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MALA DESDE LA CUNA Esta Señorita Te Sorprenderá

MALA DESDE LA CUNA Esta Señorita Te Sorprenderá

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Lyanne Vesper siempre fue considerada la hija dócil de la poderosa Casa Vesper. Dulce, obediente y sin ambición. Una señorita incapaz de hacer daño. Pero todos estaban equivocados.

Lyanne no se volvió mala por culpa del mundo. Nació así. Desde niña aprendió a esconder sus colmillos detrás de una sonrisa inocente y a convertir las debilidades ajenas en armas.

Cuando el heredero Kaelen la toma como esposa mientras continúa obsesionado con Wynne, Lyanne comprende que el amor nunca será su moneda de cambio. Si no puede tener su corazón, tendrá algo mucho más valioso: el poder.

Entre intrigas, traiciones, venenos, guerras entre clanes y una lucha por el Trono de la Luna, Lyanne moverá cada pieza sin que nadie descubra quién está detrás.

Porque cuando todos creen estar jugando contra ella…

ya han perdido.

Y Lyanne solo sonríe.

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La batalla bajo la luna

La luna llena se alzó inmensa y pálida sobre la Ciudadela, tiñendo de plata las murallas de piedra y las puntas de las lanzas. El viento traía el olor a pino, a hierba seca… y a humo. Desde lo alto de la torre, vi las hogueras del ejército del Norte brillar en la llanura, como un millar de ojos rojos que nos observaban en la oscuridad.

—Se acercan —dijo Kaelen a mi lado, con la voz tensa—. Casi dos mil hombres. Nosotros apenas tenemos ochocientos defensores dentro de las murallas.

—La ventaja no está en los números —respondí sin apartar la vista del horizonte—. Está en por qué luchan. Ellos luchan por botín y venganza. Nosotros luchamos por nuestro hogar. Por nuestro hijo. Eso pesa más que cualquier espada.

Cuando el alba empezó a blanquear el cielo, la puerta principal del enemigo se abrió. Y allí estaba ella. Wynne, montada sobre un caballo negro, con una armadura de cuero y hierro, el cabello suelto ondeando al viento. No llevaba corona, pero llevaba algo peor: el rostro endurecido por años de odio, los ojos encendidos de furia. Al verla, Kaelen contuvo el aliento.

—¡Kaelen! —gritó ella con voz potente, que llegó hasta lo alto de las murallas—. ¡Sal y enfréntame! ¡Devuélveme lo que me robaste! ¡Devuélveme mi lugar!

Kaelen dio un paso hacia la escalera, pero lo detuve poniéndole una mano en el brazo.

—No —le dije, mirándolo a los ojos—. Esta batalla es mía. Ella no vino por ti. Vino por mí. Déjame bajar.

—Es peligroso —susurró él—. Ella te mataría sin dudarlo.

—Entonces muero defendiendo lo que es mío —respondí con firmeza—. O gano y protejo a mi hijo. No hay otra opción.

Bajé las escaleras de la torre con paso firme. Las puertas principales se abrieron lentamente y salí al encuentro de su ejército, sola, sin espada, sin escudo, solo con mi manto al viento y la cabeza alta. Me detuve a unos pasos de ella.

—Lyanne —escupió mi nombre como si fuera veneno—. Pensé que te esconderías detrás de las piedras. Que tendrías miedo.

—No tengo miedo de ti, Wynne —dije con calma—. Tu odio es grande, pero es vacío. No tienes nada que no sea rencor. Y el rencor no alimenta a un pueblo ni sostiene un trono.

—¡Me robaste todo! —gritó ella, con los ojos llenos de lágrimas de rabia—. ¡Me robó a él! ¡Me robó mi hijo! ¡Me robó mi vida!

—Nada te robé —la corregí con voz severa—. Tú te fuiste cuando elegiste tu orgullo. Tu hijo se perdió por la debilidad de tu cuerpo, no por mi mano. Y él… él nunca fue tuyo. Fue un capricho. Y los caprichos no sostienen reinos.

—¡Mentira! —Desenvainó su espada y la apuntó hacia mí—. ¡Te mataré! ¡Y luego mataré a tu hijo! ¡Y luego lo reconstruiré todo como debió ser!

—¿Matar a un niño? —bajé la voz, y mi mirada se volvió fría como el hielo—. Esa es la diferencia entre nosotras. Yo mataría por el mío. Tú matarías al de otra para satisfacer tu dolor. Y ese es el motivo por el que nunca podrás reinar. Porque una reina protege a los inocentes. No los destruye.

Wynne lanzó un grito y cargó contra mí con la espada en alto. Yo no tenía arma, pero no retrocedí. En el último segundo, una figura se interpuso entre nosotras. Kaelen. Había bajado corriendo, y al verla atacarme, no lo pensó. La espada de Wynne lo golpeó en el hombro, pero él la desarmó de un empujón fuerte. Ella cayó al suelo, aturdida. Los guerreros del Norte dieron un paso adelante, pero él levantó la mano, sangrando, y gritó con voz de trueno:

—¡ALTO! —Todos se detuvieron—. ¡Escuchadme todos! Ella no os trae reino. Os trae solo venganza y muerte. Yo soy vuestro rey. Y esta es mi reina. Quien quiera entrar, que pase por encima de mí. Pero sabedlo: si derramáis sangre hoy, no será por justicia. Será por el capricho de una mujer que perdió su camino hace mucho tiempo.

Wynne se puso de pie, temblando, mirándolo a él, luego a mí. Vio que él no la miraba con amor. La miraba con tristeza. Con lástima. Y esa lástima fue más dolorosa que cualquier espada.

—¿Por ella? —susurró ella, con la voz quebrada—. ¿Después de todo… la eliges a ella?

—No la elijo a ella —respondió él suavemente—. Elijo la paz. Elijo mi deber. Elijo al hijo que criamos juntos. Tú… tú elegiste la guerra hace tres años. Y la guerra te ha consumido. Mírate, Wynne. ¿En qué te has convertido?

Ella miró sus manos, manchadas de polvo y hierro. Miró a su ejército, esperando una orden que no sabía si dar. Miró la Ciudadela, y por primera vez en años, no vio un trono. Vio una casa. Una casa que ya no era suya.

—Puedo matarlos a ambos —dijo, pero su voz ya no tenía fuerza.

—Puedes —respondí yo, dando un paso hacia ella—. Pero no lo harás. Porque en el fondo, no eres mala. Estás herida. Y el dolor te ha cegado. Pero no tienes que seguir así. Deja la espada. Vete. Y te dejaré ir. Sin perseguirte. Sin rencor. Pero no vuelvas. Porque aquí ya no hay lugar para ti.

Wynne nos miró una última vez. A él, a mí, a las murallas, al sol que empezaba a iluminarlo todo. Y lentamente, con manos temblorosas, soltó la empuñadura de la espada. Cayó al suelo con un sonido metálico y pesado.

—Me ganaste —susurró, sin mirarme—. No con espadas. Con paciencia. Con todo lo que yo no pude ser. Que seas feliz con tu corona, Lyanne. Pero recuerda: pesa. Y algún día… te dolerá llevarla.

Se dio la vuelta y caminó hacia su caballo. Subió sin mirar atrás. Dio la orden de retirada. Y el ejército del Norte, confundido pero sin líder, empezó a marcharse, perdiéndose entre los árboles, como una niebla que se disipa al llegar el día.

 

EPÍLOGO — La reina y su verdad

Pasaron los años. Kaelen sanó de su herida. Gobernamos juntos, con respeto y lealtad, aunque nunca hubo entre nosotros ese amor arrollador que él sintió por ella. Hubo algo mejor: confianza. Alianza. Una familia que construimos día a día, piedra sobre piedra, palabra sobre palabra.

Elian creció fuerte y justo. Llevaba mi nombre y mi fuerza, pero también la bondad que aprendió de su padre. Cuando cumplió dieciséis años, todos en el reino lo amaban, y nadie dudó de que sería un gran rey.

La anciana Alfa Mara vivió lo suficiente para verlo crecer, y antes de morir, me dijo: “Lo hiciste bien. No siendo buena. Siendo necesaria. Eso es lo que hace una reina.”

Una tarde, ya con canas en el cabello y arrugas en las manos que sostuvieron el trono durante décadas, subí a la torre más alta. Miré hacia el norte, hacia el camino por donde ella se fue. Nadie supo nunca si Wynne siguió viva. Nadie volvió a verla. Pero su recuerdo quedó, como una sombra suave, no de odio, sino de lección.

Kaelen se acercó y puso una mano sobre mi hombro.

—¿Piensas en ella? —preguntó suavemente.

—A veces —respondí con honestidad—. Pienso en lo que pudo ser. En cómo el dolor puede transformar a una persona. Pero no lamento lo que hice. No lamento lo que elegí.

—Fuiste dura —dijo él—. Fuiste implacable. Muchos te llamaron malvada.

—Sí —respondí, mirándolo a los ojos—. Mala desde la cuna, como ella dijo. Pero dime, esposo mío: ¿quién de los dos protegió este reino? ¿Quién dio un heredero fuerte? ¿Quién mantuvo la paz cuando todo se caía a pedazos?

Él sonrió, una sonrisa tranquila, la de quien finalmente ha entendido todo.

—Tú. Siempre tú.

Me abrazó, y por primera vez en nuestra vida juntos, ese abrazo no fue de deber. Fue de amor. Tardío, sí. Pero verdadero. Porque al final, no fue la belleza ni la pasión lo que nos unió. Fue haber sobrevivido juntos a la tormenta. Fue haber construido algo más grande que nosotros mismos.

Miré hacia el horizonte, donde el sol se ponía tiñendo de oro las torres de mi Ciudadela. Y supe que no me arrepentía de nada. Si volviera a nacer, si volviera a ser esa niña a la que todo le negaron… volvería a hacer exactamente lo mismo. Porque el mundo no le da nada a quien espera que se lo den. Se lo toma. Con las manos, con el corazón, con la vida entera.

—Soy mala desde la cuna —susurré al viento, con una sonrisa serena—. Y gracias a eso… mi pueblo vive en paz.

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Cecilia Rodriguez
bonita novela, gracias por escribirla y compartirla 🌷🌷🌷
EspirituCreativo: Gracias lectora me encanta que te guste...
total 1 replies
Vanessa Ibáñez Fernández
perdieron el primer que??
Vanessa Ibáñez Fernández
no entinedo porque hace un diario, eso no sería como dejar una evidente evidencia??
EspirituCreativo: Jeje lectora
total 3 replies
Ingrid Perez
Felicidades una historia muy bonita de enseñanza gracias te deseo muchísimas bendiciones 🤗😘
EspirituCreativo: Gracias lectora
total 1 replies
🥰Paty💕 💖
tengo una duda,si en la noche de bodas el no fue a verla como quedó embarazada porque claramente ella dijo que fue en su noche de bodas pero en el capítulo de la noche de bodas se dijo que el fue directo con la amante y no fue con ella ,podría ser tan amable de sacarme la duda ☺️
🥰Paty💕 💖: muchas gracias 🥰por aclarar mis dudas 🥰eres muy buena escritora 👏
total 2 replies
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