Ximena firmó el divorcio sin decirle a Gael que estaba embarazada.
Se fue de Ciudad de México, cambió de vida y crió sola a sus gemelos.
Cuatro años después, vuelve. Gael la reconoce de inmediato, pero lo que no espera es ver a dos niños con sus mismos ojos.
Ahora él quiere recuperar a la mujer que dejó ir.
Y también la verdad que ella le ocultó.
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Capítulo 6
Capítulo 6
El chofer de los Alcázar esperaba frente al hospital.
Ximena acompañó a Gael hasta la entrada y sonrió con la cortesía justa.
—Gracias por venir a ver a mi abuelo.
En su cabeza añadió: ojalá no vuelvas.
Gael abrió la puerta del coche, pero no subió enseguida.
—Si necesitas algo, llámame. Aunque estemos divorciados, puedes verme como un amigo.
—Claro.
Ximena se despidió con un gesto y regresó al hospital.
Gael no le pidió al chofer que arrancara. Quería verla un segundo más, aunque fuera la espalda alejándose.
Entonces, por la otra entrada, apareció Hernán Valle con Santi y Sofi.
—¡Mamá! —gritaron los niños.
Ximena se agachó y los recibió con una sonrisa que Gael nunca le había visto.
Besó a Sofi, acomodó el cabello de Santi, les preguntó algo. Hernán caminaba detrás, cómodo, natural, como si perteneciera a esa escena.
Gael sintió que algo se le quebraba en el pecho.
Desde lejos, no podía oír. Pero la imagen era clara.
Una madre. Dos hijos. Un hombre a su lado.
Una familia.
El chofer lo miró por el retrovisor.
—Señor, ¿se siente bien?
Gael apartó la vista.
—A la oficina.
Esa noche volvió tarde a la residencia de Lomas. En la sala había visitas, risas y música suave.
Elisa Alcázar lo vio entrar.
—Gael, al fin. Lía te estuvo esperando.
Él tuvo que sentarse. Saludó a Lía con educación y se quedó callado. No tenía energía para fingir.
Lía intentó conversar, pero al notar el ambiente pesado se fue pronto.
Cuando la puerta se cerró, Fernando miró a su hijo.
—¿Problemas en la empresa?
—No.
—¿Entonces?
—Estoy cansado.
Subió sin decir más.
En la sala, Elisa suspiró.
—No entiendo a tu hijo. Lía viene seguido y él la trata como conocida. Antes decían que la quería.
—Tal vez nunca fue cierto —respondió Fernando.
—Pues no puede vivir solo para trabajar. Hay que buscarle pareja.
—Su primer matrimonio fue arreglado y terminó mal.
Elisa bajó la mirada.
—Ximena era una buena muchacha. La quise mucho.
—Don Ernesto está internado. Tal vez ella volvió.
—¿Y me lo dices hasta ahora? Mañana vamos a verlo. Lleva suplementos, algo fino.
Arriba, Gael se sentó frente al escritorio. Abrió una presentación, pero la pantalla se volvió un manchón de luz.
Ximena cargando a los niños.
Hernán a su lado.
La risa de Sofi, aunque no la hubiera oído.
Todo se le repetía.
Ximena había seguido con su vida. Tenía una familia.
Él la había tenido como esposa y no supo verla.
La lámpara del escritorio quedó encendida toda la noche.
Al día siguiente, Fernando y Elisa Alcázar visitaron a Don Ernesto en el Hospital Santa Elena.
—No debieron molestarse —dijo el viejo, recargado en las almohadas—. Gael vino ayer.
Elisa disimuló la sorpresa.
—Usted es una persona muy querida por nuestra familia.
Hablaron de la cirugía, de médicos y de Don Víctor Alcázar, que andaba viajando por Europa como si tuviera veinte años.
—La otra vez mandó fotos desde Suiza —dijo Elisa—. Dice que ahora sí quiere hacer todo lo que no hizo de joven.
Don Ernesto sonrió con nostalgia.
—Victoria me llevó a Suiza una vez. Nos quedamos casi dos meses.
El nombre de su hija muerta dejó la habitación en silencio.
Elisa miró la mesa auxiliar. Había crayones, un cuaderno para colorear y un vaso infantil.
No dijo nada.
En el coche de regreso, sí habló.
—¿Tú sabías que hubiera niños en la familia Del Río?
Fernando negó.
—Don Ernesto solo tuvo a Victoria. Rodrigo no está casado. Ximena...
Se quedó callado.
—¿Y si Ximena ya se casó? ¿Y si tuvo hijos?
—No lo sabemos.
Elisa miró por la ventana.
—Si Gael no se hubiera divorciado, quizá ya tendríamos nietos.
Fernando no respondió.
Medio mes después, Don Ernesto salió del hospital. Ximena y Rodrigo fueron por él temprano.
Cuando el coche entró a la casa Del Río, Santi y Sofi corrieron hacia él.
—¡Bisabuelito!
Don Ernesto tomó una mano de cada uno.
—Despacio, mis niños. No quiero caerme el primer día que vuelvo.
—Despacio —repitió Santi, muy serio.
La casa, antes silenciosa, se llenó de voces.
Esa noche, después de dormir a los niños, Don Yago llamó a Ximena.
—Señorita, Don Ernesto la espera en el estudio.
Ximena entró y encontró a su abuelo con Rodrigo frente a varios folders.
—Siéntate, hija.
Ella obedeció.
Don Ernesto miró a los dos.
—Solo tuve una hija. Ustedes son hijos de Victoria, así que también son mis herederos. Después de esta enfermedad, no pienso seguir fingiendo que puedo cargar con todo.
Rodrigo bajó la vista.
—Abuelo, yo sigo en Grupo Salcedo.
—¿Como ejecutivo?
Rodrigo no respondió.
—Tu padre te tiene de vendedor desde hace años —dijo Don Ernesto—. Si quisiera formarte para dirigir, ya te habría dado acceso a decisiones reales.
—Si me voy ahora, todo lo que aguanté no habrá servido.
Ximena entendía a su hermano. También sabía que su abuelo tenía razón.
—No sé qué piensa Arturo —continuó Don Ernesto—. A Ximena la trató como moneda de cambio porque es mujer. Pero tú eres su único hijo y aun así te mantiene afuera.
Rodrigo apretó la mandíbula.
Nadie sabía qué pasaba por la cabeza de Arturo Salcedo.
Pero todos sabían que no confiaba ni en su propia sangre.