La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.
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Capítulo 11
Capítulo 11 — Lo más tonto fue conocerte
Terminada la compra de todo lo necesario, Amelia preguntó:
—Todavía es temprano. ¿Compramos algo de comida y cocinamos en casa?
—¿Sabes cocinar?
—Un poquito. —Hizo el gesto con los dedos. Había aprendido de a poco desde que se mudó sola, y solo cocinaba cuando tenía tiempo.
Adrián asintió.
—Entonces prepara algo de lo que sepas hacer.
En el fondo, estaba expectante.
Amelia ya sabía qué haría. Echó unas verduras al carrito, pagó y salió. De frente venían Cintia y Bruno. Los enemigos siempre se cruzan en el camino más estrecho. De todos los supermercados de la capital, tenían que encontrarse justamente en ese, y justamente esa tarde.
Amelia hizo como que no los veía y siguió su camino con el carrito. Pero cierta gente busca pleito a propósito, y a Cintia nunca le bastaba con ganar en silencio. Cintia le echó un vistazo a ella y luego a Adrián, cargado con dos bolsas, y con fingida preocupación dijo:
—Hermana, si te hubieras conseguido un hombre con dinero, ¿tendrías que venir tú misma al súper a cargar cosas?
Adrián esbozó una sonrisa burlona. Al venir ya se había cambiado el traje por la ropa sencilla que le preparó Emilio, lo que reforzó en Cintia la idea de que era un pobre diablo.
Amelia la miró con lástima.
—Cintia, ¿tú no estás también en el súper? ¿Será que tú también te conseguiste un hombre sin dinero?
—Tú… —Cintia se quedó sin respuesta. Furiosa, levantó bien alto su bolsa de compras—. Fíjate bien: yo vine de compras al centro comercial. Y esta pulsera me la acaba de regalar Bruno.
Era una pieza de lujo de marca. Amelia la reconoció: la famosa marca G, la de moda ese año. Cintia solo alardeaba, para restregarle cuánto la amaba Bruno.
Adrián preguntó de repente:
—¿Es muy cara esa marca?
La pregunta arrancó una risita burlona a Bruno y a Cintia. Cómo no, un simple soldado, no entendía de nada.
Cintia respondió con suficiencia:
—Es la marca G, del Grupo Guerrero, la más de moda del año. Por supuesto que es cara. Aunque te lo explique, no lo vas a entender.
Adrián curvó los labios.
—Ah. No entenderé, pero por lo que sé, la que lleva la señorita en la mano no es el modelo más nuevo. El último hay que reservarlo; no lo consigue cualquiera.
A Cintia le dio un vuelco el corazón. ¿Cómo lo sabía ese hombre? En efecto, la suya no era el modelo nuevo. El más reciente ni podía reservarlo ni le alcanzaba para pagarlo.
Ignorando la cara de rabia de Cintia, Adrián se volvió hacia Amelia.
—Ame, ¿te gusta? Si quieres, hago que te traigan una.
Amelia agitó las manos de inmediato.
—No hace falta, no me gusta.
Aunque humillar a Cintia sería delicioso, esa fanfarronada era demasiado grande.
Cintia, que no sabía cómo contraatacar, encontró su oportunidad.
—Hermana, ¿no te gusta, o tienes miedo de que a tu hombre se le reviente el globo y luego quede en ridículo?
Ni Bruno conseguía reservarlo; no creía que un soldado pudiera.
Amelia iba a responder cuando la mano grande de Adrián envolvió la suya. Le llegó su voz grave.
—Ame, tranquila, es solo una pulsera. Espérame un momento, hago una llamada.
Y se apartó a un lado a hablar por teléfono.
Bruno, al ver que Adrián le sostenía la mano a Amelia, cambió de semblante.
—Ame, mira con quién te fuiste a meter. Solo sabe fanfarronear. Un hombre tan poco confiable acabará por perjudicarte.
