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Embarazada del papá de mi mejor amiga

Embarazada del papá de mi mejor amiga

Status: Terminada
Genre:Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / La mimada del jefe / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.

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Capítulo 14

Capítulo 14

—¿Y adónde vamos, si se puede saber?

Él manejaba. Él mismo, sin chofer, con una mano en el volante y el brazo derecho tirado en el respaldo de mi asiento, tan cerca que sentía su calor sin que me tocara.

—Por un miembro de la familia —dijo.

—¿Cómo?

—Ya verás.

Media hora después estábamos frente a una casa en la Condesa con la fachada llena de plantas y un tapete en la puerta que decía, en letras grandes, "AQUÍ MANDAN LOS PERROS (Y UN GATO)".

Antes de que él tocara, la puerta se abrió de golpe.

—¡Max, hermano! —Un tipo despeinado, guapísimo y en pants, con un perro chihuahueño bajo cada brazo, nos abrió con una sonrisa de comercial—. Ya era hora, güey, tu hijo lleva dos días chillándole a la cámara como si lo hubiéramos abandonado. —Entonces me vio a mí y se le abrió la boca despacio, dramático, como quien descubre un tesoro—. Un momento. Un momentito. ¿Esta es...?

—Pato —lo cortó él—. Camila. Camila, Patricio Rivas. Mi mejor amigo. Ignóralo el noventa por ciento del tiempo.

—Mucho gusto —dije.

Pato me tomó la mano con las dos suyas, chihuahueños incluidos, y me miró como si me estuviera comparando con algo.

—No manches —murmuró—. Sí eres tú. En persona sales mejor. —Y le lanzó a él una mirada llena de segundas intenciones—. Ya, ya, no me mates con la mirada, güey. Pásenle.

Nos metió a una sala tomada por perros. Un labrador viejo levantó la cabeza del tapete y la volvió a bajar. Los dos chihuahueños se pusieron a ladrarle a él —al señor Montalvo, que se quedó muy tieso, con las manos en los bolsillos, mirándolos como quien mira un charco que no quiere pisar.

—No te van a hacer nada, Max, relájate —se rió Pato—. Todavía le tienes miedo a un perro de dos kilos. Y eso que manejas medio país.

—No le tengo miedo. Tengo el traje limpio.

—Ay, sí, el traje. —Pato me guiñó el ojo—. Este cuate es alérgico al desorden, ¿ya te diste cuenta? Una vez le tiré un café encima sin querer y casi le da el patatús. Dos años me lo cobró.

Yo pensé en una torta comida encima de mi escritorio revuelto, con salsa escurriéndole, y no dije nada. Pero algo se me apretó tantito en el pecho.

—Bombón ya está listo —siguió Pato—. Sobreviviendo a su tragedia.

Bombón resultó ser un gato enorme.

Un Maine Coon color caramelo, del tamaño de un perro mediano, con orejas de lince y una cara de indignación absoluta. Estaba tirado en un cojín, con un conito de plástico en el cuello, mirándonos a todos con el rencor de quien acaba de perder algo importante en el quirófano.

—Ya salió bien de la castración —dijo Pato, poniéndose serio de repente, en su modo veterinario—. Comió, hizo del baño, todo normal. Nomás trae el drama del cono. Dos días con eso y ya. —Se agachó y le rascó la cabezota—. ¿Verdad, campeón? Ya no vas a andar de rabo verde por los tejados. Ahora eres un gato de familia.

Él —el señor Montalvo, el hombre que le contestaba a Bárbara con dos sílabas— se agachó junto al cojín y le habló al gato en voz bajita, otra voz, una que yo no le conocía.

—¿Qué hubo, Bombón? —Le acarició detrás de la oreja, esquivando el cono con cuidado—. Ya pasó lo peor.

El gato entrecerró los ojos y le empujó la cabeza contra la mano.

Yo me quedé parada, con las llaves en la mano, tratando de acomodar en mi cabeza al magnate de mármol con este hombre que le decía cosas dulces a un gato con cono.

—¿Le quieres dar de comer, Camila? —Pato me acercó un puñito de croquetas—. A ver si ya sirvió el entrenamiento.

—¿El entrenamiento?

—Sí, pues. —Pato me puso las croquetas en la mano como si nada—. Extiéndele la mano. Va a venir derechito. Este gato te reconoce.

—¿Cómo me va a reconocer? Si nunca lo había visto en mi vida.

