Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
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Capítulo 6
Capítulo 6 — Tres reglas y un contrato
Aquella noche Valentina volvió a la Torre con la lista de la audición doblada dentro de la mochila. Pensaba preguntarle a Damián cuánto duraría el arreglo entre ellos. Él la hizo pasar al dormitorio; sobre la cama había un estuche de terciopelo negro.
—Ábrelo —dijo Damián desde la puerta del vestidor, abotonándose el puño de la camisa.
Valentina desató la cinta. Adentro, sobre la seda, había una tobillera fina de oro. Del eslabón central colgaba una campanita diminuta y, junto a ella, una letra: una "M" pulida que atrapaba la luz.
—Es muy bonita —dijo, con cautela—. Pero no puedo aceptar algo así, señor Mondragón.
—No es un regalo. —Damián se acercó, tranquilo—. Es una condición. Siéntate.
Valentina se sentó y recogió los pies bajo el borde de la cama. Damián le tocó una rodilla para que le acercara el tobillo.
Lo vio ponerse en cuclillas y buscó el precio de la joya dentro del estuche. No había etiqueta. Iba a tener que preguntarlo también.
Él le apartó el borde del pantalón. Al sentirle los dedos alrededor del tobillo, Valentina retiró un poco el pie; el broche abierto le rozó la piel.
—Quieta —murmuró.
Valentina sujetó la tela del pantalón para que no estorbara. Era difícil hablarle de dinero mientras lo tenía tan cerca.
Cerró el broche. La campanita tintineó, clarísima en el silencio del cuarto.
—Ahora, cada vez que camines —dijo él, alzando la vista hacia ella, oscuro, satisfecho—, voy a saber dónde estás. Como se marca lo que le pertenece a uno.
—No soy una mascota. —La voz le salió más ronca de lo que quería.
—No. —Damián se levantó despacio, deslizándole la mano por la pantorrilla, por la rodilla, hasta que ella sintió el calor subirle por todo el cuerpo—. Eres mi mascota.
Le rozó la mandíbula con el pulgar. Estuvo cerca, muy cerca, tanto que Valentina cerró los ojos por instinto. Pero él no la besó. Se detuvo a un aliento de su boca, sonrió apenas, y se apartó.
—Eso no —dijo, como para sí—. Eso no está en las reglas.
Valentina abrió los ojos. La campanita seguía temblando en su tobillo, delatándola.
* * *
El estudio olía a papel y a madera cara.
Damián empujó una carpeta sobre el escritorio de cristal. Lino, de pie a un costado, inclinó apenas la cabeza y salió, cerrando la puerta sin ruido.
—Léelo —dijo Damián, sirviéndose un dedo de whisky—. Y firma.
Valentina abrió la carpeta.
Contrato de acompañamiento privado, decía el encabezado. Debajo, en párrafos limpios y fríos, estaba escrita toda su vida por el próximo año.
Leyó despacio, moviendo los labios sin sonido.
La mesada era más de lo que ganaría dando clases todos los días. Valentina hizo una suma al margen con la punta de la pluma: medicamentos, renta, transporte al hospital. Podría dejar de pedirle a Iker que trabajara después de entrenar. Volvió a leer para comprobar que no hubiera entendido mal.
La cláusula de confidencialidad le prohibía hablar del acuerdo. Pensó en la foto del club. Si llegaban a relacionarla con Damián, él tendría una carpeta para exigirle silencio; ella seguiría entrando sola al salón.
Después venían las tres reglas que él ya le había dicho. Las leyó otra vez, aunque se las sabía:
Uno. Serás obediente. Harás lo que se te pida, sin preguntar.
Dos. Nada de sentimientos. Eres una acompañante, no una novia. No confundas las cosas.
Tres. Nada de besos. En la boca, jamás.
Valentina levantó la vista.
—¿Nada de besos? —preguntó, casi sin querer.
—Un beso lo dan las personas que se quieren. —Damián le dio un trago al whisky, sin mirarla—. Nosotros tenemos un trato. Es más honesto así.
