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El hombre que mantenía era un CEO

El hombre que mantenía era un CEO

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Equilibrio De Poder / Traiciones y engaños / Sustituto/a / Donde hubo fuego cenizas quedan / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Amor platónico / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.

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Capítulo 14

Cap 14: El amante que se enamoró

Uno de los jóvenes del círculo, un tal Beto, ya venía picado de copas. Al ver a Ximena forcejeando por soltarse de Fernando, soltó una risita sucia y le dio un codazo al de al lado.

—Miren nomás. Con razón la de la tele está tan solicitada. —Alzó la voz para que ella lo oyera—. Yo también le entraría, aunque sea de tercera man...

No terminó la frase.

Adrián cruzó el salón en tres zancadas y lo tumbó de un solo golpe seco. El vaso del muchacho voló por los aires, el hielo repiqueteó por el piso pulido, y de pronto todo el club Floresta quedó en un silencio de funeral.

Adrián se paró sobre él. No gritó. Habló bajito, casi con dulzura, y por eso fue mil veces peor.

—Atrévete a tocarla. —El aura que despedía era la de un animal antes de morder—. Atrévete a nombrarla siquiera, borracho. Y te juro que no vas a encontrar en este país un solo empleo, una sola cuenta de banco, un solo apellido que te reciba. Anda. Repítelo. Te doy permiso.

Beto, blanco como la cal, negó con la cabeza pegada al suelo y no volvió a abrir la boca en toda la noche.

Toño Escalante, a un costado, dejó escapar un silbido bajo y le murmuró a otro heredero:

—Se acabó el hombre. Al heredero de hielo se le fue el corazón. —Meneó la cabeza, entre incrédulo y divertido—. Diez años conociéndolo y jamás lo vi perder la cara por nadie. Por nadie. Y mira nomás.

Ximena, entre tanto, ya había cargado a Fernando —medio dormido, medio lloriqueando— hasta el estacionamiento y lo había metido a su coche. Lo llevó a la casona de los Ayala y, con ayuda del ama de la casa, lo subió al cuarto y lo acostó de lado. Al aflojarle la camisa para que respirara, la tela se le trepó por el costado, y ahí estaba, en la cintura: la vieja cicatriz de quemadura, ancha, lustrosa, como cera derretida y vuelta a cuajar sobre la piel.

Ximena se quedó viéndola un momento largo, con algo apretándole la garganta.

Tenían doce años. En el campamento de aquel verano, el asa oxidada de una olla de agua hirviendo se había roto justo cuando Fernando pasaba a un lado del fogón. El agua le cayó encima. Tres semanas en terapia intensiva; los médicos llegaron a hablar de amputar. Y ella, una niña flaca de doce años, se había hincado junto a la cama del hospital y le había jurado, muy seria, que lo cuidaría toda la vida, aunque quedara lisiado, aunque nadie más lo quisiera.

Cuánto tiempo desde aquel juramento. Cuánta ceniza encima.

Fernando abrió los ojos a medias, la reconoció en la penumbra del cuarto.

—Xime... —murmuró. Y de golpe la cara se le torció con un rencor viejo, enquistado—. Leí tu diario, ¿sabes? El de la universidad. Página por página. Puras maldiciones contra mí. Que me odiabas. Que me despreciabas por débil. Que ojalá me hubiera muerto en aquel campamento. —Se le quebró la voz—. Por eso me fui, Xime. Por eso me fui con Lili. Lo quemé, tu diario. Ya no existe. Lo hice cenizas.

Ximena se quedó de piedra.

Ella nunca escribió nada de eso. Su diario de la universidad se le había perdido en primer año, y desde entonces jamás en la vida volvió a escribir uno. Nunca supo dónde había ido a parar.

—Yo nunca escribí eso —dijo, muy despacio, midiendo cada palabra—. ¿Estás seguro de que era mi letra?

—Idéntica a la tuya. La reconocería entre mil.

No insistió. No era el momento, ni él estaba en condiciones. Pero algo frío se le instaló en el centro del pecho, como una astilla de hielo: alguien había escrito ese diario imitando su letra. Alguien que la conocía bien. Alguien que quería separarla de Fernando y que lo había logrado. Guardó la sospecha como quien guarda un cuchillo en la manga, y salió del cuarto sin hacer ruido.

Volvió a Villaverde pasada la medianoche.

Adrián la esperaba en la sala, a oscuras, sin haber encendido una sola luz, con un vaso de whisky intacto sudando entre los dedos.

—Qué tarde —dijo él, sin voltear a verla.

—Fui a dejar a Fernando a su casa. Estaba impresentable.

—En sus brazos, más bien. —Apretó el vaso hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Todo el club te vio abrazada a él. Toño, los demás herederos, los meseros. Todos.

—Él me abrazó a mí. Estaba borracho hasta las manitas.

—Y tú no te apartaste.

Ximena encendió la lámpara de un golpe y lo enfrentó, plantada en medio de la sala.

—Adrián. Nuestro trato es muy claro, y lo pusiste tú. Sin hablar de amor. Cada quien lo suyo. Sin pedir cuentas. —Su voz era serena, sin una grieta, y por eso lo lastimaba más—. Tú no tienes ningún derecho sobre mi corazón, ni sobre a quién abrazo o dejo de abrazar. Y si esto te empieza a pesar, si te cansa, puedes terminarlo cuando quieras. Ese punto también lo firmaste tú, ¿te acuerdas? Cuándo se acaba, lo decides tú. Nada más tú.

Adrián la miró largo rato, en silencio, sin encontrar qué responder.

Por dentro, un pensamiento absurdo, insoportable, le cruzó la cabeza y se le clavó: que si él fuera tan estúpido como para proponerle terminar, ella no lloraría. Ella no le suplicaría. Ella descorcharía una botella de champaña de puro alivio y le desearía suerte en la puerta.

Y esa certeza —a él, que en toda su vida jamás había temido perder nada ni a nadie— le apretó la garganta como una mano cerrándose.

—¿Y si no me canso nunca? —dijo él, en voz baja, casi para sí mismo—. ¿Qué firmamos entonces?

Ximena se detuvo a media sala. Por un segundo, algo en la cara de ella titubeó, una grieta finísima, apenas visible. Luego volvió a cerrarse, lisa como el mármol.

—Entonces cambiamos las reglas cuando pase —contestó—. Pero todavía no pasa, Adrián. No te adelantes.

—¿Cómo sabes que no ha pasado ya?

Ella no respondió. Se quedó quieta, con la mano en el interruptor, y él supo que esa era su manera de rendirse: el silencio. Ximena Salazar nunca decía "sí". Solo dejaba de decir "no", y esperaba que uno se diera cuenta.

—Vete a dormir —dijo él al fin, ronco, bajando la vista al whisky—. Es tarde.

Ella asintió, apagó la lámpara y subió.

Adrián se quedó abajo, en la oscuridad, con el vaso que ya no quería, mirando el hueco vacío que ella había dejado en la escalera. Y ahí, solo, el hombre más temido de la Capital aprendió por vez primera en su vida lo que era tener miedo de perder algo.

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