Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 16: Cenizas de papel
^^^ (Narrado por Máximiliano)^^^
El sol del domingo no trajo ninguna tregua; apenas iluminó las paredes descascaradas de mi cuarto con una luz pálida y polvorienta que parecía burlarse del cansancio que arrastraba en los huesos. Me dolía todo el cuerpo, no por el trabajo físico en la ferretería de la esquina —a eso ya estaba más que acostumbrado—, sino por la furia sorda y constante que me quemaba las entrañas desde la noche anterior. Ver a Camila siendo arrastrada de esa manera por el imbécil de Mateo, ver la sumisión con la que ella se dejaba tratar a pesar de su fachada de reina intocable, me había revuelto el estómago de una forma que ni yo mismo sabía explicar.
Salí al pequeño corredor de la casa buscando un poco de aire fresco. Mi madre ya estaba despierta, sentada en la mesa de la cocina con su taza de café humeante y un cuaderno de cuentas abierto frente a ella. Las arrugas en su frente parecían más profundas que de costumbre, testimonio silencioso de una vida entera dedicada a sobrevivir sin pedirle un favor a nadie.
—Te ves agotado, Máx —dijo sin levantar la vista de las facturas, con esa voz suave pero cargada de una preocupación que siempre lograba desarmarme—. ¿Otra vez te quedaste hasta tarde estudiando química para el examen de la beca?
Me recargué contra el marco de la puerta, frotándome los ojos con la palma de la mano, intentando borrar la imagen de los ojos de Camila brillando en la oscuridad de la quinta.
—No fue la escuela, mamá —repliqué con voz ronca, pasándome los dedos por el cabello desordenado—. Fue el ambiente de siempre. Esa gente cree que puede comprarlo todo, que las personas son objetos que se usan y se tiran cuando se aburren de ellos.
Mi madre dejó la pluma sobre la mesa, se quitó los lentes de aumento y me miró fijamente con esos ojos cansados que parecían leerme el alma entera.
—Hijo, la gente rica no sufre por falta de dinero, pero su pobreza está en otra parte —dijo con una tranquilidad pasmosa, estirando su mano callosa para tocar la mía sobre la madera—. Se gastan la vida intentando demostrar que son dueños del mundo, cuando por dentro se están cayendo a pedazos. No te dejes arrastrar por su miseria. Tú tienes un propósito muy claro, y no vas a permitir que unos muchachos malcriados te aparten del camino.
Sus palabras fueron como un tónico amargo pero necesario. Asentí en silencio, besé su frente con respeto y me fui a cambiar de ropa. Necesitaba salir de esa casa, despejar la cabeza y concentrarme en lo único que verdaderamente dependía de mí: los libros, las fórmulas y el futuro que estaba construyendo a pulso para sacarnos de la pobreza.
Sin embargo, al llegar el lunes por la mañana a las puertas del Saint Mary’s Academy, la atmósfera en los pasillos se sentía extrañamente densa, cargada de murmullos a media voz y miradas de reojo que parecían buscar alguna reacción en mí. Me dirigí directamente a mi casillero en la esquina, ignorando los cuchicheos de los alumnos que se amontonaban junto a los ventanales.
Al abrir la puerta metálica, un sobre blanco y sin remite cayó al suelo con un golpe seco. Lo recogí con el ceño fruncido, dándole la vuelta lentamente. No tenía nombre, pero el papel era de una textura fina, costosa, de esa clase de papelería que solo se compraba en las tiendas exclusivas del centro comercial de la zona residencial.
—Vaya, vaya, parece que el becado recibió correspondencia de la realeza —burló una voz a mis espaldas. Era Julián, uno de los perros guardianes de Mateo, que pasaba por el pasillo flanqueado por dos amigos más, soltando una risa cínica—. Cuidado y te contagias de finura, Máximiliano. Aunque dudo que con ese sueldo te alcance para pagar lo que cuesta ese sobre.
Me giré lentamente, clavando en él una mirada tan fría y pesada que la sonrisa se le borró de inmediato de los labios.
—Si no tienes nada mejor que hacer que vigilar mi casillero, Julián, te sugiero que te largues a molestar a otra parte —le solté con la voz baja, calmada pero afilada como un trozo de vidrio roto—. O quieres que le recuerde a la dirección quién fue el gracioso que arruinó los escritorios del laboratorio la semana pasada?
Julián apretó la mandíbula, con el rostro enrojecido por la humillación de verse amenazado frente a los demás curiosos, pero optó por callar y dar media vuelta, haciéndome una seña a sus amigos para que se alejaran. Sabía perfectamente que yo no hablaba por hablar.
Cuando el pasillo volvió a quedarse relativamente tranquilo, abrí el sobre con dedos firmes. Dentro había una nota escrita a mano con una caligrafía apresurada, temblorosa, pero inconfundiblemente elegante. Decía pocas palabras, pero cada una de ellas golpeaba como un martillo en el centro del pecho:
"No todos los monstruos viven bajo la cama, a veces están sentados a tu lado sonriendo. Aléjate de mí antes de que sea demasiado tarde. C."
Me quedé mirando el papel durante largos segundos, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba de golpe. La inicial al pie de página no dejaba lugar a dudas. Camila.
Cerré el casillero con fuerza, guardando la nota en el bolsillo de mi pantalón, y comencé a caminar a zancadas hacia el ala principal del edificio. Ya no me importaba la discreción ni la política de pasar desapercibido que me había impuesto desde el primer día. Tenía que verla, tenía que mirarla a los ojos y arrancarle la verdad de lo que estaba pasando, porque por primera vez sentía que debajo de esa coraza de indiferencia y desprecio, la chica intocable del Saint Mary’s se estaba ahogando en el mismo infierno del que yo llevaba años intentando escapar.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto