Camila Hale murió sola, enferma y despreciada por la familia que jamás la reconoció como una verdadera Hale. Pero tres meses después, despierta con un cuerpo sano y una segunda oportunidad que nadie podrá arrebatarle. Lo que no esperaba era ser enterrada viva nuevamente por aquellos que creían haberla eliminado para siempre.
Ahora Camila ha regresado distinta. Ya no teme a la muerte y está decidida a descubrir quién la asesinó y por qué. Mientras enfrenta a su cruel hermano Alexander, a su padre Félix y a la manipuladora Úrsula Vance, descubre un secreto mucho más peligroso: los Hale pertenecen a una organización conocida como el Escorpión Rojo.
Cuando el comandante Mark Ruan aparece en su vida, Camila encuentra un inesperado aliado… y quizá algo más.
Entre conspiraciones, traiciones y enemigos ocultos, deberá luchar para salvarse, destruir para siempre la red y cambiar el destino de un país entero.
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Alexander Hale — El guerrero que se destrozó a sí mismo
El llanto de Bianca apenas se apagó cuando el juez dirigió la mirada hacia el último banquillo del lado izquierdo. Allí estaba Alexander Hale, con la cabeza gacha, los puños apretados hasta que los nudillos estaban blancos, el pecho subiendo y bajando con dificultad. No gritó antes de escuchar. No suplicó. Sabía lo que venía. Lo merecía. Y lo peor era que lo aceptaba.
—Alexander Hale. Se le declara culpable de pertenencia a organización criminal, encubrimiento de delitos graves, complicidad y silencio ante crímenes cometidos contra su propia hermana. Se le condena a QUINCE AÑOS DE PRISIÓN. Se le inhabilita de por vida para portar armas, competir en cualquier disciplina deportiva o militar, y ejercer cargos de autoridad. Su carrera termina hoy. Su nombre queda manchado para siempre. No hay apelación.
Por un instante, reinó un silencio sepulcral. Luego, Alexander soltó un grito que no fue de rabia, sino de un dolor tan profundo que parecía rasgarle el pecho por dentro:
—¡AAAAAAHHHHHH! ¡SÍ! ¡LO MEREZCO! ¡LO MERECZCO MIL VECES! —Golpeó su propio pecho con el puño derecho con toda su fuerza, ¡JAH! ¡tan fuerte que el sonido retumbó en toda la sala— ¡SOY UN COBARDE! ¡UN CIEGO! ¡UN ASESINO DE MI PROPIA SANGRE! ¡GOLPEA AQUÍ, DUELE MENOS QUE LO QUE LLEVO POR DENTRO! ¡JAH! ¡JAH! ¡JAH!
Se golpeó la cara, una y otra vez, sin contenerse, sin mirar a nadie, con lágrimas cayendo a borbotones por sus mejillas, lavando el rostro endurecido del guerrero que creyó ser:
—¡MÍRENME! ¡MÍRENME BIEN! ¡EL HIJO PERFECTO! ¡EL GUERRERO DE HIERRO! ¡EL ORGULLO DE LA FAMILIA! ¡UNA MIERDA SOY! ¡UNA PODREDUMBRE QUE DEBIÓ CAER HACE AÑOS! ¡DEJÉ MORIR A MI HERMANA! ¡YO LA DEJÉ MORIR! ¡YO QUE PODÍA HABERLA PROTEGIDO! ¡YO QUE ERA EL FUERTE! ¡FUI EL MÁS DÉBIL DE TODOS! ¡JAH! ¡JAH! ¡JAH! —Los golpes caían sobre él, secos, brutales, sin piedad, la sangre empezando a brotar de su nariz y labios— ¡ME ODIEN! ¡ESCUCHAN! ¡ODIENME! ¡MEREZCO QUE ME ODIEN TANTO COMO YO ME ODIO A MÍ MISMO! ¡SOY UN MONSTRUO! ¡UN COBARDE! ¡UN TRAIDOR A MI SANGRE!
—Alexander —dijo Camila, su voz baja pero firme, cortando entre sus golpes—. Deja de golpearte. No borra nada.
