Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.
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El mensaje entre bromas
El silencio en el pasillo pesaba más que cualquier estruendo. Victoria permanecía recostada contra la puerta cerrada, sintiendo el frío atravesar la madera hasta sus huesos. El arma seguía en su mano, una prueba más de su propia impotencia. Miró la pantalla: los números rojos seguían avanzando sin detenerse.
05:38:21.
Cinco horas y media… ¿para borrar todo rastro de Industrias Hale o para devolverle a la luz lo que su padre ocultó durante años? Aquello llamado “Cable Azul” no podía ser suerte: era una marca clara, dejada deliberadamente en lo más profundo de los sistemas ajenos. Y luego estaba él: aquel hombre que parecía vivir ajeno a todo peligro, aunque una sola mirada suya bastaba para demostrar que sabía mucho más de lo que decía.
Escondió el arma bien sujeta en su cinturón y caminó hacia su despacho. Necesitaba saber la verdad antes de que se le acabara el tiempo. Marcus ya la esperaba en la línea apenas ella tomó asiento frente a sus pantallas llenas de caída de valores y alertas urgentes.
—Dime algo que valga la pena —pidió con voz firme pero tensa.
—Todo se descontrola, jefa. Miller cae, pero no solo cae: vacían cuentas, roban datos, dejan todo en ruinas… y algo peor ocurre: alguien aprovecha para debilitar también nuestra empresa desde adentro. Y la junta directiva está segura de que fuiste tú quien usó secretos antiguos para quedarse con todo el poder. Te culpan de todo lo malo que pasa.
Victoria apretó los puños con fuerza. Sabía perfecto lo que eso significaba: si ellos decidían así, quedaría destruida legalmente, despojada de todo lo que defendía. Pero lo que realmente le helaba la sangre era otra certeza: solo muy pocas personas conocían lo suficiente para hacer algo semejante. Y su mente volvía siempre al mismo hombre.
—Prepara el coche —ordenó—. Voy a la sede central ya mismo.
—¿Y qué hacemos con él… con Adrian? —dudó Marcus—. Dicen que hasta el último momento Miller repetía algo sobre “ese tonto que siempre tiene suerte”.
Victoria se quedó helada un instante.
—Déjalo aquí —decidió al fin—. Que no salga de su cuarto. Que nadie le dé acceso a nada importante.
Regresó decidida a ponerle límites claros, pero al abrir la puerta se detuvo totalmente: Adrian seguía sentado en la cama, forcejeando con obstinación contra un calcetín a rayas que se resistía a entrar en su pie.
—¡Por fin te veo! —se quejó muy serio—. Este salió defectuoso. Me estafaron. Tengo que reclamar ya mismo, es cuestión de honor.
Victoria lo miró sin saber qué pensar: ¿quién escondía al genio capaz de mover imperios enteros entre esas bromas eternas? ¿O acaso todo eran coincidencias demasiado extrañas para creer? No lograba descartar ninguna posibilidad.
—Escúchame bien —le advirtió tajante—: me voy. Quédate aquí. Si te descubren metido en problemas que no son de calcetines, lo pagarás caro. ¿Claro?
—Claro, jefa —levantó ambas manos rendido—. Aquí sigo mejorando mi calzado. Y si ves a Marcus, recuérdale los diez dólares que perdió en nuestra apuesta: no se escapa tan fácil.
Salió de golpe, sin tiempo para dudar más. Ya en la empresa, el caos era total: gente corriendo, gritos, pantallas que cambiaban de color con cada noticia nueva. Los directivos exigían explicaciones que nadie tenía.
—¡Tú empezaste todo esto! —le gritaron—. ¡Nos destruyes a todos con tus trucos ocultos!
Victoria se mantuvo firme frente a ellos.
—Miller cayó por sus propios delitos —respondió alta y clara—. Yo no ordené nada parecido, pero tampoco lloraré por él. Ahora trabajen para salvar lo que queda.
—No basta —le mostraron nuevas alarmas—: ahora atacan también a nosotros. Nos vacían igual. Si no lo detenemos, desaparecemos igual que él.
En la pantalla apareció el mismo contador: 04:12:05. La misma cuenta atrás. Lo que destruyó a Miller fue solo el principio. Una voz distorsionada apareció de golpe en todos los monitores: exigían revelar la verdad sobre algo llamado Proyecto Icarus o borrarían todo rastro de la empresa. Nadie entendía cómo conocían secretos tan antiguos… ni quién se atrevía a imponer condiciones así.
Entonces recibió un mensaje sin remitente conocido: “El Cable Azul no destruye puertas, descubre quién trata de cerrarlas a la verdad. Busca en el servidor secundario menos vigilado.” Firmado solo con una letra A.
Sin dudarlo fue hasta allí: encontró el agujero, intentó bloquearlo… hasta que probó una contraseña que parecía broma y funcionó perfecto. El peligro se frenó un poco, pero no terminó: solo ganaba tiempo, nada más. Alguien le abrió paso, como quien le tiende una mano entre las sombras.
Volvió corriendo a casa. Lo encontró tranquilo, viendo televisión y comiendo helado como si nada pasara en el mundo entero.
—Fuiste tú quien me ayudó —dijo ella directamente.
—¿Yo? —fingió sorpresa absoluta—. ¿Me perdí algo interesante? ¿Encontraste mi calcetín perdido?
—Alguien sabía exactamente dónde ayudarme —lo tomó por la ropa—. Alguien me dio una clave que solo tú podrías adivinar.
—Pues hay mucha gente rara por ahí —sonrió sin cambiar su cara inocente—, quizá también les gustan los antojos dulces.
Iba a reclamar más cuando él cambió de tono muy leve:
—Te culparán a ti de todo lo malo que hagan otros. Prepárate.
—¿Quién hace todo esto? —preguntó ella esperando respuesta clara.
—Gente que cree que las reglas solo valen para los demás —dijo señalando su correo recién llegado.
Lo abrió temblando: una invitación secreta… con la foto de su padre adjunta. Le pedían ir sola para conocer toda la verdad. Al levantar la vista, por un instante Adrian no fingió nada: serio, decidido, con una mirada que lo decía todo sin palabras… y volvió enseguida a su apariencia tranquila.
—¿Pedimos esa pizza que tanto se retrasa o qué? —preguntó como si nada.
Victoria ya no respondió. Comenzaba a entender: nadie jugaba solo aquí. Cada detalle, cada broma, cada calcetín extraño… todo tenía sentido propio. Miró aquel que quedó tirado en el suelo: una luz pequeña brillaba azul en su interior, débil pero clara. Una señal esperando que ella también decidiera su siguiente paso.