Amelia, oyendo eso de boca de Bruno —el mismo que durante tres años había vivido de su dinero y de su fe—, sintió lo absurdo de la escena. Que ahora le viniera con lecciones sobre hombres poco confiables era el colmo de la desfachatez.
—Bruno, lo más tonto que hice en la vida fue conocerte.
Tenía el pecho oprimido, pero se esforzó por mantener la calma y la compostura.
A Bruno se le ensombreció la cara al instante.
—Ame, sé que te fallé, pero en el amor uno no manda.
—Señor Lara, un adulto que se equivoca lo reconoce; no busca excusas para sus errores.
Adrián había vuelto de la llamada y miraba a Bruno con desdén. Le tomó la mano a Amelia. Le temblaba levemente. La noche anterior, ella se había dicho que no valía la pena sufrir por semejante canalla. Y sin embargo, tres años de relación, más de mil días, quedaban despachados con un «no lo puedo controlar». En ese instante sintió el corazón triturado por una mano invisible. Y con él, quedó triturado también Bruno, y esos tres años, hasta no poder recomponerse jamás.
Al ver la palidez de Amelia, Cintia alzó el mentón, satisfecha.
—Hermana, tu prometido dijo que haría traer el modelo más nuevo de la marca G. ¿Cuánto falta? No tenemos todo el día.
Ya se relamía imaginando la vergüenza de Amelia cuando el hombre quedara en evidencia.
Amelia miró a Adrián, con una sombra de preocupación en los ojos.
Adrián le apretó la mano, consolándola en silencio, miró la hora en el teléfono y dijo con frialdad:
—Cinco minutos.
—Bien, los esperamos cinco minutos —dijo Cintia, cruzándose de brazos, lista para el espectáculo.
Bruno, quizá por un resto de culpa, no quería verla humillada.
—Ame, ni yo, que voy a entrar al Grupo Guerrero, consigo reservar ese modelo. Mejor déjenlo, no vale la pena hacer el ridículo.
Al ver la preocupación de Bruno por Amelia, un destello de odio cruzó los ojos de Cintia. Con voz melosa dijo:
—Bruno, esperemos igual. Si no, mi hermana pensará que la despreciamos.
Ya verían cómo se las arreglaban.
A Adrián no le importaban sus burlas. Bajó la vista hacia Amelia y sonrió.
—Ame, si en un rato traen la pulsera de la marca G, ¿cómo les devolvemos el golpe?
Aunque Amelia dudaba de que Adrián conociera a nadie de la marca G, sin razón alguna sintió que podía creerle. Y, además, en ese momento no le quedaba otra que confiar en él.
Se le dibujó una sonrisa pícara y miró a Cintia.
—Cintia, hagamos una apuesta. Si conseguimos el último modelo de la pulsera de la marca G, no vuelves a poner un pie en este centro comercial y nos pides disculpas. Si no, yo me disculpo con ustedes y tampoco vuelvo a pisarlo.
Cintia bufó.
—Apostemos, ¿quién le teme a quién?
Señaló la hora en el teléfono, segura de su triunfo.
—Ya pasaron cuatro minutos.
Apenas lo dijo, vio a varias personas acercarse a toda prisa. Al frente iba un hombre de unos cuarenta años que fue directo hacia Adrián, se inclinó levemente y, jadeando, dijo:
—Señor Guerrero, disculpe la demora. Aquí le traemos la pulsera que pidió.
Le hizo una seña a una mujer de uniforme que venía detrás. Ella se apresuró a entregarle a Adrián el estuche de joyería que traía en las manos.
Todo ocurrió tan rápido que los otros tres quedaron perplejos. Por una vez compartieron la misma sensación: aquella gente, con sus uniformes impecables y sus reverencias, no trataba a Adrián como a un cliente cualquiera. Le tenían un enorme respeto, casi temor. Y ninguno de los tres lograba entender por qué un simple soldado retirado inspiraba semejante deferencia.