Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo XIV Salvarla o destruirla
Damián esperó en el pasillo de la clínica privada hasta que el médico a cargo salió de la suite VIP. Tras confirmar que la fiebre de Emma había cedido gracias a la medicación intravenosa y que su brazo derecho había sido inmovilizado con un vendaje firme para tratar las contusiones severas en los tejidos musculares, el doctor le dio paso.
Damián giró el pomo de la puerta y entró en la habitación en penumbras.
El suave pitido del monitor cardíaco marcaba un ritmo pausado. Sobre la cama de sábanas blancas, Emma parecía aún más pequeña y frágil. Tenía el rostro pálido, casi transparente, y los párpados caídos por el efecto de los sedantes.
Damián caminó a pasos lentos hasta el borde de la cama. Con una delicadeza que no encajaba con su naturaleza dura e implacable, extendió los dedos y le apartó un mechón de cabello castaño que le cubría la mejilla. Al bajar la mirada hacia su brazo vendado, apretó la mandíbula con tal fuerza que los músculos de su rostro se tensaron violentamente.
Se inclinó ligeramente sobre ella y, en un susurro grave que apenas cortó el silencio del cuarto, le hizo una promesa al oído:
—Te prometo que te voy a sacar de ese infierno, Emma... Aunque al final del camino me odies con toda tu alma por la forma en que voy a hacerlo.
Sin perder un solo segundo, dio media vuelta y salió de la estancia. En el corredor, Diego lo esperaba con el semblante ensombrecido.
—¿A dónde vas, Damián? —preguntó al ver la determinación helada en la mirada de su jefe.
—A cerrar el negocio del siglo —respondió Damián ajustándose el botón del saco—. Quédate aquí cuidándola. Si despierta, asegúrate de que no intente irse.
Damián abandonó la clínica y subió a su camioneta blindada. El trayecto hacia la mansión De la Rivera fue un ejercicio de contención absoluta. En su mente ya no solo ejecutaba una estrategia de adquisición financiera; estaba diseñando una jugada maestra de ajedrez donde salvaría a la mujer que despertaba sus instintos más primarios, destruyendo al mismo tiempo al hombre que la había maltratado.
Veinte minutos después, el imponente vehículo de Damián Thorne se detenía frente al pórtico de la residencia De la Rivera.
Guillermo de la Rivera recibió al magnate en su estudio privado personal. Sorprendido por la visita intempestiva pero absolutamente eufórico al ver al hombre del que dependía la salvación de sus empresas, mandó a servir dos copas del mejor whisky de su bodega.
—Señor Thorne, qué grata sorpresa —expresó Guillermo con una sonrisa zalamera, extendiéndole la mano—. No esperaba tenerlo en mi casa a esta hora. Asumo que su visita tiene que ver con la firma definitiva de los contratos de fusión.
Damián ignoró la copa sobre la mesa de centro y se mantuvo de pie, con la espalda firme y las manos dentro de los bolsillos del pantalón. Su porte imponente llenaba cada rincón de la lujosa habitación.
—Así es, Guillermo. He estado analizando los detalles de la reestructuración y he tomado una decisión —comenzó Damián con una voz grave, desprovista de cualquier calidez—. La fusión se llevará a cabo bajo los términos que tú solicitaste. Salvaré tu corporación de la bancarrota inminente y te garantizaré el cincuenta por ciento de las acciones preferenciales.
Los ojos de Guillermo brillaron con una ambición desmedida. Estaba a punto de lanzar un suspiro de alivio cuando la voz de Damián volvió a resonar, esta vez más tajante.
—Sin embargo... hay una condición indispensable que no es negociable. Y no está escrita en el contrato.
Guillermo frunció ligeramente el ceño, intrigado pero dispuesto a ceder en casi cualquier exigencia monetaria.
—Dígame, señor Thorne. En el mundo de los negocios todo es negociable. ¿Qué quiere?
—Quiero un matrimonio —soltó Damián con frialdad absoluta—. Quiero unir nuestras familias formalmente antes de inyectar el capital a tus empresas. Me llevaré a tu hija conmigo a partir de hoy.
