Una joven heredera de un imperio financiero y de la mafia, que ocultó su verdadera identidad por amor, sufre la pérdida de su bebé y el desprecio absoluto de su esposo y su suegra tras un atentado cruel. Renacida de las cenizas, regresa para ejecutar una venganza implacable, mientras se ve atrapada en un matrimonio concertado con un titán de los negocios tan arrogante y dominante como ella, uniendo dos mundos donde el poder se paga con sangre y orgullo.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA CAÍDA DEL PRIMER PEÓN
Las oficinas de la Inmobiliaria Benítez se encontraban en el piso doce de un edificio corporativo de cristal ahumado que, aunque correcto y bien ubicado, palidecía drásticamente ante la inmensidad del conglomerado San Román o los rascacielos internacionales del Banco Comellas.
Reinaldo Benítez estaba sentado en su sillón de piel ejecutiva, con la corbata desatada y una expresión de fastidio absoluto. Sobre su escritorio descansaban los informes financieros del último trimestre, cifras que no cuadraban y que comenzaban a encender las alarmas en su cabeza. Desde hacía cuarenta y ocho horas, las líneas de crédito habituales de sus proveedores clave se habían congelado sin previo aviso. Las llamadas a sus contactos habituales en la industria de la construcción y las graveras terminaban invariablemente en un buzón de voz o en evasivas frías.
—Jefe —dijo su secretaria, abriendo la puerta de golpe con el rostro pálido y la respiración agitada—. Tenemos un problema grave.
—¿Qué pasa ahora, Mónica? ¿Otro cliente que cancela el anticipo? —respondió Reinaldo con desdén, sin levantar la vista de los papeles.
—Peor que eso. La constructora del Conglomerado San Román acaba de rescindir de manera unilateral y definitiva todos los contratos de suministro y subcontratación que teníamos con ellos. Además... —la secretaria tragó saliva con dificultad—, el Banco Nacional e Internacional acaba de congelar nuestras cuentas corrientes por una orden de auditoría de cumplimiento financiero. Dicen que hay fondos cruzados sospechosos.
Reinaldo se puso de pie de un salto, tirando la silla hacia atrás con violencia.
—¡Estás loca! ¡Eso es imposible! —gritó, perdiendo los estribos—. ¡Los San Román ni siquiera nos conocen! Y el Banco Nacional no investiga a empresas medianas como la nuestra a menos que...
Se detuvo de golpe. Su mente, aunque lenta para los negocios reales, conectó los puntos de manera aterrorizante. Recordó la fría serenidad de Verónica cuando le entregó el divorcio. Recordó la mirada de desprecio con la que le dijo que disfrutara su vida mientras pudiera.
No. Es imposible. Ella era solo una muerta de hambre que vivía a mi sombra, pensó Reinaldo, sintiendo un sudor frío recorrerle la nuca. ¿Cómo una simple ama de casa iba a tener poder sobre el banco más grande del país?
—Llama a Carolina. Que venga a la oficina de inmediato —ordenó Reinaldo con la voz temblorosa de rabia y pánico.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en la elegante y lujosa mansión de Isaías San Román, el ambiente era radicalmente distinto.
Verónica caminaba por los amplios pasillos con pasos seguros, portando un vestido midi en tono esmeralda que resaltaba su elegancia y su imponente presencia. Tras la exitosa reunión en el directorio, donde había demostrado un dominio absoluto de las finanzas corporativas, sentía que la adrenalina de la venganza corría por sus venas como un tónico revitalizante.
Al llegar al estudio privado de la planta alta, encontró la puerta semiabierta. Isaías estaba de pie junto al ventanal, observando los extensos jardines mientras hablaba por teléfono con un tono de voz bajo y autoritario. Al sentir la presencia de Verónica, colgó de inmediato y se giró para mirarla.
Sus ojos oscuros recorrieron la figura de su esposa con un destello de genuina fascinación que él rara vez se permitía mostrar.
—Me informan mis fuentes que la Inmobiliaria Benítez acaba de recibir el primer golpe financiero de su vida —comenzó Isaías, cruzándose de brazos con una sonrisa imperceptible en la comisura de los labios—. En menos de dos horas, el ochenta por ciento de sus contratos se han desmoronado. Alguien en el banco ordenó una auditoría implacable. Dime, Verónica... ¿tienes algo que ver con esa masacre corporativa?
Verónica se acercó al escritorio de caoba, apoyó una mano enguantada con elegancia y le devolvió la mirada con una calma glacial.
—Solo estoy cobrando viejas facturas, San Román —respondió ella, inclinando ligeramente la cabeza—. Reinaldo creía que mantenía a una mujer sin valor. Es hora de que descubra cuánto cuesta la ignorancia.
Isaías dio un paso al frente, acortando la distancia entre ellos con esa autoridad innata que lo caracterizaba. La sombra que proyectaba se cernía sobre ella, pero Verónica no retrocedió ni un solo milímetro. La tensión eléctrica entre ambos era palpable, una mezcla peligrosa de respeto mutuo, atracción física y voluntades de hierro chocando en un mismo espacio.
—Te subestimé, Verónica Comellas —admitió Isaías con su voz barítona, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro grave que reverberaba en la habitación—. Pensé que eras solo un buen adorno para consolidar una alianza empresarial. Veo que eres un peligro con tacones de aguja.
—Y tú pensaste que podías imponerme tus reglas de hombre cavernícola sin encontrar resistencia —replicó ella con una sonrisa felina, desafiándolo abiertamente—. Parece que ambos cometimos errores de cálculo al firmar ese contrato.
Isaías extendió la mano y, con una lentitud deliberada, rozó con las yemas de sus dedos el lóbulo de su oreja, un gesto tan íntimo y osado que hizo contener la respiración a la habitación entera. Verónica sintió un escalofrío recorrerle la columna, pero mantuvo la mirada fija en sus ojos oscuros, negándose a mostrar vulnerabilidad.
—No fue un error de cálculo, Verónica —murmuró Isaías, acercándose tanto que ella podía sentir el calor de su aliento—. Fue la mejor jugada de mi vida. Pero la guerra contra los Benítez apenas comienza. Mañana mismo publicaremos la absorción legal de los activos menores de su inmobiliaria bajo el paraguas del conglomerado. Los dejaremos en la ruina absoluta antes de que sepan qué los atropelló.
Verónica asintió lentamente, sintiendo que el fuego de la venganza y el magnetismo abrumador de su nuevo esposo comenzaban a fundirse en una combinación explosiva.
—Déjales los restos a mí —respondió ella con una promesa mortal en los labios—. Quiero ver la cara que pondrán cuando descubran quién los destruyó.