sin espoiler
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LAS CICATRICES DEL PASADO
Habían pasado varios días desde aquel paseo por París.
Y, para sorpresa de Kalel, aquellos días habían sido diferentes.
Mucho más tranquilos.
Cada mañana encontraba alguna razón para salir de la residencia.
A veces caminaba junto a Amélie por los jardines.
Otras veces ella le enseñaba algún lugar de la ciudad.
Y poco a poco, sin darse cuenta, ambos habían comenzado a conocerse.
Ya no hablaban solamente del contrato matrimonial.
Hablaban de sus familias.
De sus gustos.
De sus sueños.
De las cosas que habían vivido.
Kalel incluso había comenzado a olvidar durante algunas horas todo lo ocurrido en Madrid.
Pero aquella tranquilidad estaba a punto de terminar.
---
Aquella tarde, Amélie se encontraba en uno de los salones de la residencia.
Había pedido que dejaran abiertas las puertas hacia el jardín.
El clima era agradable y quería pasar un rato al aire libre.
Kalel estaba sentado frente a ella.
—Entonces, ¿me estás diciendo que nunca habías probado los macarons?
Amélie negó con la cabeza.
—Nunca.
Kalel abrió los ojos.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Estamos en Francia.
Amélie comenzó a reír.
—No todo el mundo come macarons todos los días.
—Pues yo pensaba que era obligatorio.
—Definitivamente no.
Kalel sonrió.
—Entonces mañana tienes que probarlos.
—¿Mañana?
—Sí.
—¿Y si no me gustan?
—Buscaré otro postre.
Amélie sonrió.
—Trato hecho.
Por unos segundos, todo volvió a sentirse normal.
Hasta que se escuchó el sonido de un automóvil entrando en la propiedad.
Amélie dejó de sonreír.
Su expresión cambió.
Kalel lo notó inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Ella miró hacia la entrada.
—No lo sé.
Varios hombres de seguridad se acercaron rápidamente.
Uno de ellos habló con el líder francés.
Después de unos segundos, el hombre se dirigió hacia el salón.
—Señorita Amélie.
—¿Sí?
—Hay un visitante.
Amélie frunció el ceño.
—¿Quién?
El hombre dudó.
—Dice llamarse Adrien.
La expresión de Amélie se descompuso.
Kalel lo notó.
—¿Lo conoces?
Amélie bajó la mirada.
—Sí.
—¿Quién es?
Ella tardó en responder.
—Mi exnovio.
Kalel permaneció en silencio.
Amélie apretó ligeramente las manos sobre sus piernas.
—¿Quieres que se vaya?
Ella no respondió inmediatamente.
Finalmente dijo:
—No quiero verlo.
El guardia asintió.
—Entendido.
Pero antes de que pudiera retirarse, una voz masculina llegó desde el pasillo.
—¿Así que ni siquiera vas a recibirme?
Amélie se quedó completamente quieta.
Adrien apareció acompañado por uno de sus hombres.
Era un hombre joven, vestido elegantemente.
Caminaba con una seguridad exagerada.
Sus ojos se dirigieron inmediatamente hacia Amélie.
Después bajaron lentamente hacia su silla de ruedas.
Y sonrió.
No fue una sonrisa amable.
Fue una sonrisa burlona.
—Vaya...
Amélie bajó la mirada.
Kalel se levantó.
—¿Quién te permitió entrar?
Adrien lo ignoró.
Siguió mirando a Amélie.
—No sabía que las cosas habían empeorado tanto.
Amélie apretó los labios.
—Vete, Adrien.
—¿Por qué?
Él soltó una pequeña risa.
—Solo vine a verte.
—No eres bienvenido.
Adrien miró nuevamente la silla.
—Aunque debo admitir que no esperaba encontrarte así.
Amélie cerró los ojos.
Kalel dio un paso hacia él.
—Cuidado con lo que dices.
Adrien finalmente lo miró.
—¿Y tú quién eres?
—Kalel.
Adrien sonrió.
—Ah.
Su expresión cambió.
—El famoso prometido.
Kalel frunció el ceño.
—No tienes nada que hacer aquí.
Adrien volvió a mirar a Amélie.
