«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 7: El despertar de la Reina
El primer amanecer oficial como la señora Cross no trajo consigo la paz, sino una pesada y electrizante certidumbre. Cuando Dayana despertó en la inmensidad de la cama king-size del ala este, le tomó unos segundos recordar dónde estaba. El aroma a sábanas nuevas de algodón egipcio y la absoluta ausencia de ruido la devolvieron a la realidad. Ya no estaba en la residencia de su padre, donde los gritos de su madrastra o las sutiles humillaciones de Vanessa marcaban el ritmo de las mañanas. Tampoco estaba en el departamento de Richard, esperando una llamada que siempre se posponía por "asuntos de negocios".
Estaba en la fortaleza del hombre más poderoso del país. Y, ante los ojos del mundo, ella ahora compartía ese poder.
Se vistió con una bata de seda ligera y caminó hacia el ventanal. Abajo, los jardineros podaban los arbustos con una precisión milimétrica. Todo en la vida de Nolan Cross parecía estar bajo un control absoluto, casi dictatorial. Las palabras de advertencia de Nolan de la noche anterior aún resonaban en su mente:
«Descubrirás que puedo ser mucho más despiadado que los enemigos de los que estás huyendo».
Dayana apretó los labios. No le temía. El miedo era un lujo que había agotado por completo la noche en que descubrió la traición en la habitación de huéspedes.
A las nueve en punto, un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. No era una de las sirvientas encargadas del desayuno, sino Sebastián, cuya eficiencia parecía desafiar las leyes del descanso humano.
—Buenos días, señora Cross —saludó el asistente con una impecable inclinación de cabeza— El señor Cross se retiró a la torre corporativa a las seis de la mañana para una junta de emergencia con los inversores extranjeros. Sin embargo, dejó instrucciones específicas para su día.
—¿Instrucciones? —preguntó Dayana, arqueando una ceja.
—El mundo de la alta sociedad es un nido de víboras, señora. Mañana por la noche es la gala benéfica de la Fundación Alden, y la prensa estará buscando cualquier debilidad en usted para cuestionar la legitimidad de este matrimonio repentino. El señor Cross no permite fisuras en su imagen. Por lo tanto, ha contratado a los mejores especialistas del país. Ya están esperando en el salón privado del ala este.
Antes de que Dayana pudiera asimilar las palabras de Sebastián, las grandes puertas dobles del salón contiguo se abrieron. Un pequeño ejército de profesionales entró en perfecta sincronía. Al frente iba una mujer de mediana edad, de postura aristocrática, vestida con un riguroso traje sastre negro y con el cabello recogido en un moño perfecto.
—Señora Cross, es un honor. Soy Jeanine, directora de estilismo e imagen de la firma de lujo Vanguard —dijo la mujer, analizándola con una mirada clínica que iba desde las puntas de su cabello hasta la postura de sus hombros— El señor Cross fue muy claro en sus exigencias. No buscamos una novia trofeo convencional. El apellido Cross exige sofisticación, peligro y una autoridad indiscutible. Menos es más, pero ese "menos" debe costar una fortuna.
Dayana observó los percheros móviles que entraban detrás de Jeanine, cargados de vestidos de noche, trajes ejecutivos de cortes asimétricos, abrigos de cachemira y cajas de joyería fina que destellaban bajo la luz. Detrás de ellos, los maquilladores y estilistas comenzaban a desplegar sus herramientas sobre los tocadores de mármol.
Durante las siguientes cuatro horas, Dayana se sometió a un proceso que distaba mucho de ser una simple sesión de belleza; era una demolición y reconstrucción de su identidad pública.
Mientras Jeanine evaluaba los tonos de su piel y la estructura de sus pómulos, Dayana no pudo evitar recordar cómo solía arreglarse en el pasado. Richard siempre le pedía que usara colores pasteles, vestidos sueltos y discretos. "Te ves más dulce y hogareña así, Dayana", le decía con tono condescendiente. Su padre, influenciado por su madrastra, siempre le sugería no llamar demasiado la atención en las reuniones de la empresa para no opacar el "brillo natural" de Vanessa. Durante años, Dayana se había mimetizado con el fondo, creyendo que la sumisión era sinónimo de elegancia y respeto.
—Tu cabello tiene una caída natural hermosa, pero el corte actual es demasiado... pasivo —sentenció el estilista principal, un hombre de manos ágiles y mirada severa— Necesitamos líneas rectas. Algo que enmarque tu rostro y endurezca tu mirada sin perder la feminidad. ¿Estás de acuerdo?
Dayana miró su reflejo en el espejo. Vio a la mujer que había sido pisoteada, la mujer que se suponía que hoy estaría llorando por esquinas oscuras mientras Richard se quedaba con su herencia.
—Haz lo que tengas que hacer —respondió Dayana con voz firme— No quiero volver a ver a esa mujer débil nunca más.
El sonido de las tijeras cortando las largas capas de su cabello castaño se sintió como la liberación de unas cadenas invisibles. El estilista transformó su melena en un corte bob asimétrico, pulido y moderno, que rozaba la línea de su mandíbula con una precisión geométrica. El color fue intensificado a un castaño oscuro profundo, casi obsidiana, que hacía un contraste dramático con la palidez de su piel.
Luego vino el maquillaje. Jeanine ordenó eliminar los tonos rosados e inocentes. En su lugar, aplicaron una base impecable que esculpía sus facciones, un delineado felino y sutil en los ojos que acentuaba la determinación de su mirada, y unos labios pintados de un rojo quemado, el color de la sangre seca, elegante pero letal.
Finalmente, llegó el momento de elegir el atuendo para su primer día oficial en la mansión. Jeanine seleccionó un conjunto de dos piezas: un pantalón de talle alto y un saco estructurado con hombreras marcadas en color verde esmeralda profundo, combinado con una blusa de cuello alto de seda negra.
Dayana entró al probador. Al deslizar las prendas sobre su cuerpo, sintió el peso de la alta costura. La tela se adaptaba a su figura como una armadura hecha a medida. Se colocó los zapatos de tacón de aguja negros y, de manera inconsciente, enderezó la columna.
Cuando abrió las puertas del probador, el salón quedó en absoluto silencio. Los estilistas, acostumbrados a trabajar con las modelos y herederas más exigentes del país, la miraron con genuino asombro. Jeanine esbozó una sonrisa de profunda satisfacción y dio un paso atrás, señalando el gran espejo de cuerpo entero que dominaba la habitación.
Dayana caminó hacia el cristal con paso lento y seguro. El eco de sus tacones contra el suelo ya no sonaba tímido; sonaba como una advertencia.
Al verse al espejo, Dayana ya no es la víctima; ahora tiene el porte de una verdadera Cross. La mirada deshecha y los hombros caídos del día anterior habían desaparecido por completo. En su lugar, el reflejo le devolvía a una mujer de una belleza fría, magnética y peligrosa. Sus ojos castaños, ahora enmarcados por líneas duras, brillaban con una confianza calculadora, y el apellido Cross parecía gravado no solo en el anillo de platino de su mano, sino en cada facción de su nuevo ser. Richard y Vanessa habían creado un monstruo al traicionarla, y ese monstruo estaba listo para reclamar su reino.
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