Mateo Rivera llega a una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una beca que representa la oportunidad de cambiar su vida. Acostumbrado a luchar por cada oportunidad, sabe que no puede permitirse cometer errores. Alexander Whitmore, en cambio, nació rodeado de privilegios. Hijo de una de las familias más importantes de la ciudad, tiene un futuro prácticamente asegurado. Pero detrás de su apellido, su dinero y la imagen de una vida perfecta existe una presión que pocos conocen. Sus caminos se cruzan durante su primer día de universidad. Al principio, solo son dos estudiantes que comienzan a hablar. Después, poco a poco, se convierten en amigos. Entre conversaciones, miradas y momentos compartidos, algo comienza a cambiar entre ellos. Pero mientras Mateo empieza a descubrir lo que realmente siente, Alexander tendrá que enfrentarse a sus propios miedos. Porque enamorarse de Mateo significa desafiar un mundo al que siempre ha pertenecido. Un mundo donde las apariencias importan, donde su familia tiene una reputación que proteger y donde mostrar quién es realmente podría cambiarlo todo. Dos chicos. Dos mundos completamente diferentes. Una historia que comienza con una simple mirada. Entre Dos Mundos es una historia de amor, amistad, descubrimiento y valentía, donde ambos tendrán que decidir si vale la pena luchar por lo que sienten.
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Capítulo 9
Capítulo 9 — Lo que empieza a importar
El lunes por la mañana, Alexander despertó antes de que sonara su alarma. Se quedó unos segundos mirando el techo, recordando la conversación que había tenido con su padre el día anterior.
“Quiero hablar contigo sobre tu futuro.”
No era la primera vez que Richard Whitmore utilizaba esas palabras.
Desde que Alexander había comenzado la universidad, su padre había encontrado diferentes maneras de recordarle que algún día tendría que ocupar un lugar dentro de la empresa familiar. Al principio eran comentarios durante las comidas. Después comenzaron las invitaciones a reuniones. Más tarde aparecieron los documentos que debía revisar y las conversaciones sobre inversiones.
Ahora parecía que aquello estaba dejando de ser una sugerencia.
Alexander tomó su teléfono.
Tenía varios mensajes.
Ryan había enviado uno preguntándole si asistiría a una fiesta el próximo fin de semana.
Emma había enviado otro sobre una tarea.
Pero había uno que hizo que Alexander sonriera inmediatamente.
Mateo: Buenos días. ¿Ya estás despierto?
Alexander respondió.
Alexander: Desde hace rato.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Mateo: Qué raro. Pensé que dormías hasta tarde.
Alexander: No cuando tengo clases.
Mateo: Entonces nos vemos en la universidad.
Alexander sonrió.
Alexander: Nos vemos.
Dejó el teléfono sobre la cama.
Durante unos segundos se quedó pensando.
Aquello era extraño.
Antes de conocer a Mateo, las mañanas eran prácticamente iguales.
Ahora lo primero que hacía al despertar era revisar si tenía algún mensaje suyo.
No sabía cuándo había comenzado.
Y tampoco quería preguntárselo.
⸻
Mateo llegó al campus unos minutos antes de la primera clase.
Al cruzar la entrada principal, miró hacia los edificios.
No tardó mucho en encontrar a Alexander.
Estaba apoyado contra una columna, revisando su teléfono.
Mateo sonrió.
Alexander levantó la mirada.
—Ahí estás.
—¿Me estabas esperando?
—Sí.
Mateo se acercó.
—¿Desde cuándo?
—Unos diez minutos.
—¿Diez?
—Tal vez quince.
Mateo soltó una pequeña risa.
—Eso significa que sí me estabas esperando.
—No lo voy a negar.
Caminaron juntos hacia el edificio.
—¿Cómo estás? —preguntó Mateo.
Alexander tardó un poco en responder.
—Bien.
Mateo lo miró.
—Eso no sonó muy convincente.
—Estoy bien.
—¿Problemas con tu familia?
Alexander suspiró.
—Mi padre quiere que empiece a involucrarme más en los negocios.
—¿Y tú no quieres?
—No es que no quiera. Es que no sé si quiero que toda mi vida esté decidida por eso.
Mateo asintió.
—Entiendo.
—A veces siento que si digo que no, estoy decepcionando a mi familia.
Mateo lo miró.
—No tienes que vivir la vida que ellos quieren para demostrarles que los quieres.
Alexander se quedó en silencio.
—¿Sabes algo?
—¿Qué?
—A veces dices cosas que no sé cómo responder.
Mateo sonrió.
—Es una habilidad.
—Una peligrosa.
Los dos rieron.
⸻
En la cafetería, Daniel y Sophie ya estaban sentados.
—Miren quiénes llegaron juntos —dijo Daniel.
Mateo lo miró.