—¿Prometido?
Amélie no respondió.
Adrien soltó una carcajada.
—Qué ironía.
Kalel lo observó con dureza.
—¿Qué es tan gracioso?
Adrien señaló discretamente la silla de ruedas.
—Que alguien quiera casarse con ella después de verla así.
El silencio cayó sobre el salón.
Amélie bajó la cabeza.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Kalel apretó los puños.
—Retira lo que acabas de decir.
Adrien sonrió.
—¿Por qué? ¿Acaso mentí?
Kalel dio otro paso.
—Te dije que lo retires.
Pero Amélie habló antes.
—Kalel...
Su voz era apenas un susurro.
Él la miró.
Ella intentaba contener las lágrimas.
—No vale la pena.
Adrien sonrió.
—Exactamente.
Amélie bajó todavía más la cabeza.
Y entonces Kalel comprendió que aquello no era simplemente un exnovio desagradable.
Había algo mucho más profundo.
—¿Qué le hiciste? —preguntó.
Adrien lo miró.
—Nada.
Amélie cerró los ojos.
Kalel volvió a mirarla.
—Amélie.
Ella permaneció en silencio.
Adrien soltó una pequeña risa.
—¿No se lo has contado?
Amélie negó lentamente con la cabeza.
—Cállate.
—¿Por qué?
—Vete.
Adrien dio un paso.
—Quizá debería contarle cómo terminaste en esa silla.
Amélie comenzó a llorar.
—¡Vete!
Su voz se quebró.
El ambiente cambió por completo.
Kalel se arrodilló frente a ella.
—Amélie.
Ella no quería levantar la mirada.
—No tienes que escucharle.
Pero Adrien continuó.
—Fue un accidente.
Kalel se giró.
—¿Qué accidente?
Adrien se encogió de hombros.
—Una noche discutimos.
Amélie cerró los ojos.
—No...
—Estábamos en el automóvil.
Kalel permaneció atento.
Adrien continuó:
—Ella quiso bajarse.
—¡Adrien, basta!
—Pero yo estaba enfadado.
El rostro de Amélie estaba cubierto de lágrimas.
—No fue así...
Adrien sonrió.
—¿Quieres que cuente el resto?
Kalel se puso de pie.
—Ya es suficiente.
Pero Adrien continuó hablando.
—Perdí el control del automóvil.
Amélie tembló.
—¡Cállate!
—El accidente ocurrió por mi culpa.
Kalel se quedó completamente inmóvil.
Adrien miró a Amélie.
—Y cuando la vi herida...
Hizo una pausa.
—Me fui.
Kalel sintió una oleada de indignación.
—¿La dejaste allí?
Adrien respondió con una frialdad escalofriante.
—Sí.
Amélie lloraba en silencio.
—La dejaste después de provocar el accidente.
—Yo tenía miedo.
Kalel lo miró con incredulidad.
—¿Y ella?
Adrien guardó silencio.
—¿Pensaste en ella?
No hubo respuesta.
Kalel volvió a mirar a Amélie.
Ahora entendía.
La silla de ruedas no era una circunstancia que ella hubiera elegido.
Había sido consecuencia de aquel accidente.
Y el hombre que estaba frente a ellos había sido responsable.
Pero lo peor era que no mostraba arrepentimiento.
En lugar de disculparse...
se burlaba de ella.
Kalel volvió a dirigirse hacia Adrien.
—Sal de esta casa.
Adrien sonrió.
—¿Ahora vas a defenderla?
—Sí.
—¿Aunque sabes que nunca volverá a ser como antes?
Kalel apretó la mandíbula.
—Eso no te da derecho a humillarla.
Adrien soltó una carcajada.
—Parece que realmente te has enamorado.
Kalel no respondió.
Adrien miró nuevamente a Amélie.
—Qué suerte tienes.
Amélie levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué?
—Encontraste a alguien que siente lástima por ti.
Aquellas palabras fueron demasiado.
Amélie bajó nuevamente la mirada.
Una lágrima cayó sobre su mano.
Kalel se giró hacia ella.
—Yo no siento lástima por ti.
Amélie levantó lentamente los ojos.
