La guerra entre Elarion y Drakhar ha durado años, pero, cuando el príncipe heredero de Drakhar se fija en la santa Sylvia, de Elarion, propone un tratado de paz, pero a cambio deben entregarle a la santa como concubina. Sylvia acepta esta condición para salvar a su nación, pero, no se imagina que, al entrar al palacio de Drakhar se encontrará con las amantes del príncipe heredero, pero, aunque ella no es fácil de intimidar, pronto descubre, que, en ese palacio, tiene un aliado más poderoso que el mismísimo emperador, el dragón rojo de la calamidad, que se ha liberado del control del príncipe heredero, y que, esta dispuesto a vengarse por usarlo como una maquina de guerra.
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Capitulo 15.
Sylvia estaba rodeada de los guardias que le apuntaban con la espada, Meredith gritaba a los sirvientes que trajeran a un sanados, mientras que la albina, solo miraba la escena con desinterés.
—tú...quieras matar al príncipe...— acusa.— llévenla al calabozo...es una criminal...
—el príncipe cayó, yo solo trate de sanarlo...pero si no quieren que lo ayude, me da igual.— se cruza de brazos.
—mentira...lo has atacado...— insiste Meredith. Era su oportunidad de encerrarla.
La albina niega y deja salir un suspiro de fastidio.
—¿acaso olvidas que soy una sanadora?, yo jamás le haría daño a nadie...me han enseñado que, sin importar qué...mi deber es sanar personas.— expresa fingiendo preocupación.
Los sandores llegaron, de inmediato se acercan al príncipe para revisarlo y mencionan que, tiene un leve rastro de magia sanadora, y que, si no fuera por eso, no estaría vivo. Meredith levanta la vista a la albina y los guardias guardan sus espadas.
—hay que llevarlo a su habitación.— menciona un sanador.
Los guardias rápidamente ayudan a cargar a Balthazar, pero, Meredith se queda atrás mirando a la albina con molestia.
—por ahora te salvas...pero voy a hacer que te podrás en el calabozo.— asegura la mujer.
La albina solo gira los ojos con fastidio. Pero, chasquea la lengua, un poco más y terminaba de borrar el sello. Tendrá que encontrar otra oportunidad y quizás sea esta noche, aprovechando que esta inconsciente.
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Esa noche, primero fue a la residencia del dragón rojo, comió y se baño. Después salió vistiendo una ropa negra que le pidió a una de las doncellas de la residencia. Se colocó una capucha para cubrir su cabello y la mitad de su rostro, en caso de ser vista.
Por suerte, desde niña ha sido muy buena escabullendose, algo que hacía a menudo desde que fue llevada al templo y se escapaba para verse con Gareth. Los del templo le habían prohibido verlo seguido porque solo causaría rumores maliciosos de la santa viéndose con un hombre, aunque ambos judaron que lo suyo, era solo amistad.
Logro colarse por los pasillos del ala del príncipe heredero, hasta llegar a su habitación, ahí dos guardias custodiaban la puerta, así que se metió a una salta que estaba a lado de la habitación. Subió al balcón y cruzo al del príncipe. Al entrar, la habitación apenas tenía una luz tenue, y el príncipe dormía plácidamente.
—bien, acabemos con esto...— sonrió ladina.
Coloca sus manos cerca de la palma del príncipe, el sello apenas era visible. Comenzó creando un sello de purificación y uno para evitar el dolor. Aunque quería que sufriera, era una mala idea porque si se despierta, la descubren.
La purificación llevaba tiempo, el mana de luz borraba despacio las líneas de aquel sello sagrado. Finalmente, la última línea desaparece, pero, las puertas de la habitación se abren. Quien entra es Meredith, y al ver a aquella persona junto a la cama del príncipe saca su espada para atacar.
—¡guardias!, han intentado matar al príncipe.— grita la pelinegra.
Sylvia reacciona, evita el ataque, y corre hacía la ventana que da al balcón. Meredith lanza varias dagas, pero, la albina las esquiva con agilidad, hasta llegar al balcón. Sube al que esta arriba, antes de que Meredith pueda atacarla de nuevo.
Ante esto, la mujer llama a los guardias, y todos se movilizan, van a la alcoba del tercer piso para intentar atraparla, pero no logran. Meredith también sube por los balcones, casi alcanzando a la albina. Ambas llegan hasta la azotea, donde, la albina corre en busca de un lugar donde bajar, pero, Meredith empieza a atacarla.
—no saldrás de aquí...te atrapare y su majestad me dará una recompensa por salvar la vida del príncipe heredero.— sonríe con burla.
Sylvia no habla, solo, ataca con una daga que saca de su cinturón, el cual Meredith evita deteniendo el ataque con su espada. Los guardias también llega, así que, la albina debe de enfrentarse a ellos y a Meredith, lo cual poco a poco la va llevando cerca de la orilla.
—se acabó...estás muerte maldito...—
Meredith estaba por atacar usando su magia de fuego, pero, una sombra se asoma detrás de Sylvia, y se escucha un rugido. Era el dragón rojo que se para en la orilla de la azotea y lanza una ráfaga de fuego. Meredith se asusta que al retroceder cae sentada.
[Sube.] Le ordena inclinando su cuerpo.
Sylvia sube al lomo del dragón y este agita las alas mientras deja escapar otro rugido ante la mirada atónita de todos los guardias. El dragón se eleva perdiéndose en la oscuridad del cielo.
—n-no...no puede ser...el dragón...— balbucea la pelinegra.
Los guardias la ayudan a ponerse de pie, y le informan que el príncipe estaba bien, que, el asesino no había logrado hacerle nada.
En el cielo nocturno, el dragón rojo vuela lejos no muy lejos del palacio, hasta asegurarse de que los guardias se han ido de la azotea, así que baja hacia al jardín interno de su residencia. Ahí, se inclina para dejar que la albina baje.
[Eso fue muy arriesgado.]
—solo cumplía con mi parte del trato, señor dragón.— responde la albina mientras se quita la capucha.
[¿Y bien?] Pregunta.
La albina sonríe.— esta hecho, el sello desapareció, pero eso no garantiza que no exista alguien capaz de crearlo de nuevo.— responde.
[Eso...ya me ocuparé de eso. Mientras el sello haya sido removido por completo, Balthazar no podrá controlar a mi especie.]
Finalmente eran libres, y el príncipe empezará a desesperarse.
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Al día siguiente, cuando el príncipe despertó, Meredith le informa lo que había pasado, el asesino y como este, fue ayudado por el dragón rojo.
—e-eso es imposible...el dragón no puede...— murmura Balthazar.
—alteza, si esto llega a oídos de su majestad...ya he pedido a los guardias no hablar, pero, la noticia no podrá guardarse por mucho tiempo.— responde Meredith.
Balthazar aprieta las manos en la sábana, ese maldito dragón rojo estaba libre y además ayuda a quien ha intentado asesinarlo. Y lo peor, es que no ha tenido noticias del mago que prometió ayudarlo.
—ve y tráeme a ese mago...Malakor, me urge que refuerce el sello.— ordena.
—si alteza. Yo iré en persona por él.—
Meredith hace una reverencia y se retira, ordenando a los guardias que no permitan que nadie ajeno al palacio del príncipe entre a su alcoba.
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