—Buenos días para ti también.
Sophie sonrió.
—No empieces, Daniel.
—Yo no dije nada.
—Pero estabas pensando algo.
—Siempre pienso cosas.
Alexander se sentó junto a Mateo.
Daniel los observó.
—¿Cómo estuvo el sábado?
—Bien —respondió Mateo.
—¿Conociste a toda la familia?
—Sí.
—¿Y sobreviviste?
Mateo comenzó a reír.
—Sí.
Sophie miró a Alexander.
—¿Tus padres fueron amables?
Alexander dudó.
—Mi madre sí.
—¿Y tu padre?
Alexander tomó un sorbo de café.
—Digamos que… hizo muchas preguntas.
Daniel sonrió.
—¿Sobre Mateo?
Alexander lo miró.
—Sobre Mateo.
Mateo levantó la mirada.
—¿Qué preguntó?
—Qué estudiabas. De dónde eras. Cómo nos conocimos.
—¿Y qué le dijiste?
—La verdad.
Daniel miró a Sophie.
—Esto se está poniendo interesante.
Sophie le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Déjalos.
Daniel sonrió.
⸻
Después de comer, Daniel acompañó a Mateo a su siguiente clase.
Sophie se quedó atrás porque tenía otra materia.
—¿Sabes qué? —dijo Daniel.
—¿Qué?
—Alexander está diferente.
Mateo lo miró.
—¿Diferente cómo?
—No sé. Más tranquilo.
—¿Eso es malo?
—No.
Daniel se detuvo.
—Es bueno.
Mateo siguió caminando.
—¿Y qué quieres decir con eso?
Daniel sonrió.
—Que contigo parece estar más cómodo.
Mateo no respondió.
—Y tú también.
Mateo lo miró.
—¿Yo qué?
—Tú estás diferente cuando estás con él.
—No.
—Sí.
—No.
Daniel se rio.
—Está bien.
Pero ambos sabían que no había conseguido convencerlo.
⸻
Por la tarde, Alexander estaba en una reunión con su padre.
Richard tenía varios documentos sobre la mesa.
—Quiero que revises estos informes.
Alexander tomó la carpeta.
—¿Para cuándo?
—Esta semana.
—Tengo trabajos de la universidad.
—Puedes hacer ambas cosas.
Alexander respiró profundamente.
—Papá, no quiero que esto afecte mis estudios.
—No los afectará si sabes organizarte.
—No es tan sencillo.
Richard levantó la mirada.
—La vida tampoco es sencilla.
Alexander guardó silencio.
—Tienes veinte años —continuó Richard—. Es momento de empezar a pensar como un adulto.
Alexander apretó ligeramente la mandíbula.
—Estoy pensando en mi futuro.
—Entonces empieza a actuar como alguien que entiende lo que tiene.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Richard se levantó.
—Significa que has tenido oportunidades que muchas personas jamás tendrán.
Alexander lo miró.
—Lo sé.
—Entonces no las desperdicies.
Alexander tomó la carpeta.
—Está bien.
Se levantó.
Antes de salir, Richard agregó:
—Y otra cosa.
Alexander se detuvo.
—¿Qué?
—La universidad está llena de personas. Algunas pueden acercarse a ti por razones que no conoces.
Alexander entendió inmediatamente.
—¿Hablas de Mateo?
Richard no respondió directamente.
—Solo te digo que tengas cuidado.
Alexander sintió una mezcla de enojo y tristeza.
—Mateo no es así.
—No he dicho que lo sea.
—Pero lo estás insinuando.
Richard suspiró.
—Solo quiero protegerte.
Alexander negó con la cabeza.
—No necesito que decidas quién puede ser mi amigo.
Salió del despacho.
⸻
Esa tarde, Alexander buscó a Mateo.
Lo encontró en el estudio de Arquitectura, rodeado de planos.
—¿Tienes un minuto?
Mateo levantó la mirada.
—Claro.
Alexander se sentó frente a él.
—Mi padre preguntó por ti.
Mateo dejó el lápiz.
—¿Por mí?
—Sí.
—¿Por qué?
Alexander dudó.
—No sé.
Mateo lo observó.
—¿Te dijo algo?
Alexander no quería preocuparlo.
—Solo que tuviera cuidado.
Mateo entendió.
—Por mi situación económica.
Alexander bajó la mirada.
—Probablemente.
Hubo silencio.
—Alexander.
—¿Sí?
—No quiero causarte problemas.
Alexander levantó la mirada inmediatamente.
—Tú no me causas problemas.
—Pero tu familia…
—Mi familia tiene sus ideas.
—Y tú tienes que vivir con ellas.
Alexander se acercó un poco.
—Mateo, escuchame.
Mateo lo miró.
—No eres un problema para mí.
