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Madrastra por contrato, esposa de verdad

Madrastra por contrato, esposa de verdad

Status: Terminada
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Padre soltero / Completas
Popularitas:438
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.

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Capítulo 22

Capítulo 22 — El niño sin madre

La maestra Marlene me llevó a un rincón del patio, lejos de los otros padres, y bajó todavía más la voz.

—No sé bien cómo decirle esto —empezó, apretando la carpeta—. Toñito es un niño despierto, muy inteligente. Pero desde hace unas semanas... está intimidando a sus compañeros.

Sentí un frío en el estómago.

—¿Intimidando cómo?

—Empuja. Les quita los juguetes. Ayer le dijo a un niñito que su papá era más poderoso que el de todos y que si lo acusaba lo iba a lamentar. —La maestra tragó saliva—. Se lo cuento a usted, señora Valcárcel, y no al señor Valcárcel, porque... con todo respeto, todos aquí le tenemos un poco de miedo al presidente. No quisiéramos que castigara al niño con dureza. Solo queremos que alguien hable con él. Con cariño.

*Con cariño.* Miré hacia el auto, donde Toñito seguía gesticulando dentro de su sillita, contándole a su papá alguna historia de dinosaurios. Ese torbellino de cuatro años que hace un mes me miraba con recelo y me escondía serpientes de juguete en la almohada.

—Voy a hablar con él —dije—. Gracias por confiar en mí. Y no se preocupe: yo me encargo.

La maestra soltó el aire como si le hubieran quitado un peso de encima.

Mientras caminaba de vuelta al auto, iba pensando en ese niño. En el mismo Toñito que un mes atrás me recibía con una serpiente de juguete metida entre las sábanas y una resortera cargada de bolitas de papel. El que me despreciaba con una crueldad que solo los niños muy heridos saben tener. Yo había creído, entonces, que era un chiquito malcriado. Ahora empezaba a entender que era un chiquito solo. Y hay una diferencia enorme entre esas dos cosas.

En el camino a casa dejé pasar unos minutos. Damián iba callado, atento al tráfico. Toñito jugaba con la serpiente, haciéndola reptar por el respaldo del asiento delantero.

—Toñito —dije, girándome hacia él con toda la suavidad que pude—. Cuéntame una cosa. ¿Es verdad que a veces empujas a tus amiguitos en el jardín?

El niño se quedó quieto. La serpiente se detuvo en el aire.

—No —dijo, demasiado rápido.

—Mírame. No te voy a regañar. Solo quiero entender.

Bajó la cabeza. Se puso a jugar con el borde de su camiseta, enrollándolo entre los deditos. Insistí despacio, sin presionar, hasta que por fin, con un hilito de voz, lo soltó.

—Porque ellos tienen mamá.

Se me cerró la garganta.

—¿Cómo?

—Cuando yo los empujo, viene la mamá de ellos y los defiende. Y les da besos. —Levantó la cara, y esos ojos enormes estaban llenos de una tristeza que no debería caber en un niño tan chiquito—. Yo no tengo mamá que me defienda. Así que yo me defiendo solo. Empujo primero.

El mundo se me detuvo dentro del auto. Sentí que algo se me rompía en el pecho, despacio, como una taza que se raja antes de partirse. Miré de reojo a Damián: tenía la mandíbula tensa, los nudillos blancos sobre el volante. Él también lo había oído.

*Empujo primero.* Cuántas veces había hecho yo lo mismo, a mi manera. Levantar un muro antes de que me lo levantaran a mí. Reírme de mi propio dolor antes de que se rieran otros. Este niño de cuatro años, con su serpiente de juguete y su lengua afilada, había descubierto sin ayuda la misma coraza que a mí me tomó años construir. Y me dolió reconocerme en él.

—Toñito —dije, y me sorprendió lo firme que me salió la voz a pesar del nudo—. Ven, dame la mano.

Estiró su manita por encima del asiento. Se la apreté.

—Nadie tiene que empujar a nadie para que lo quieran. ¿Me oyes? A ti te quieren muchísimo. Tu papá. Tu bisabuela. Y yo.

Me miró con desconfianza, como midiendo si mentía.

—¿Tú?

—Yo.

