está sellando con una estabilidad pura, casi mágica, que no proviene solo de su propia fuerza. Bruno, ¿qué pasó exactamente allá afuera? Exijo la verdad.
Bruno dio un paso al frente y agachó levemente la cabeza en señal de respeto hacia la anciana.
—Señora Eva... la emboscada fue peor de lo previsto —explicó Bruno con tono grave—. El señor Kael perdió demasiado tejido y la bala tocó una arteria principal. No había tiempo para llegar con nuestros médicos de la manada; se nos moría en el camino. Tuve que tomar una decisión desesperada y tomé el Hospital General.
—¿Llevaste a mi nieto a un hospital humano? —inquirió Eva, entrecerrando los ojos.
—No había opción —continuó Bruno—. El lugar era un caos por un accidente masivo, pero obligué a punta de pistola a que lo operaran. Una joven cirujana cardiovascular se hizo cargo. La doctora Valenzuela. Ella extrajo la bala, suturó los vasos y le salvó la vida en menos de dos horas.
Eva volvió a pasar la mano por encima del abdomen de Kael, sintiendo el tenue hilo de calor que aún permanecía conectado a la esencia del Alfa. Una sonrisa sabia y misteriosa comenzó a dibujarse en los labios de la anciana.
—Una doctora humana... —susurró Eva, mirando a Kael, quien respiraba con pesadez con los ojos entreabiertos—. Ella no solo usó un bisturí, Bruno. Esta herida lleva la impronta del contacto directo de una compañera destinada. El toque de esa mujer detuvo la muerte de Kael antes de que la anestesia hiciera efecto.
Kael dejó escapar un gruñido bajo desde el pecho, abriendo sus ojos de un verde felino brillante.
—Su presencia calmaba mi sangre, abuela. Pero ella está enferma... vi cómo su propio corazón fallaba mientras me salvaba a mí. —murmuró el Alfa con la voz ruda.
La señora Eva cruzó las manos sobre su regazo, mirando a su nieto con una firmeza absoluta.
—Entonces la diosa Luna ha hablado. Esa médica no solo salvó al Alfa de esta manada; es la mujer que el destino eligió para ser tu Luna. Y si su corazón es débil, Kael, tú serás la fuerza que la mantenga con vida. Bruno, investiga todo sobre esa doctora. No podemos dejar a la salvadora del Alfa a la deriva.