Él levantó la vista de golpe, los ojos inyectados en sangre y lágrimas, y soltó una risa amarga, desgarradora, que heló el alma de todos los presentes:
—¡¿QUE DEJE?! ¡¿CÓMO QUIERES QUE DEJE?! ¡TÚ ESTÁS VIVA GRACIAS A QUE LUCHASTE! ¡YO ESTOY AQUÍ PORQUE NO HICE NADA! ¡ME QUEDÉ PARADO Y LA DEJÉ MORIR! ¡A TI! ¡MI HERMANA! ¡LA QUE ME MIRABA Y SONREÍA CUANDO ÉRAMOS PEQUEÑOS! ¡LA QUE ME DECÍA QUE YO ERA SU HÉROE! ¡JAJAJAJA! ¡QUÉ HÉROE! ¡DEJÉ QUE SE MUERIERA DE TOS EN UNA HABITACIÓN HELADA! ¡Y YO ENTRENABA! ¡COMÍA! ¡VIVÍA MI VIDA PERFECTA MIENTRAS TÚ TE IBAS APAGANDO COMO UNA VELA! ¡PUDRIDO! ¡SOY PUDRIDO HASTA LOS HUESOS! ¡JAH! ¡JAH! ¡JAH! —Se golpeó la cabeza contra el cristal, una y otra vez, ¡THUD! ¡THUD! ¡THUD!— ¡CABEZÓN DE MIERDA! ¡CIEGO DE MIERDA! ¡POR QUÉ NO LO VI ANTES! ¡POR QUÉ NO TE PROTEGÍ! ¡LO SIENTO! ¡LO SIENTO CON TODA MI ALMA, CAMILA! ¡PERO ES TARDE! ¡LO SÉ! ¡ES TARDE DEMASIADO! ¡NUNCA ME PERDONARÁS Y TIENES RAZÓN! ¡NO MERESCO PERDÓN! ¡NO MERESCO NADA MÁS QUE DOLOR! ¡MÁS DOLOR! ¡MÁS!
—El arrepentimiento no te absuelve —respondió Camila, con una tristeza infinita en la voz—. Pero tampoco voy a gozar de tu dolor. Tú te condenaste solo. No yo.
—¡NO! ¡TÚ NO ENTIENDES! —gritó él, desesperado, acercándose al cristal, las manos abiertas, sangrando, suplicando— ¡ELLOS ME ENVENENARON DESDE NIÑO! ¡ME DIJERON QUE ERAS UNA MANCHA! ¡QUE SI TE DEFENDÍA ERA TRAIDOR! ¡QUE LA DEBILIDAD ERA UN PECADO! ¡QUE EL AMOR ERA PARA LOS DÉBILES! ¡ME CONVIRTIERON EN UNA MÁQUINA SIN CORAZÓN! ¡Y CUANDO ME DI CUENTA… YA TE HABÍA PERDIDO! ¡PERDÍ LO ÚNICO BUENO QUE TENÍA EN MI VIDA! ¡MI HERMANA! ¡MI PEQUEÑA HERMANA! ¡Y FUE POR MI CULPA! ¡POR MI COBARDÍA! ¡AAAAAAHHHHH! ¡ME DESTRUYERON! ¡TODOS ME DESTRUYERON! ¡PAPÁ! ¡ÚRSULA! ¡ELLOS HICIERON DE MÍ UN MONSTRUO! ¡PERO YO… YO TAMBIÉN TENGO CULPA! ¡TENGO TODA LA CULPA! ¡JAH! ¡JAH! ¡JAH! ¡GOLPEA MÁS FUERTE, DIOS MÍO! ¡MEREZCO SANGRAR! ¡MEREZCO SENTIR LO QUE ELLA SINTIÓ! ¡TODO! ¡TODO! ¡TODO!