Al escuchar la palabra “matrimonio”, el rostro de Guillermo se iluminó con una satisfacción desbordante. Una carcajada de júbilo casi se le escapa del pecho. En su mente, los cálculos encajaron al instante: Samantha, su adorada hija mayor, la primogénita a la que había preparado para la alta sociedad, había logrado fascinar al multimillonario más codiciado del país. Samantha sería la esposa de Damián Thorne, elevando el apellido De la Rivera a la cúspide del poder social y económico.
—¡Es una propuesta maravillosa, Damián! —exclamó Guillermo, dando un paso adelante con entusiasmo desbordado—. Samantha estará absolutamente encantada. Ella siempre ha admirado su visión y su elegancia. Mañana mismo organizaremos una cena de compromiso para anunciar...
—No hablo de Samantha —lo interrumpió Damián en seco, recortando la distancia con una mirada tan helada que congeló la sonrisa en la cara del viejo empresarial.
Guillermo se petrificó en su lugar.
—¿Cómo? —balbuceó, confundido—. ¿De qué está hablando?
—Quiero a Emma —sentenció Damián, marcando cada sílaba con firmeza implacable—. A la que quiero como mi esposa es a tu hija menor.
El silencio que siguió en la biblioteca fue denso y asfixiante. La mente de Guillermo tardó varios segundos en procesar lo que acababa de escuchar. El disgusto y el desconcierto se dibujaron de inmediato en sus facciones.
—¿Emma? —repitió Guillermo con tono de profundo desprecio—. Señor Thorne... debe haber un error. Emma es una muchacha inmadura, rebelde, sin ningún tipo de roce social ni clase para estar a la altura de un hombre como usted. Samantha es la hija apta para ese rol. Emma solo le dará problemas, es inestable y...
—A mí no me importa tu opinión sobre ella, Guillermo —interrumpió Damián, endureciendo el gesto—. La joven me encanta. Me fascinó desde el primer momento en que la vi y la quiero para mí. Estará bajo mi techo, bajo mis reglas y a mi entera disposición hasta que me aburra de ella.
Damián mantuvo la fachada calculada. Ni por un segundo dejó traslucir que conocía la verdad de los maltratos físicos, las visitas a urgencias o las marcas en el cuerpo de la joven. Ante los ojos de Guillermo, se presentó simplemente como un hombre poderoso, dominante y caprichoso que deseaba a Emma como un trofeo de posesión.
Guillermo examinó detenidamente el rostro de Damián. Al escuchar la frialdad implacable de sus palabras y ver la sombra oscura en la mirada del magnate, una sonrisa perversa y retorcida empezó a dibujarse en la comisura de sus labios.
En la mente de Guillermo, el panorama cobró una lógica maquiavélica: Damián Thorne no estaba enamorado de Emma; la veía como un objeto, como una sirvienta de lujo a la que pensaba someter y consumir bajo su autoridad.
Entregarle a la hija que tanto odiaba, a la rebelde que le recordaba constantemente a su esposa desaparecida, no solo le garantizaba salvar su fortuna, sino que le aseguraba que Emma seguiría sufriendo un infierno, pero ahora en manos de un hombre aún más poderoso y despiadado que él.
La idea de que Emma fuera tratada con crueldad y dureza en el imperio de Thorne terminó por convencerlo de inmediato.
—Entiendo... —dijo Guillermo, dejando escapar una risotada baja y cínica mientras se servía un trago de whisky—. Veo que tenemos un entendimiento claro, señor Thorne. Si esas son sus exigencias para firmar la fusión, entonces no tengo más que decir. Emma es completamente suya.
Guillermo extendió la mano hacia Damián con una mirada cargada de malicia pura.
—Haga con ella lo que quiera. Acepte el matrimonio como el sello de nuestro trato.
Damián miró la mano extendida del monstruo que había lastimado a Emma durante años. Guardando la rabia que le abrasaba por dentro, estrechó la mano de Guillermo con un agarre de acero.
La trampa estaba sellada. Emma saldría de la mansión De la Rivera, pero el precio sería convertirse en la esposa del hombre que ella creía su ejecutor.