Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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La tormenta que no perdonó
Tres días después, la respuesta llegó. No fue con mensajes ni pergaminos. Fue con el sonido de mil trompetas que rasgaron el cielo gris, y con el horizonte teñido de un rojo oscuro, como si la propia tierra ardiera. El ejército del Imperio estaba ahí, al otro lado del valle, cubriendo la nieve de acero y estandartes púrpuras. Eran más de los que nadie había imaginado. Inmensos, imparables, enviados no solo para conquistar, sino para borrar.
Valerius no volvió a pedir rendición. No hubo ultimátum. Desde el primer instante, llovieron flechas sobre las murallas, y los arietes empezaron a golpear las puertas de roble con un estruendo que hacía temblar la fortaleza entera. El Imperio no venía a negociar. Venía a castigar la insolencia de quien se atrevió a devolverles su propia crueldad.
En la sala de guerra, el ambiente era tenso como una cuerda a punto de romperse. Los mapas sobre la mesa estaban cubiertos de nieve que entraba por las ventanas abiertas. El sonido de los golpes contra las puertas retumbaba en cada pared.
—Cincuenta mil hombres —dijo Rian, con voz grave, mirando por la almena—. Tenemos menos de la décima parte. Nos superan en todo. En armas, en comida, en caballos. Si esto dura más de tres días, caemos por agotamiento antes de que rompan una sola piedra.
Lord Kael asintió, con el rostro endurecido por la realidad.
—Es una guerra que no podemos ganar por fuerza. Pero no vinimos a ganar por fuerza. Vinimos a sobrevivir el tiempo suficiente para que el resto del reino vea la verdad: que el Imperio destruye a quienes se atreven a ser libres.
Todos miraron hacia Elara. Ya no era una pregunta. Era una costumbre. Una necesidad. Cuando ella hablaba, todos callaban. Sabían que ella veía lo que ellos no podían. Que conocía los movimientos del enemigo como si los hubiera planeado ella misma.
—No atacarán el puente principal —dijo ella, sin levantar la vista del mapa, con la misma frialdad de siempre—. Es demasiado estrecho y nuestras defensas son fuertes. Enviarán a sus mejores hombres por el desfiladero del norte. Allí la muralla es más baja, y la nieve ha ocultado el camino. Esperan entrar de noche, sin que los veamos, y abrirán las puertas desde dentro antes del amanecer.
—¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó uno de los capitanes, aunque sin desconfianza, solo con asombro.
—Porque es lo más lógico —respondió ella, sin dudar—. Es lo que yo haría si estuviera en su lugar. Y conozco la mente de quienes nos atacan. No dudan en usar la traición ni la sorpresa. Es su única ventaja.
Rian ya se dirigía hacia la salida, con la espada en la mano.
—Llevaré a los míos al norte. Los esperaremos allí. Si vienen, los recibiremos con fuego.
—No —lo detuvo Elara, levantando la vista—. No los esperes. Déjalos subir. Cuando estén todos arriba, cierra el desfiladero con rocas y troncos. Que no tengan retirada. Y entonces… quema la nieve bajo sus pies. Allí donde el hielo es más delgado, el fuego se extiende más rápido. No sobrevivirá ninguno. Pero no salgas a perseguirlos. Quédate en la muralla. Su refuerzo llegará antes de lo que crees.
Rian asintió. No preguntó más. La confianza que antes le faltaba ahora era absoluta. Ella no les daba órdenes ciegas. Les daba certeza. Y en medio de la tormenta, eso era más valioso que cualquier espada.
Esa noche, la batalla se libró tal como Elara había dicho. Los soldados imperiales subieron por el desfiladero del norte, seguros de la sorpresa, y se encontraron con que la trampa era para ellos. El fuego estalló entre los árboles, la nieve se derrumbó sobre ellos, y el camino de regreso desapareció bajo toneladas de piedra y hielo. Gritos, acero chocando, el rugido de las llamas… y al final, silencio. Ninguno volvió.
Pero la victoria no trajo alegría. Cuando Rian regresó, con sangre en la armadura y el rostro serio, negó con la cabeza.
—Cumplió tu advertencia —dijo—. Su refuerzo llegó al amanecer. Tres mil jinetes más. No se rinden. No se detienen. Cada hombre que cae, lo reemplazan con dos más. Esto no es un ataque. Es un asedio hasta el último de nosotros.
Elara miró hacia afuera, hacia la nieve que caía sin descanso, cubriendo los cuerpos de los caídos de ambos bandos. Sabía que esto era solo el principio. Que el Imperio no enviaría solo ejércitos. Enviaría hambre, enfermedad, tiempo. Las armas que no se rompen, que no se agotan, que matan despacio.
—El invierno se pone de su lado —dijo ella, en voz baja, aunque todos la oyeron—. La nieve no dejará llegar ayuda. El frío matará a los nuestros antes que sus espadas. Debemos resistir. Debemos aguantar más tiempo del que ellos creen posible. Porque mientras nosotros luchamos por nuestra casa, ellos luchan por una orden. Y la voluntad de quien defiende su hogar siempre pesa más que la obediencia de un soldado.
Lady Mira la miró, con una mezcla de orgullo y tristeza. Su hija, la que apenas hace unas semanas era una niña que soñaba con cuentos, ahora estaba al mando de una guerra. Su voz no temblaba. Su mirada no se apartaba del horizonte. Y aunque todos la seguían, aunque la respetaban, en el fondo también la temían. Porque había algo en ella que ya no era de este mundo. Algo que veía más allá de la muerte y del tiempo.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Lord Kael, rompiendo el silencio—. ¿Cuánto tiempo antes de que podamos salir a buscar ayuda?
Elara lo miró a los ojos, y por un instante, su frialdad se quebró, solo un poco, para mostrar la verdad más cruda.
—No vendrá ayuda —dijo—. No hasta que demostremos que podemos resistir solos. Que no somos presa fácil. Debemos aguantar veinte días. Veinte días sin rendirnos, sin ceder un solo palmo de tierra. Para entonces, el Imperio empezará a desconfiar. A temer que lleguen aliados. Y en esa duda… tendremos nuestra oportunidad.
—Veinte días —repitió Rian, mirando hacia el ejército que rodeaba la fortaleza—. Con la comida contada, con el frío matando cada noche… es casi imposible.
—Casi —corrigió Elara, con una sonrisa fría y firme—. Pero lo imposible es lo que hacemos desde que llegué aquí. ¿No es cierto?
Nadie respondió. Pero todos asintieron en silencio. La guerra había cambiado. Ya no era solo espadas y murallas. Era una batalla de voluntades. Y al frente de los Licanos estaba alguien que conocía el final de cada movimiento. Alguien que no dudaba. Que no temblaba. Que, si era necesario, sabía cuánto costaba ganar y estaba dispuesta a pagar el precio.
Fuera, el viento aullaba con más fuerza que nunca, y el ejército del Imperio se preparaba para el segundo asalto. Pero dentro de la fortaleza, nadie se arrodilló. Nadie suplicó. Tomaron sus armas, cerraron sus puertas, y esperaron. Porque sabían algo que el enemigo aún no entendía: no estaban luchando contra un destino escrito de antemano. Estaban luchando con alguien que sabía cómo reescribirlo.