Se dejó caer de rodillas, el orgullo destrozado, la fuerza abandonándolo por completo. Lloraba como un niño que ha perdido todo, sollozos que le sacudían el cuerpo entero, roncos, desgarradores, llenos de una angustia que no cabía en su pecho:
—¡SOLO! ¡QUEDARÉ SOLO! ¡QUINCE AÑOS PARA PENSARLO TODO! ¡QUINCE AÑOS RECORDANDO CADA NOCHE QUE NO FUI A BUSCARTE! ¡CADA NAVIDAD QUE NO TE INVITABA! ¡CADA VEZ QUE TE VI TOser Y SEGUÍ DE LARGO! ¡ME MATARÁ ALLÍ DENTRO! ¡LA CONCIENCIA ME MATARÁ ANTES QUE CUMPLA LA MITAD DE LA PENA! ¡LO SÉ! ¡Y ES JUSTO! ¡ES JUSTO QUE MUERA POCO A POCO! ¡PORQUE YO TE DEJÉ MORIR POCO A POCO! ¡IGUAL! ¡EXACTAMENTE IGUAL!
Levantó la vista hacia ella, con los ojos hinchados, la cara ensangrentada, y su voz salió como un susurro roto que partió el corazón de todos los presentes:
—¿Recuerdas… el día que caí del caballo y nadie vino? Tú me curaste. Me dijiste que sería fuerte. ¿Te acuerdas, Camila? Yo te prometí que siempre te protegería… y rompí mi promesa. Soy el hermano más miserable que existió jamás. No espero que me perdones. Solo… solo quiero que sepas que cada noche, mientras esté encerrado, pensaré en ti. Y odiaré al hombre que fui. Para siempre.
—Ese es tu castigo, Alexander —dijo Camila suavemente—. Vivir sabiendo que pudiste ser mi hermano y decidiste ser mi verdugo. No la prisión. Eso. Cada segundo de tu existencia.
Los guardias se acercaron. Él no opuso resistencia. Se dejó esposar, se dejó levantar, con la cabeza gacha, la sangre corriendo por su rostro, sin mirar a nadie más que a ella, una última mirada llena de un amor tardío y una culpa infinita:
—Adiós, hermana mía. Espero que tu vida sea todo lo que la mía fue una mentira. Y si algún día… en algún lugar… puedes perdonarme… aunque sea un poco… sabré que no fui del todo malo.
Empezó a caminar hacia la puerta, pero se detuvo un instante y gritó con toda la fuerza que le quedaba, con rabia contra sí mismo:
—¡Y QUE TODOS LO SEPAN! ¡YO FUI EL CULPABLE! ¡YO DEJÉ MORIR A LA MEJOR PERSONA DE ESA CASA! ¡YO! ¡YO! ¡YO! ¡TÓXICO! ¡LLENO DE MIEDO! ¡DEBIL! ¡MÍRENME! ¡ASÍ ERA EL GRAN ALEXANDER! ¡UN COBARDE! ¡JAJAJAJA! ¡QUÉ RISA! ¡QUÉ TRISTEZA! ¡ADIÓS, HERMANA! ¡VIVE BIEN! ¡VIVE POR LOS DOS! ¡PORQUE YO… YA NO PUEDO VIVIR POR MÍ MISMO! ¡NOOO! ¡AAAAHHHH!
La puerta se cerró tras él. Y esta vez, el silencio que quedó fue el más pesado de todos. Porque no había odio en él. Solo tragedia. Dos hermanos que pudieron ser todo y que la toxicidad de esa familia convirtió en extraños, en enemigos, en víctimas de un sistema enfermo que devoró al primero que cuestionó su orden.
Camila se quedó mirando la puerta mucho tiempo. No sintió triunfo. Sintió dolor. Dolor por lo que pudo ser y nunca fue. El guerrero más fuerte de la familia cayó no por una espada, sino por la verdad de su propia cobardía. Su castigo no eran los muros de la prisión: era que cada día, al despertar, sabría exactamente quién era… y cuánto perdió por serlo.
—Tercero —susurró, secándose una lágrima que se le escapó sin querer—. Solo queda él. El que empezó todo.
Giró lentamente hacia el último banquillo. Y allí, sentado en la oscuridad del rincón, esperando su sentencia final, estaba Félix Hale. El patriarca. El padre. El hombre que construyó todo ese infierno… y que ahora lo pagaría con cada segundo de su existencia.
Okey murieron juntos me imagino que de vejez de igual felicidades por tu historia gracias .🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