—¿Y las otras dos? —preguntó Valentina—. Lo de obedecer, lo de no sentir. ¿También son por honestidad?
—Son por costumbre. —Él la miró por encima del vaso, y algo frío le pasó por los ojos—. Aprendí temprano que los sentimientos salen caros. Los míos y los ajenos. Así que los quito del contrato desde el principio. Nadie sale lastimado si nadie se enamora.
Valentina pensó en Jimena arrodillada junto al sillón. Él había dicho casi lo mismo antes de entregarle el cheque. No discutió; buscó en la página siguiente cómo se terminaba el acuerdo.
Cuarto. Penalización. En caso de que la parte firmante rompa el contrato antes del plazo…
Seis millones de pesos. Volvió al principio para comprobar la duración: un año. Si necesitaba irse antes, aquella era la cantidad que él pretendía cobrarle.
—¿Y si no firmo? —preguntó en voz baja.
—Entonces mañana tu abuela vuelve a un cuarto compartido, y los medicamentos importados dejan de llegar. —Damián lo dijo sin crueldad, casi con aburrimiento, que era peor—. No te estoy obligando, Vale. Te estoy ofreciendo. La diferencia es que tú puedes decir que no.
Los dos sabían que no podía.
Valentina giró la pluma entre los dedos. Podía pedirle una semana, intentar conseguir más trabajo. Se acordó del presupuesto y de las pocas horas que había pasado con su abuela aquel día. No había encontrado otra forma de pagar el tratamiento. Firmó su nombre completo.
Quería una copia para leerla sin tenerlo enfrente. En casa anotaría por separado lo que recibiera y lo que pagara él directamente al hospital; necesitaba saber cuánto le debía, aunque el propio contrato no le prometiera una salida que pudiera costear.
—Una cosa más. —Damián dejó el vaso—. Nada de "señor Mondragón". Aquí adentro me llamas Damián.
Valentina apretó la pluma.
—Como usted diga… Damián.
Él arqueó una ceja ante el "usted", divertido, y no la corrigió. Se inclinó sobre el escritorio hasta quedar a su altura.
—Y tú vas a ser mi Vale —dijo, bajito, saboreando el posesivo—. Mía. Solamente mía.
A Valentina le molestó más el posesivo que oírlo pronunciar su nombre. Apartó la pluma de entre los dos. Todavía podía hacerle una petición concreta.
—Quiero una copia —dijo—. Con la firma de usted también.
—Lino te la prepara. —Damián señaló la carpeta abierta—. Déjalo ahí, junto a los demás papeles.
* * *
Valentina se acercó a la carpeta mientras Damián atendía una llamada junto al ventanal, de espaldas, hablando en ese tono cortante de los negocios.
Al colocar el contrato entre los separadores, se le deslizaron las hojas de atrás. Las sujetó antes de que cayeran al suelo y leyó el primer encabezado.
Más contratos.
El mismo encabezado, las mismas reglas. Valentina pasó a la última página: seis millones de pesos. En el renglón destinado al nombre no había nada escrito. Había varios juegos de hojas iguales.
Miró la firma que acababa de poner. Lo que llevaba toda la tarde temiendo y negociando ya estaba impreso por duplicado antes de que ella llegara. Se sorprendió de que le doliera: había visto a Jimena, conocía las reglas. Aun así, al oír "mi Vale" había querido creer que él distinguía algo más que un nombre.
Cerró la carpeta con cuidado, para que él no oyera.
Detrás, Damián colgó y se volvió hacia ella.
—¿Todo en orden, mi Vale?
Valentina se compuso la cara antes de darse la vuelta. Le devolvió una sonrisa lisa, de acompañante, exactamente la que decía el contrato que debía dar.
—Todo en orden —dijo—. Damián.
Esperó a que Lino le entregara la copia y la guardó junto a la lista de la audición. Al levantarse sonó la campanita. Por la mañana tendría que averiguar cómo sujetarla para que no se oyera en clase.