Dinámica entre un Duque con doble personalidad (Alistair y Vane), el sanador dulce pero fuerte que lo cautiva
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La Venganza del Duque
En el centro del salón no estaba Julian solo.
En el trono de piedra residía el Gran Duque, vistiendo su armadura de combate negra y sosteniendo su espada ancestral. A su izquierda estaba Julian, vistiendo sus túnicas reales de oro, mirándolo con un desprecio absoluto. A su derecha, Marek y Evelyn bloqueaban la salida con un círculo de fuego helado.
Dorian palideció, dando un paso atrás.
—¿L-Lord Julian? ¿Qué significa esto? —titubeó el espía, buscando desesperadamente una ruta de escape.
Julian dio un paso al frente, sacando de su cinto el frasco de Lágrima de Hidra y arrojándolo a los pies de Dorian, donde se hizo pedazos.
—Significa que calculaste muy mal, Dorian —dijo Julian con voz firme y serena—. Creíste que podías manipularme para traicionar al hombre que salvó mi vida y mi corazón. Tu veneno se queda en el suelo, junto con tus falsas promesas.
El Gran Duque se puso en pie. Su presencia llenó el salón con una presión mágica tan aplastante que Dorian cayó de rodillas, escupiendo un hilo de sangre debido a la gravedad de la aura.
Los ojos del Duque brillaron con el dorado sangriento de Vane combinado con la frialdad estratega de Alistair.
—Intentaste usar a mi consorte... —siseó el Duque con su doble voz escalofriante—. Intentaste poner su mano limpia contra mi vida.
—¡Su Excelencia, piedad! —gritó Dorian, aterrorizado—. ¡Fui enviado por los Lores del Este! ¡Solo seguía órdenes!
—Tus Lores del Este ya están siendo ejecutados por las tropas de Evelyn mientras hablamos —respondió la faceta de Alistair con una helada indiferencia—. Y tú no mereces volver a ver la luz del sol.
Con un solo movimiento de la espada envuelta en fuego carmesí, Vane ejecutó a Dorian en el centro del salón, acabando de raíz con la conspiración.
Una hora después, la sangre del traidor había sido limpiada y la fortaleza estaba en perfecta seguridad.
Julian se encontraba en la alcoba matrimonial, sin poder quitarse de encima el temblor de adrenalina y la rabia contenida por la traición de quien creía su amigo.
La puerta de la estancia se abrió. El Gran Duque entró, despojándose de las piezas de su armadura ensangrentada. Sus ojos dorados devoraron la figura de Julian parado junto al gran ventanal.
—Julian... —dijo Vane con una voz ronca, cargada de una necesidad salvaje.
El noble no dio tiempo a explicaciones. Cruzó la habitación, cargó a Julian en brazos y lo arrojó sobre las pieles de oso de la cama matrimonial. Acto seguido, se posicionó sobre él, atrapando sus muñecas contra el colchón.
—Supiste jugar con él... pero casi me vuelvo loco cuando vi que te ofrecía ese veneno —siseó Vane, besando el cuello de Julian con mordiscos hambrientos y posesivos.
—Nunca los habría traicionado, Vane... jamás —respondió Julian, elevando las caderas contra el cuerpo del guerrero, buscando desesperadamente el contacto de su carne.
—Lo sabemos, mi amor... —susurró Alistair desde la misma mirada, besando sus labios con una devoción sin límites—. Sabías que nos perteneces... pero esta noche necesitamos sentir que eres nuestro en cada rincón de tu ser.
Lo que siguió fue el encuentro íntimo más salvaje, desesperado y devoto que hubieran compartido.
El Duque no tuvo clemencia con las prendas de Julian, rompiéndolas para dejarlo desnudo bajo el fuego de la chimenea. Vane lo tomó con una posesividad feroz, embistiéndolo con una fuerza que hacía temblar la gran cama de madera, reclamando cada centímetro de su piel con mordiscos, caricias ardientes y marcas de pasión. Alistair lo miraba a los ojos durante el acto, susurrándole promesas de amor eterno mientras sus caderas colisionaban en un ritmo desenfrenado.
—¡Alistair! ¡Vane! ¡Ah... Dioses! ¡Soy suyo! ¡Solo suyo! —gritaba Julian, entregándose a la marejada de placer curativo, clavando sus uñas en la espalda musculosa del noble.
—Mío... nuestro... por toda la eternidad —gruñía Vane en su oído, incrementando la velocidad de las estocadas hasta llevarlos a ambos a un clímax explosivo que estremeció los cimientos de la alcoba.
Derramado en el interior de Julian, el Duque colapsó sobre su pecho, envolviéndolo en un abrazo férreo que no se rompió en toda la noche. Julian acarició el cabello plateado de su señor, sabiendo que ni la seducción ni las conspiraciones podrían jamás destruir el fuego sagrado de su amor.
es mentira