Aquellas palabras hicieron que Mateo se quedara callado.
Alexander continuó:
—Si algún día mi familia tiene un problema contigo, será algo que yo tendré que resolver.
—No quiero que tengas que elegir.
Alexander sonrió ligeramente.
—No estoy eligiendo.
—¿Entonces?
—Estoy decidiendo quién quiero tener cerca.
Mateo sintió que el corazón le latía más rápido.
Bajó la mirada.
—Gracias.
Alexander sonrió.
—De nada.
⸻
Mientras tanto, Sophie había terminado su clase y encontró a Daniel esperándola afuera.
—¿Qué haces aquí?
—Te estaba esperando.
—¿Por qué?
—Porque dijiste que necesitabas hablar conmigo.
Sophie recordó.
—Ah, sí.
Caminaron hasta una banca.
—Michael me invitó a salir mañana.
Daniel sonrió.
—Eso es bueno.
—Estoy nerviosa.
—No tienes por qué.
—¿Y si sale mal?
—Entonces vuelves a intentarlo.
Sophie lo miró.
—Tú das buenos consejos.
—Lo sé.
—Pero nunca los aplicas.
Daniel soltó una risa.
—Eso también es cierto.
Sophie sonrió.
—¿Tú has estado enamorado?
La pregunta tomó por sorpresa a Daniel.
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Nunca sentí algo que pudiera llamar amor.
Sophie lo miró durante unos segundos.
—Tal vez todavía no conoces a la persona indicada.
Daniel sonrió.
—Tal vez.
Se quedaron en silencio.
Por un instante sus miradas se encontraron.
Sophie apartó la mirada primero.
—Bueno… tengo que irme.
—Sí.
Ella se levantó.
—Nos vemos mañana.
—Nos vemos.
Daniel la observó alejarse.
No sabía por qué, pero la conversación le había dejado una sensación extraña.
⸻
Esa noche, Mateo estaba terminando un trabajo cuando su teléfono vibró.
Alexander: ¿Estás ocupado?
Mateo: Un poco.
Alexander: ¿Puedo llamarte?
Mateo se quedó mirando la pantalla.
Después respondió:
Mateo: Sí.
Segundos después sonó el teléfono.
—Hola.
—Hola —respondió Alexander.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué llamaste?
Alexander sonrió.
—No sé.
Mateo comenzó a reír.
—¿Me llamaste porque no sabías qué hacer?
—Tal vez.
—Estás raro.
—Solo quería escucharte.
Mateo se quedó completamente callado.
Alexander también.
Ninguno esperaba que aquello sonara tan diferente al decirlo en voz alta.
—¿Mateo?
—Sí.
—¿Sigues ahí?
—Sí.
—Perdón.
—No pasa nada.
Hubo un silencio.
—¿Cómo fue tu día? —preguntó Mateo.
—Largo.
—¿Por tu padre?
—Sí.
Mateo se acomodó en su cama.
—Puedes contarme.
Alexander comenzó a hablar.
Le contó sobre la conversación con Richard, sobre las responsabilidades que su familia esperaba de él y sobre el miedo de no saber qué quería realmente.
Mateo escuchó.
No intentó darle una solución.
Simplemente estuvo ahí.
Después de varios minutos, Alexander preguntó:
—¿Por qué haces esto?
—¿Qué cosa?
—Escucharme.
Mateo sonrió.
—Porque eres mi amigo.
Alexander cerró los ojos.
Otra vez esa palabra.
Amigo.
Una palabra que antes había sido suficiente.
Ahora empezaba a sentirse demasiado pequeña.
—Gracias —dijo finalmente.
—De nada.
Hablaron durante casi una hora.
De clases.
De música.
De arquitectura.
De sus familias.
De cosas completamente insignificantes.
Cuando finalmente se despidieron, ninguno quería terminar la llamada.
—Buenas noches, Mateo.
—Buenas noches, Alexander.
—Nos vemos mañana.
—Sí.
La llamada terminó.
Mateo dejó el teléfono a un lado y se quedó mirando el techo.
Sonrió.
No entendía exactamente qué estaba ocurriendo.
Pero ya no podía negar que Alexander ocupaba un lugar diferente en su vida.
En otra habitación, Alexander hizo exactamente lo mismo.
Miró su teléfono.
Abrió la conversación con Mateo.
Escribió:
Me gustas.
Se quedó mirando esas dos palabras.
Su corazón comenzó a latir más rápido.
Después las borró.
Escribió:
Buenas noches otra vez.
También lo borró.
Finalmente dejó el teléfono sobre la mesa.
Todavía no estaba preparado para ponerle un nombre a lo que sentía.
Pero cada día resultaba más difícil fingir que aquello era simplemente una amistad.
Y ninguno de los dos sabía cuánto tiempo podrían seguir haciéndolo.