No dijo nada más. Pero no me soltó la mano en todo el camino.

Esa noche, después del baño, entré a su cuarto y me senté en el borde de la cama. Él ya estaba en pijama, abrazado a un peluche gastado.

—Toñito, te propongo un trato —dije—. Un trato de grandes.

Levantó las cejas, interesado.

—Si dejas de molestar a tus compañeros. Si no empujas más, ni quitas juguetes, ni asustas a nadie... yo te prometo que voy a ir a todas tus actividades del jardín. A todas. El día del deporte, la función de fin de año, la excursión, lo que sea. Yo voy a estar ahí, en primera fila, defendiéndote. ¿Trato?

Lo pensó con toda la seriedad de sus cuatro años. Frunció el ceño, se rascó la nariz.

—Bueno... —dijo al fin—. Pero no le digas a papá que empujo. Se enoja.

—No le voy a contar los detalles. Es un secreto entre tú y yo.

Estiró el meñique. Yo enredé el mío en el suyo. Pacto sellado.

—Ahora a dormir —le dije, arropándolo.

—¿Vas a venir de verdad? —preguntó, con los ojos ya pesados—. ¿A todo?

—A todo. Palabra.

—Aunque papá te diga que no.

Me quedé quieta un segundo.

—Aunque papá me diga que no —prometí, aunque sabía que esa era una promesa que quizás no me tocaba a mí hacer.

Se durmió antes de que apagara la luz.

Pero sí necesitaba hablar con Damián. No de los empujones, sino de algo más grande. Bajé al estudio, donde él trabajaba con una copa de whisky sin tocar al lado de la computadora.

—¿Tienes un minuto? —pregunté desde la puerta.

Levantó la vista.

—Es sobre Toñito —seguí—. No te voy a dar detalles, porque le prometí que no lo haría. Pero necesita más atención. Necesita sentir que tiene una familia que lo cuida, no solo cosas. Voy a ocuparme de él más de cerca, si me dejas.

Me preparé para lo peor. Para el "¿quién te crees tú para decidir sobre mi hijo?", para el hielo, para la puerta que se cierra. Ya lo había vivido antes y me dolía de solo recordarlo.

Damián me miró largo rato. Dejó el bolígrafo sobre el escritorio.

—Ocúpate tú —dijo—. Confío en tu criterio.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Lo que oíste. —Volvió a su pantalla—. Haz lo que consideres. No me consultes cada cosa.

Era la primera vez que me delegaba algo. La primera vez que aquel hombre de silencios de piedra me entregaba un pedazo de lo único que de verdad le importaba en el mundo: su hijo.

—Gracias —dije, con la voz un poco tomada—. No te vas a arrepentir.

Damián levantó apenas la vista de la pantalla.

—Ya lo sé —dijo—. Por eso te lo dejo.

Cuatro palabras más. Y con ellas me desarmó por completo. Salí del estudio con las piernas flojas. Me apoyé en la pared del pasillo, cerré los ojos y sonreí sola, con los ojos brillantes.

*Confío en tu criterio.* Cuatro palabras. Y me habían hecho más feliz que cualquier cosa en mucho tiempo.

Me fui a mi cuarto. Ya estaba metida bajo las sábanas, medio dormida, cuando la puerta se abrió con un chirrido. Una sombra pequeña se recortó en el umbral, arrastrando su almohada por el suelo.

—Tía... —susurró Toñito—. ¿Puedo dormir contigo?

Se me encogió el corazón.

—Ven acá, chiquito.

Corrió y se metió en la cama, se acurrucó contra mí con la almohada apretada y el peluche gastado. En cuestión de minutos su respiración se volvió lenta y pesada. Se había dormido, calientito, hecho un ovillo contra mi costado.

Le acaricié el pelo, esos rizos suaves y despeinados, y sin poder evitarlo le susurré al oído lo que le habría dicho a la niña que yo misma fui.

—Yo tampoco tuve la mamá que merecía, ¿sabes? Yo también aprendí a defenderme sola. Pero tú no vas a estar solo. Te lo prometo.

Lo que no supe, lo que no vi, fue la sombra alta detenida en el umbral de la puerta. Damián estaba ahí, en la penumbra del pasillo, inmóvil.

Lo había escuchado todo.

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