Lucía era una joven campesina traicionada por su prometido y su propia hermana, que la envenenaron para robarle todo. Pero el destino le da una segunda oportunidad: ¡despierta 5 años en el pasado! Esta vez no será la chica ingenua de las gallinas. Se infiltra como limpiadora en la empresa del multimillonario CEO Alejandro Montenegro para cobrarse venganza... sin saber que su hija genio de 5 años, la pequeña Mía, que también viajó en el tiempo, ¡se cruzará con su papá biológico en los pasillos! Ahora Lucía debe ocultar su identidad, destruir a los traidores y evitar que el CEO frío descubra que la niña inteligente y adorable que le sigue por todas partes es su heredera. ¿Podrá el amor florecer entre la limpiadora que manda en secreto y el hombre que no sabe que ya es papá?
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CAPÍTULO 4: El corte
Desperté con el sol en la cara y el sonido de mi celular vibrando sin parar sobre la mesa de luz. Eran las nueve de la mañana. Tenía cuarenta y siete mensajes de texto, once llamadas perdidas y notificaciones de redes sociales que no paraban de entrar.
Sonreí.
El video de anoche se había vuelto viral en todo el pueblo.
Me levanté con calma, me puse una camisa de jean y unos pantalones cómodos, y fui a la cocina a prepararme un café. Mi padre, don Raúl, estaba sentado a la mesa con el celular en la mano, la cara roja de la rabia.
—¿Qué has hecho? —me gruñó en cuanto me vio entrar.
Me serví el café con la misma tranquilidad con la que lo hacía todas las mañanas.
—Buenos días, papá —dije, sentándome frente a él—. ¿Qué tal la noche?
—No me vengas con tus chiquitas. ¡He visto el video! ¡Todo el pueblo lo ha visto! Tu hermana vino llorando a las tres de la mañana, diciendo que la humillaste en público. ¿Qué te pasa, Lucía? ¿Te volviste loca?
Ahí estaba. La reacción que yo esperaba. La misma de mi vida anterior: mi padre tomando el partido de Elena, siempre. La menor, la débil, la que necesitaba protección. Aunque esa protección fuera a costa mía.
—¿Y tú le creíste? —pregunté, sorbiendo el café—. ¿Le creíste a ella, sin preguntarme nada a mí?
—¡Es tu hermana! —gritó él, golpeando la mesa—. ¡Y Carlos es un buen muchacho! Lo conozco de toda la vida. ¿Cómo pudiste hacer algo así? ¿Celosa de tu propia hermana?
Me reí. Una risa amarga, seca, que hizo que mi padre se quedara callado de golpe. No estaba acostumbrado a que yo me riera en medio de un regaño. La Lucía de antes habría llorado, habría intentado explicar, habría pedido perdón.
—Carlos no es un buen muchacho, papá —dije con calma—. Es un mentiroso, un traidor y un ladrón. Se acostó con mi hermana durante más de un año a mis espaldas. Gastó mi dinero. Vendió mis gallinas. Y planeaba quedarse con la granja de mamá. ¿Sabes cómo lo sé? Porque lo escuché con mis propios oídos. Porque tengo las pruebas. Porque anoche todo el pueblo lo escuchó también, en la grabación.
Mi padre abrió la boca, pero no dijo nada.
—Y Elena —continué, bajando la voz—. Mi hermana. A la que le di mi ropa, mis zapatos, mis libros. A la que crié cuando mamá murió, porque tú estabas demasiado borracho para darte cuenta de que una niña de doce años necesitaba a alguien. Ella me apuñaló por la espalda. Y tú vienes aquí a regañarme a mí.
El silencio se hizo espeso en la cocina. Mi padre me miraba como si me viera por primera vez.
—Yo... yo no sabía —murmuró finalmente, bajando la vista.
—Claro que no sabías —dije, levantándome para lavar mi taza—. Nunca sabes nada. Nunca te importa saber nada.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Elena entró, con los ojos hinchados de llorar, el pelo despeinado y el anillo de plata todavía en el dedo. Al verme, soltó un grito.
—¡Tú! —gritó, apuntándome con el dedo—. ¡Me arruinaste la vida! ¡Todo el pueblo me mira como si fuera una monstruo! ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste?
Me apoyé en la mesada y la miré fijamente.
—Porque te acostaste con mi prometido, Elena. Porque me traicionaste. Porque tú y él planeaban dejarme en la calle sin nada. Y no me arrepiento. No me arrepiento ni un poquito.
—¡Eso es mentira! —lloró ella, lanzándose a los brazos de mi padre—. ¡Papá, dile que es mentira! Carlos me ama. Él me lo dijo. Lucía está celosa porque nadie la quiere, porque es vieja y fea y...
—Suficiente —dije, cortándola, y mi voz fue tan fría que ambos se quedaron quietos—. No quiero escuchar más. Esta es mi última palabra: yo me voy de esta casa hoy mismo. Me llevo mis cosas, mis gallinas y lo que es mío. La granja de mamá está a mi nombre, lo sabéis. Así que no tenéis nada que reclamarme.
—¡No te puedes ir! —gritó Elena, de repente pálida—. ¿Y yo qué voy a hacer? ¿Quién me va a comprar la ropa? ¿Quién me va a pagar el instituto?
—Ah, ya veo —dije con una sonrisa cruel—. De eso se trataba todo. No te importaba Carlos. Te importaba el dinero que yo ganaba. Pues ya lo tienes a él. Que él te mantenga.
Me giré para ir a mi habitación, pero la voz de mi padre me detuvo.
—Lucía, espera —dijo, y por primera vez escuché duda en su tono—. No tienes por qué irte. Esta es tu casa. Tu madre...