Kalel se agachó frente a ella.
—¿Me escuchas?
Ella asintió.
—No siento lástima.
Kalel sostuvo su mirada.
—Te respeto.
Amélie comenzó a llorar nuevamente.
Pero esta vez sus lágrimas eran diferentes.
Kalel continuó:
—Tu silla no cambia quién eres.
—No tienes que esconderte.
—Y mucho menos permitir que alguien te haga sentir menos por utilizarla.
Amélie se limpió una lágrima.
—Kalel...
—Y quiero que entiendas algo.
Él sonrió suavemente.
—Cuando recorrimos París contigo, no estaba mirando tu silla.
Amélie lo observó.
—Estaba hablando contigo.
Ella respiró profundamente.
—Gracias.
Kalel se levantó.
Después miró a Adrien.
—Ahora sí.
Su voz se volvió fría.
—Vete.
Adrien intentó responder.
Pero en ese momento aparecieron varios hombres de seguridad.
Uno de ellos señaló la puerta.
—Debe retirarse.
Adrien miró a Amélie una última vez.
—Esto no termina aquí.
Kalel dio un paso.
—Sí termina.
Adrien sonrió.
—Ya veremos.
Los hombres lo acompañaron hacia la salida.
La puerta se cerró.
---
El salón quedó en silencio.
Amélie seguía llorando.
Kalel se acercó nuevamente.
—¿Quieres estar sola?
Ella negó.
—No.
Kalel se sentó junto a ella.
No dijo nada.
Simplemente permaneció allí.
Después de unos minutos, Amélie habló.
—Nunca te había contado lo que pasó.
—No tenías obligación.
—Me daba vergüenza.
Kalel frunció el ceño.
—¿Vergüenza por algo que él hizo?
Amélie bajó la mirada.
—Durante mucho tiempo pensé que era culpa mía.
Kalel negó inmediatamente.
—No.
—Pero si yo no hubiera discutido con él...
—Amélie.
Ella lo miró.
—Un accidente provocado por otra persona no es tu culpa.
Amélie guardó silencio.
Kalel continuó:
—Y que él se haya ido sin ayudarte fue decisión suya.
Ella respiró profundamente.
—Después del accidente pensé que nunca volvería a tener una vida normal.
Kalel sonrió.
—Y aquí estás.
Amélie sonrió entre lágrimas.
—Sí.
—Recorriendo París.
—Sí.
—Planeando comer macarons mañana.
Ella soltó una pequeña risa.
—Eso también.
Kalel sonrió.
—Entonces no permitas que alguien de tu pasado te quite lo que has construido.
Amélie lo miró durante unos segundos.
—Gracias por quedarte.
Kalel respondió suavemente:
—No iba a dejarte sola.
Amélie tomó aire.
Y por primera vez desde que Adrien había entrado en aquella habitación...
levantó la cabeza.
---
Esa noche, el líder francés recibió un informe sobre lo ocurrido.
Su expresión se volvió fría.
—¿Adrien estuvo aquí?
—Sí, señor.
—¿Y habló con mi hija?
—Sí.
El hombre apretó los puños.
—Quiero saber cómo consiguió entrar.
—Ya estamos investigándolo.
—Y no quiero que vuelva a acercarse a ella.
—Entendido.
El líder francés miró hacia el pasillo.
Sabía que su hija había pasado años intentando superar aquella noche.
Y ahora aquel hombre había regresado para abrir una herida que todavía no estaba completamente cerrada.
Pero esta vez Amélie no estaba sola.
Porque Kalel estaba allí.
Y aunque aquel contrato había comenzado como un acuerdo entre dos familias...
algo estaba cambiando.
Ya no se trataba solamente de una obligación.
Kalel había visto una parte del pasado de Amélie.
Y había elegido quedarse.
Mientras tanto, en su habitación, Amélie observaba por la ventana.
Recordó las palabras de Adrien.
Después recordó las de Kalel.
"No siento lástima por ti. Te respeto."
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Quizá, después de tantos años...
por fin había alguien que la veía como Amélie.
No como una víctima.
No como una mujer en silla de ruedas.
Y mucho menos como una obligación matrimonial.
Simplemente como ella misma.