Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.
Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.
Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.
Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.
Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.
Pero ya es demasiado tarde.
Seraf ha decidido llevársela a casa.
La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lazos que no se rompen
Pasaron las semanas y la vida de Estrella tomó un ritmo distinto, extraño y difícil de nombrar. Ya no temblaba cada vez que él entraba en la habitación; al contrario, aprendió a esperarlo, a reconocer su paso entre todos los demás, a saber cuándo estaba cerca sin necesidad de verlo. Seguía siendo su concubina, sin derechos reconocidos más allá de lo que él decidiera darle, y todos en el palacio lo sabían perfectamente: estaba allí por él, para él, y nadie osaba tocarla ni mirarla con falta de respeto.
Serafín no la escondía, pero tampoco la exhibía como un trofeo vacío. La llevaba consigo cuando viajaba por los dominios de su padre, la hacía sentar cerca cuando recibía informes o planeaba estrategias, le explicaba cómo funcionaba el mundo que gobernaban fuego y voluntad, sin ocultarle la crueldad que a veces hacía falta para mantener el orden. Y ella escuchaba, aprendía, callaba cuando debía y empezaba a preguntar cuando él se lo permitía. Veía su mente afilada, cómo se adelantaba a cada trampa, cómo doblaba a su voluntad a quienes creían ser más listos… y comprendía por qué sus padres confiaban tanto en él pese a su apariencia ligera y despreocupada.
Una noche lluviosa, mientras el viento golpeaba fuerte contra los cristales altos, Estrella lo observaba mientras él permanecía pensativo junto a la ventana. Se atrevió a acercarse despacio, hasta quedar justo detrás suyo.
—¿Algún día —preguntó muy bajito— te arrepentirás de haberme traído aquí? ¿De haber tomado justo a mí, entre tantas?
Serafín se giró despacio hacia ella, la tomó por los hombros y la miró a los ojos con esa intensidad que la dejaba sin aire.
—Jamás —respondió con firmeza absoluta—. Ellos me enseñaron a no dejar cabos sueltos, a cortar cualquier amenaza antes de que crezca. Tú eras la mayor que el destino había puesto en mi camino. Y en lugar de cortarte… te tomé para mí. Hice de mi amenaza mi mayor fuerza. ¿Crees que eso es suerte? No, Estrella. Es decisión. Es elección. Te elegí a ti.
Ella bajó la mirada, con el pecho lleno de emociones que ya no podía ordenar.
—Pero sigo siendo lo que soy… —susurró—. La que nació para terminar contigo.
Él levantó su barbilla suavemente con un dedo, obligándola a sostenerle la mirada.
—Entonces cambia tu destino —dijo con voz profunda y segura—. Que tu existencia ya no sirva para destruirme, sino para sostenerme. Que tu poder no se levante contra mí, sino a mi lado. Eres luz… pues aprende a arder con mi fuego. Nadie es solo lo que otros dicen que debe ser. Ni yo, ni tú.
Estrella sintió lágrimas calientes brotarle, pero esta vez no eran solo de miedo ni de tristeza. Algo nuevo crecía en su interior: la certeza de que él no quería apagarla, sino transformarla. De que bajo todas sus cadenas, él también le estaba dando algo que nadie nunca le dio: un lugar propio. Un lugar junto a él.
—¿Y si no puedo? —preguntó con voz temblorosa.
Serafín la atrajo hacia sí, envolviéndola en su calor, en esa fuerza que ya conocía tan bien.
—Ya empezaste —murmuró contra su cabello—. Ya no eres solo la novicia que borraron de una lista. Eres la mujer que se atrevió a estar aquí. Conmigo. Eso ya es más de lo que cualquier profecía jamás imaginó.
Fuera tronaba y llovía fuerte, pero allí dentro solo quedaban ellos dos, unidos por promesas que no estaban escritas en pergaminos sagrados, sino en la piel, en la sangre y en un vínculo que cada día se hacía más fuerte, más difícil de cortar. Ni cielo ni templo podrían haber previsto esto: que la espada forjada para matar terminaría siendo el refugio más firme de quien estaba destinado a caer por ella.