Un imperio construido sobre el control. Una atracción que amenaza con destruirlo todo.
En el piso cuarenta y dos de Vance Financial, la regla es simple: la eficiencia se premia y las emociones no existen. Alexander Vance es un CEO implacable, calculador y distante, un hombre que ha convertido su vida en un mecanismo perfecto para sepultar la culpa de un pasado oscuro y un secreto familiar que podría arruinarlo.
Elena Ross llegó a su oficina solo para pagar las deudas de su familia, pero su resiliencia y templanza la convierten en la única asistente capaz de soportar la frialdad de Vance. Sin embargo, detrás de la fachada profesional, una química sofocante e innegable comienza a desgastar las barreras de ambos.
Cuando una serie de amenazas anónimas y un juego de poder corporativo ponen en riesgo la vida de Elena, el control de Alexander se fractura. Obligados a protegerse en medio de un nido de traiciones, la línea entre la lealtad, el deseo y el peligro empieza a borrarse.
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Capitulo 13: El baile de las mascaras
La noticia de la caída de Marcus Vance sacudió los cimientos del mundo financiero, pero el nombramiento de Elena Ross como la nueva Directora del Fondo de Reestructuración Corporativa de Vance Financial fue el verdadero terremoto en los salones de la alta sociedad. Para la élite de la ciudad, una asistente ejecutiva que lograba no solo sobrevivir a la frialdad de Alexander Vance, sino también adueñarse de su atención y de su círculo más íntimo, era un enigma inaceptable.
El Gran Salón del Hotel Metropole refulgía bajo el destello de docenas de arañas de cristal. La gala anual de beneficencia congregaba a los nombres más influyentes de la industria, la política y la banca internacional.
Alexander avanzaba por el recinto con la imponencia habitual de su traje a medida de corte impecable, pero esta vez su postura transmitía una posesividad abierta. Su mano izquierda descansaba con firmeza en la parte baja de la espalda de Elena, guiándola a través de los grupos de inversionistas que se abrían a su paso. Elena lucía un vestido de seda en tono verde esmeralda que abrazaba sus curvas con elegancia, contrastando con la piel clara de sus hombros y la seguridad serena de su mirada.
—No les quites el ojo de encima —murmuró Alexander cerca del oído de ella, con esa voz grave que le provocaba un escalofrío inmediato—. Todos esos buitres están buscando una sola grieta en ti para intentar atacar la firma.
—Que sigan buscando —respondió Elena con una sonrisa contenida, rozando los dedos de él—. Ninguno de ellos sabe lo que cuesta hacerme retroceder, Alexander.
Una risa femenina, cristalina y ensayada, interrumpió el intercambio.
—¡Alexander, querido! Me dijeron que habías vuelto a asistir a estas reuniones ceremoniales, pero no lo creí hasta verlo con mis propios ojos.
Daphne Dupont se abrió paso entre un grupo de diplomáticos. Heredera de la cadena hotelera más prestigiosa de Europa y accionista minoritaria en dos filiales de Vance Financial, Daphne era la personificación del lujo aristocrático: cabello rubio peinado en ondas perfectas, un vestido de alta costura cubierto de pedrería y una mirada calculadora que escaneó a Elena de arriba abajo en una fracción de segundo antes de fijarse en Alexander.
—Daphne —saludó Alexander de forma fría y distante, sin retirar la mano de la cintura de Elena—. No sabía que habías regresado de París.
—El negocio requiere mi presencia en la ciudad —contestó Daphne, dando un paso más hacia él y reduciendo el espacio de forma deliberada—. La junta de mi familia está muy interesada en el vacío que dejó la salida de Marcus. De hecho, mi padre sugirió que cenáramos este fin de semana para discutir la consolidación de nuestras acciones corporativas. Solos, por supuesto.
Daphne deslizó una mirada llena de condescendencia hacia Elena, dedicándole una sonrisa de cortesía fingida.
—Veo que tu asistente ha tenido un ascenso meteórico en la compañía. Es fascinante cómo en estos tiempos se reestructuran los cargos con tanta... flexibilidad.
La provocación flotó en el aire con la pesadez de una ofensa abierta. Elena mantuvo la barbilla en alto, dispuesta a responder con la precisión implacable que la caracterizaba, pero Alexander se le adelantó con la velocidad de un golpe directo.
—Elena no es mi asistente, Daphne —sentenció Alexander. Su voz bajó una octava, volviéndose tan helada y peligrosa que borrar la sonrisa del rostro de la heredera fue cuestión de un segundo—. Elena es la persona que maneja la dirección estratégica del fondo y la mujer con la que comparto mi vida. Cualquier asunto corporativo, incluidas las acciones de tu familia, pasa primero por su escritorio.
Daphne parpadeó, tomadamente descolocada por la contundencia de la respuesta del ejecutivo. Jamás había visto a Alexander Vance defender a nadie con semejante ferocidad pública.
—Alexander, por favor, no hay necesidad de ser tan tajante... —intentó suavizar la rubia, apretando el bolso de mano con frustración disimulada.
—La hay cuando no se respeta el lugar de la mujer que está a mi lado —la cortó Alexander sin el menor atisbo de diplomacia—. Disfruta de la velada.
Sin otorgarle un segundo más de atención, Alexander guio a Elena hacia la terraza privada del salón, dejando a Daphne parada en medio del vestíbulo bajo las miradas indiscretas de los presentes.
El aire fresco de la noche costera en el balcón de mármol sirvió como un bálsamo tras la sofocante atmósfera de la gala. La música del salón se escuchaba ahora como un murmullo distante.
Elena apoyó las manos en la balaustrada de piedra, mirando las luces de la ciudad que se reflejaban sobre el río. Alexander se colocó a su espalda, envolviéndola en sus brazos y pegando su pecho firme contra la espalda de ella. Hundió el rostro en la curva de su cuello, respirando hondo el aroma a jazmín que lo enloquecía.
—Marcaste tu territorio de una forma muy poco corporativa, señor Vance —murmuró Elena con ternura, girando un poco la cabeza para rozar la mejilla de él.
—No me importa el corporativo cuando se trata de ti, Elena —respondió él contra su piel, deslizando las manos hacia la cintura de ella para pegarla aún más a su cuerpo—. Daphne y su familia representan a la vieja guardia que cree que puede comprar influencia mediante presiones y compromisos sociales. No voy a permitir que nadie vuelva a hacerte sentir fuera de lugar.
—No me siento fuera de lugar —dijo ella, girándose entre sus brazos para quedar frente a él. Le acomodó la solapa del traje antes de mirarlo directamente a los ojos—. Sé exactamente quién soy y el lugar que ocupo en tu vida. Ninguna heredera con ínfulas de grandeza va a cambiar eso.
Un destello de devoción absoluta brilló en los ojos grises de Alexander. Le tomó el rostro con ambas manos, acariciando sus pómulos con los pulgares antes de inclinar la cabeza para capturar sus labios en un beso apasionado, lento y dominante que hizo que Elena se aferrara a sus hombros con fuerza.
—Esta noche nos vamos temprano —susurró Alexander contra su boca, con la respiración volviéndose pesada por la tentación que ella le provocaba—. No quiero seguir compartiéndote con esta gente.
—¿Y a dónde vamos? —preguntó ella con una sonrisa entrecortada.
—A la residencia —contestó él, tomándola firmemente de la mano mientras la guiaba de vuelta hacia el interior—. Tengo una reunión privada en mi despacho que requiere toda tu atención... y no acepto excusas.