Pato se rió. Una risa traviesa, de niño que va a echar de cabeza a alguien.

—Ay, corazón. Él a ti no. Pero tú a él sí. —Y antes de que él pudiera pararlo, Pato soltó la bomba con toda la felicidad del mundo—: ¿A poco no te contó? Llevamos dos meses entrenándolo con tus fotos, mija. Que se te aprendiera la cara. Este cuate —señaló con el pulgar a su mejor amigo, que se había quedado tieso junto al cojín— me trajo como veinte fotos tuyas impresas para ponérselas mientras comía. Para que cuando llegaras a la casa, el gato ya te quisiera. —Se llevó una mano al pecho, muerto de risa—. Yo le dije, güey, esto es de psicópata enamorado. Pero él terco. "Que la reconozca desde el primer día." Palabras textuales.

El mundo se me quedó muy quieto.

—¿Fotos... mías?

—Veinte, corazón. Mínimo. —Pato disfrutaba cada segundo—. Desde antes de que te mudaras a la casa. Este —volvió a señalarlo— traía tu foto en la cartera como quinceañero. Nada más no lo digas que me mata.

—No traigo ninguna foto en la cartera —dijo él.

—Ay, sí. —Pato ni volteó a verlo—. La de la playera blanca. La que sacaste el otro día para enseñarme si te habías equivocado de talla en el regalo. Esa.

Se hizo un silencio. Uno de esos que pesan.

—¿Regalo? —dije yo, con un hilo de voz.

Ninguno de los dos me contestó. Él miró el piso. Pato, por primera vez en toda la tarde, entendió que a lo mejor había dicho una de más, y se rascó la nuca.

—Pato. —La voz de él salió baja, de advertencia. Se había enderezado junto al cojín, con la mandíbula apretada—. Ya.

—¿Qué? Si es la verdad. —Pato ni se inmutó—. Dos meses, corazón. "Ponle esta foto en el comedero, Pato." "Que la vea de perfil también, Pato." "No, esa no, en esa sale con lentes." —Imitó su voz grave, muerto de risa—. Yo nunca lo había visto así, te lo juro. Este señor no se pone así ni por un cierre de mil millones.

—Patricio. —Ahora sí, hueso.

Pero Pato ya iba lanzado, imparable, con una sonrisa de oreja a oreja, y remató mirándome directo a mí, guasón, feliz:

—Bienvenida a la familia, entonces. La futura señora Montalvo.

Se me cayó el puño de croquetas al suelo.

El gato se levantó de su cojín, arrastró el cono, cruzó toda la sala con su andar de rey ofendido, y se me restregó contra las piernas. Ronroneando. A mí. Como si de verdad me conociera de toda la vida. Como si de verdad me hubiera estado esperando.

Y yo me quedé ahí parada, con las croquetas regadas alrededor de mis zapatos, con un gato enorme ronroneándome en las piernas, y con la cara ardiéndome de una manera que ya no podía disimular.

Porque de golpe encajó todo. La suite. La tarjeta. El "tanto tiempo buscándote". El café como me gustaba. No era capricho. No era responsabilidad. No era el favor de un magnate a la amiga de su hija.

Ese hombre me había estado buscando. Guardando. Queriendo. Desde antes. Desde mucho antes de que yo cayera en su casa por un error de doña Reme.

Levanté la vista, temblando.

Él me miraba desde el cojín, todavía agachado junto al gato, con la mandíbula tensa y las orejas —el hombre más frío que había visto en mi vida— coloradas hasta la punta. No lo negó. No dijo que Pato exageraba. Se quedó ahí, atrapado, sosteniéndome la mirada, con veinte fotos mías impresas como única defensa.

Y a mí, que debía salir corriendo, que cargaba un secreto que nos iba a hundir a los dos, que era la mejor amiga de su hija, que traía dentro de mí la prueba de esa noche que ninguno de los dos había dicho en voz alta...

A mí se me derritió el corazón y se me heló la sangre al mismo tiempo.

Porque en ese instante, con el gato ronroneándome y él mirándome colorado desde el suelo, supe dos cosas con una claridad espantosa.

Que ese hombre me quería de verdad.

Y que cuando se enterara de quién era yo en la vida de Ximena —y de lo que estaba creciendo dentro de mí—, ese mismo amor iba a ser lo que lo destrozara.

1
Phaola Paez
lchevere
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