Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 2
Capítulo 2: Qué poca vergüenza
Para mí, abrir los ojos esa mañana fue como un rayo que casi me parte en dos.
Haberme equivocado de cama ya era horror suficiente. Pero haberme equivocado con este hombre —al que ni el diablo se le atraviesa— era para morirse ahí mismo.
Y lo peor: encima yo era la que salía perdiendo, y ni derecho a reclamar tenía, porque anoche fui yo la que lo abrazó, la que se le echó encima creyendo que era otro. Nada más de acordarme me quería enterrar.
Su mirada seguía fija en un punto de mi cuerpo. Bajé la vista y descubrí que la sábana se había resbalado.
—¡Ay! —Me cubrí con los brazos y jalé la tela hasta la barbilla, tan rápido que se la arranqué a él.
Ahora yo tenía sábana. Él no. Y ciertas cosas quedaron demasiado a la vista. Cerré los ojos y me tapé la cara, no fuera a quedarme ciega.
Él ni se inmutó. Su calma me daba más miedo que cualquier grito.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, con esa voz grave que raspaba.
—¡Sofía Nieto! —solté, del puro susto.
—Sofía. —Repitió mi nombre despacio, saboreándolo—. Y anoche, ¿qué hacías en mi cama?
Eso me devolvió el genio de golpe.
—¿Cómo que en su cama? —Me le enderecé—. Esta habitación la reservé yo.
Frunció el ceño. Algo no le cuadraba. Sacó el celular, marcó, esperó. Nadie contestó. El ceño se le juntó más.
—Solo a Brenda Chávez se le ocurre no contestarle a su jefe —murmuró para sí mismo, entre dientes.
Yo no sabía quién era Brenda, pero por su cara alguien había metido la pata, y no era yo.
Se volvió hacia mí, otra vez de piedra.
—Te lo pongo fácil —dijo, como si me hiciera un favor—. Me gustaste. Ya eres mía, de todos modos. Quédate conmigo. Te pongo casa y te paso treinta mil al mes. ¿Cómo ves?
Lo miré con la boca abierta. No por la oferta. Por la naturalidad. Lo dijo como se pide un café, sin un gramo de emoción, a una mujer que había visto por primera vez hacía ocho horas.
—¿Qué? —logré decir—. ¿Me quiere… mantener?
—Si así lo quieres ver.
—No, gracias. —Me arrastré con la sábana a cuestas, buscando mi ropa, que seguía en el baño.
—¿Poco? —dijo a mi espalda—. Que sean cincuenta.
Me di la vuelta, ardiendo.
—Oiga, señor. Mejor yo lo mantengo a usted, ¿le parece?
No se ofendió. Al contrario, le brilló algo en los ojos.
—Órale. Mantenme tú. Total, nunca una mujer me ha gastado un peso. Eso sí, yo salgo barato: con que me des un peso al mes me conformo.
—¡Qué poca vergüenza! —se me escapó.
Me metí al baño hecha una furia, me vestí temblando y salí decidida a no darle el gusto de verme quebrada. Él ya estaba de pie junto a la ventana, abotonándose la camisa con una calma insultante. La luz de la mañana le suavizaba la cara dura, y por un segundo —lo confieso solo aquí— el desgraciado se veía guapo de una manera casi ofensiva.
—Una cosa. —Levanté la barbilla, juntando el poco orgullo que me quedaba—. Yo sé quién es usted. El de Grupo Godoy. Le advierto: lo de anoche, lo sabe el cielo, la tierra, usted y yo. Si se entera un tercero… soy pobre y no tengo nada que perder. Cuídese esa cabeza que trae sobre los hombros.
Amenacé como toda una valiente. Por dentro me temblaban hasta las rodillas —no sé si de anoche o del miedo—, pero no le iba a regalar mi susto.
Él metió las manos en los bolsillos y se rió. Bajito. Como si le hubiera hecho la gracia del día.
Qué remedio, pensé, dándome valor. Es rico, no es Dios. Fuera de su empresa, es un cualquiera como todos.
Ingenua. Otra vez.
Junté mis cosas y salí sin mirar atrás, con la frente en alto y las piernas de trapo. Llegué al ascensor, respiré por primera vez en horas… y las puertas se abrieron.
Del otro lado, sonriente, con una bolsa de pan en la mano y una muchacha de pelo corto colgada del brazo, estaba Kevin.
Mi Kevin.
—¡Sofi! —Su cara se iluminó, y luego se le torció apenas—. ¿Qué… qué haces saliendo de ahí?