—Mi madre estaría avergonzada de ti —le corté, sin girarme—. Y de mí, por aguantar tanto tiempo. Pero ya no aguanto más.
***
Empaqué mis cosas en dos maletas de cartón. No eran muchas: ropa, libros, las fotos de mi madre, el collar que ella me regaló por mis quince años. Cuando salí de la habitación, Elena estaba sentada en el sofá, con los brazos cruzados, mirándome con odio.
—No te saldrás con la tuya —susurró cuando pasé a su lado—. Carlos no se va a quedar de brazos cruzados. Tiene amigos. Abogados. Te quitará la granja.
Me detuve. Me giré. Y la miré a los ojos.
—Que lo intente —dije, y en mi voz había un eco de la mujer que había muerto envenenada, de la que había sufrido cinco años de infierno—. Que lo intente, Elena. Porque esta vez yo estoy lista. Y si él me toca una sola gallina, yo destruyo todo lo que él ama. Todo. ¿Entendido?
Ella abrió los ojos como platos. Por un instante, vi el miedo en su mirada. Por primera vez en su vida, tenía miedo de mí.
Sonreí.
—Adiós, hermanita —dije, y salí por la puerta.
***
Sofía me esperaba en su camioneta vieja, estacionada frente a la casa. Me ayudó a cargar las maletas y las jaulas con mis gallinas —doce, contando a Clara, mi gallina estrella—.
—¿Y ahora qué? —me preguntó mientras arrancábamos, alejándonos de la casa donde había crecido.
—Ahora —dije, mirando por la ventana los campos que se extendían a los lados, los campos que un día serían míos—, empezamos de cero. Tengo un trabajo en la ciudad. Tengo mis gallinas. Tengo a ti. Y tengo un plan.
El celular vibró en mi bolsillo. Lo saqué. Era un mensaje de un número desconocido. Lo abrí.
*"Sra. Fernández. Soy el abogado de Carlos Méndez. Mi cliente le exige que retire las declaraciones públicas y entregue la propiedad de la finca Fernández en un plazo de 72 horas. De lo contrario, presentaremos una demanda por difamación y usurpación de propiedad. Atentamente, Dr. Herrera."*
Mostré el mensaje a Sofía. Ella puso los ojos en blanco.
—¡El muy...! ¡La finca está a tu nombre! ¿Cómo se atreve?
—Porque es un cobarde —dije, borrando el mensaje—. Y porque cree que yo sigo siendo la misma tonta de antes.
Miré por la ventana. El sol se ocultaba tras las colinas, tiñendo el cielo de naranja. En el asiento trasero, mis gallinas cacareaban suavemente, ajenas a todo.
—Tres días —murmuré—. Tiene tres días para arrepentirse.
Y en mi cabeza, un nuevo plan empezaba a tomar forma. Uno más grande, más audaz, más destructivo para quienes me habían hecho daño.
***
Lo que yo no sabía en ese momento, mientras Sofía y yo reíamos de la absurda amenaza de Carlos, es que en su oficina del piso cuarenta y cinco, Alejandro Montenegro sostenía en su mano un informe de investigación privada.
En la primera página, mi nombre. Lucía Fernández. Veintitrés años. Campesina. Empleada de limpieza nocturna del Grupo Montenegro desde hacía tres días.
Y en la segunda página, una fotografía mía saliendo del restaurante La Rosa Negra, la noche anterior, con el vestido negro y los labios rojos, sonriendo.
Alejandro pasó el dedo por la fotografía, despacio, como si quisiera tocar mi rostro a través del papel.
—La encontré —murmuró para sí mismo, y una sonrisa se dibujó en sus labios, una sonrisa que ninguno de sus empleados había visto nunca—. Por fin.
Cerró el informe y lo guardó en el cajón de su escritadura. Luego tomó el teléfono interno.
—Marisol —dijo a su secretaria—. Póngame con el jefe de personal. Quiero saber todo sobre la nueva empleada de limpieza del turno nocturno. Todo.
Colgó y se quedó mirando por la ventana de su oficina, la ciudad a sus pies, pensando en una noche de tres meses atrás, en una habitación de hotel, en una mujer que se había ido al amanecer sin dejar siquiera un nombre.
Y que ahora, irónicamente, estaba a solo unos pisos de él, todas las noches, limpiando su oficina.
—Juegas con fuego, Lucía Fernández —murmuró, y sus ojos oscuros brillaron con una intensidad que asustaría a cualquiera que lo viera—. Y yo voy a descubrir por qué.
Sofía es mi hija de mi vida anterior. Cuando renací, ella ya estaba conmigo: una niña de cinco años que me dio la fuerza para empezar de nuevo. Su existencia es parte de mi pasado, de todo lo que perdí y de todo lo que decidí recuperar. No apareció de la nada; siempre estuvo ahí, siendo mi mayor motivación desde antes del primer capítulo.
En cuanto a la gallina Clara, es un elemento simbólico que dejé intencionalmente sin explicación detallada. Representa la protección de mis raíces, el espíritu de mi madre y el alma de la finca El Rosal. Es mi guardiana, y como tal, no necesita origen lógico: solo necesita ser sentida.
Has comprendido perfectamente el espíritu de la historia. Los animales son, en efecto, nuestros guardianes silenciosos. La gallina Clara es la más especial de todos: su aparición y su mensaje en sueños representan la protección invisible que rodea a Lucía. Es la voz de su madre, la esencia de la tierra y el corazón de El Rosal velando por ella.
Me llena de alegría que logres percibir estos detalles. Tu sensibilidad hace que esta historia cobre aún más vida. ✨