Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.
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El aliado que cuenta cada palabra
Llegó recomendado por nadie, pero aceptado por todos: Battista, hombre de modales suaves, manos siempre limpias, memoria prodigiosa y una disposición para servir que parecía no conocer descanso. Apareció justo después del fracaso del último chantaje: se ofreció a organizar archivos, ordenar cuentas, recibir mensajes, vigilar las entradas… todo lo que Tony necesitaba. Nadie dudaba de él: era servicial, discreto, siempre en el lugar justo antes de que lo pidieras.
—Señora —dijo Giulia en voz baja, mirándolo ordenar cartas al otro lado del salón—: hace todo perfecto. Demasiado perfecto. Nunca se equivoca. Nunca se queja. Nunca se va antes de tiempo. Y siempre está justo cuando hablamos de asuntos importantes.
Tony no apartó la vista del pergamino, pero sonrió levemente.
—Exacto. La perfección en palacios nunca es casualidad. Es entrenamiento. —Levantó la voz con suavidad—: Gracias, Battista. Mañana revisaremos las cuentas de las tierras del sur. Parecen dar muchas pérdidas… si es verdad lo que dicen los libros. Muy sospechoso. Tendré que ir yo misma pronto para verlo con mis ojos.
Lo dijo despacio, clara, como quien confía un secreto a quien le ayuda. Battista detuvo el movimiento apenas un instante —casi imperceptible—, asintió con respeto y se retiró sin añadir nada.
En cuanto la puerta cerró:
—¿Lo vio? —susurró Giulia—. Se quedó pegado a cada sílaba.
—Lo vi —respondió Tony—. Y ahora ya sabemos adónde envía sus noticias. Tierras del sur, supuestas pérdidas, viaje cercano… es la carnada más clara que existe. Si mañana o pasado mañana Raffaele, Lucrezia o los cuatro nobles empiezan a preparar algo por allá… tendremos la confirmación completa.
Durante los días siguientes, Tony siguió el juego:
- Decidía en voz alta que guardaba monedas viejas en el armario alto del ala oeste → nadie lo robó, pero esa misma noche dos personas merodearon por allá.
- Comentaba que le dolía la cabeza todas las tardes y tomaba siempre la misma infusión → descubrió que alguien la revisaba cada vez.
- Anunciaba una decisión nueva… y al día siguiente su familia ya la sabía al detalle, antes de que ella la comunicara oficialmente.
Un mediodía, Battista entró con una lista en la mano, amable y eficiente:
—Todo listo, señora. ¿Alguna indicación más para el viaje al sur? ¿Fechas exactas? ¿Cuántos acompañantes llevaremos?
Tony lo miró fijamente unos segundos, con esa calma que asusta más que el enojo:
—Te preocupas mucho por mis planes para ser solo quien organiza papeles, Battista. ¿Te pagan por ordenar o por contar?
El hombre palideció apenas, manteniendo la sonrisa forzada:
—Solo… solo quiero servirle bien, señora. Conocer los detalles ayuda a prepararse mejor.
—Claro —asintió Tony tranquila—. Sirves muy bien, sí. Tan bien que quienes te enviaron saben hasta qué plato suelo comer primero. Qué servicio tan completo. —Se inclinó un poco hacia él—: Diles esto de mi parte: la próxima vez que quieran saber algo… pregunten a la cara. Contratar espías torpes aburre. Y recuerda: cuando pasas todo lo que escuchas, también les entregas lo que yo decido que escuches. No eres tú quien nos vigila a nosotros. Somos nosotros quienes vemos hacia dónde vas tú.
Battista se quedó rígido, sin saber qué decir: no estaba despedido, no estaba golpeado… pero su juego estaba descubierto y ella lo usaba a su favor desde el primer momento.
—Sigue trabajando —le ordenó suavemente—. Sigue enviando tus informes. Solo asegúrate de copiar bien: cualquier dato falso que salga por tu culpa… lo cobras tú.
Cuando se marchó temblando de la habitación, Giulia soltó el aire:
—¿Lo dejamos ir así? ¿Sigues dejándolo dentro?
—Claro que sí —respondió Tony con una sonrisa astuta—: Si lo echo, mandan otro peor que no reconozca tan fácil. Mientras él cree que nos engaña… él es mi mensajero gratuito. Le doy lo que quieren escuchar, ellos caen en la trampa que armo… y todos piensan que van ganando hasta que se dan cuenta de que bailan mi canción. El mejor espía es el que el enemigo cree que trabaja solo para ellos.
Desde el balcón alto, entre sombras que nadie veía salvo quien sabía buscar:
—Usa su espía como correo propio —la voz profunda de Monteverdi sonó baja y apreciativa—. No se enoja. No pierde tiempo en castigar. Convierte la trampa ajena en su propia herramienta. Aprende más rápido que todos los que creen dominar el juego.
Tony cerró sus cuentas con calma.
«El aliado secreto siempre tiene dueño», pensó sin inquietarse—. «Lo bueno es saber quién es su dueño antes de firmar nada. Lo mejor… es escribir tú mismo las notas que debe llevar.»
Ya no solo defendía. Ya empezaba a tender trampas hechas de sus propias mentiras.