Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 9
Capítulo 9
La mañana siguiente llegó sin incidentes de baño.
Gracias a Dios.
Dante salió temprano a la oficina y yo fui después con el chofer. En mi escritorio encontré menos miradas, pero más silencios. Esos que dicen que todos saben algo y fingen no saberlo.
Lilia me dejó un café.
—Para que sobrevivas.
—Gracias.
—Camila ya se fue.
—Lo sé.
—Pero Lorena está en su oficina.
Eso sí me sorprendió.
Lorena había decidido aparecer.
No fui a buscarla. No tenía energía.
A media mañana, mi papá pidió una reunión breve con diseño. Nos informó que cualquier rumor personal dentro de la empresa sería sancionado. No mencionó mi nombre, pero todos entendieron.
Cuando terminó, Lorena me esperaba en el pasillo.
—¿Contenta? —preguntó.
—No empieces.
—Ahora todos creen que soy la mala.
La miré.
—Lorena, difundiste que robé a tu prometido.
—Yo estaba dolida.
—Y yo estoy cansada de pagar tus dolores.
Quiso responder, pero mi papá salió de la sala y la mirada bastó para que se callara.
Regresé a trabajar.
En la tarde, Dante mandó mensaje.
Tengo junta. Hoy pasará el chofer por ti.
No pasa nada, respondí.
Me sorprendió no sentirme ignorada. Me avisó. Eso ya era más de lo que muchos hacían.
Al salir, el señor Ramírez me esperaba.
—El señor Dante pidió que la llevara directo a casa.
—Gracias.
En el camino compré otra vez pastel de fresa. Sólo uno. Ya había aprendido.
Cuando llegué, doña Rosa sonrió.
—Señora Ximena, el señor Dante llamó. Dijo que cenara si tenía hambre, que él llegaría tarde.
—Está bien.
Comí sola.
La casa se sintió enorme.
No quería admitirlo, pero la presencia de Dante llenaba espacios. Incluso cuando estaba callado.
Subí, me bañé y revisé fotos de coches. Sofía mandó audios larguísimos explicando por qué una Porsche me quedaría perfecta y por qué una Ferrari sería “demasiado amante joven de telenovela”.
Me reí sola.
Dante llegó cerca de las diez.
Yo estaba sentada en la cama con la laptop abierta, buscando precios.
—¿Coches? —preguntó.
—Sí.
Se acercó y miró la pantalla.
—La Cayenne es buena opción.
—Sofía dice que combina conmigo.
—Entonces la vemos.
—¿Compras todo así de rápido?
—Cuando no hay razón para esperar.
Lo miré.
—Debe ser bonito vivir con esa seguridad.
Dante se quedó callado.
—¿Tú dudas mucho?
—Cuando creciste como la opción que nadie elegía primero, aprendes a dudar hasta de lo bueno.
No sé por qué lo dije.
Tal vez porque estaba cansada.
Dante me miró de una forma distinta.
—Aquí no eres segunda opción.
Sentí un nudo.
Quise responder algo ligero, pero no pude.
—Voy a bañarme —dijo, dándome salida.
Esa noche, cuando se acostó, me abrazó sin preguntarme.
Y yo no me aparté.
El sábado fuimos a ver coches.
Sofía casi se desmaya cuando le mandé foto desde la agencia.
La Porsche Cayenne gris perla estaba frente a mí, elegante, potente y tan fuera de mi antigua vida que me dio risa.
—¿Te gusta? —preguntó Dante.
—Mucho.
—La llevamos.
—¿No quieres revisar más opciones?
—¿Quieres revisar más opciones?
Miré el coche.
—No.
—Entonces no.
Así fue.
Firmó, pagó, organizó entrega y seguro. Todo en menos tiempo del que yo tardaba antes escogiendo zapatos en oferta.
Mientras firmaba, se remangó apenas la camisa. Me quedé viendo la vena de su mano más de la cuenta y tuve que mirar el coche para disimular.
—Vas a manejarla cuando esté lista —dijo.
—¿Y si la rayo?
—Se arregla.
—Tú siempre dices eso.
—Porque es verdad.
Después comimos fuera. La conversación siguió siendo un poco torpe, pero ya no tan ajena. Le conté cosas de la universidad, de diseño, de Sofía. Él habló poco, pero escuchó.
De verdad escuchó.
Por la tarde volvimos a casa. Doña Rosa nos recibió con una sonrisa que intentó esconder y no pudo.
—Se ven como recién casados.
—Somos recién casados —respondió Dante.
Yo me puse roja.
Doña Rosa se fue a la cocina riéndose bajito.
Esa noche, mientras cenábamos, Dante me sirvió agua antes de que yo la pidiera. Luego me acercó el plato de costillas. No hizo ningún comentario, pero recordaba qué me gustaba.
Pequeñas cosas.
Peligrosas cosas.
Porque una se acostumbra.
Después de cenar, subimos. Yo estaba cansada, pero de buen humor. Me senté en la cama y revisé los mensajes de Sofía.
Ella había escrito:
Amiga, entre coche, joyas y hombre guapo, tú ya no estás sobreviviendo. Estás comiendo con cubiertos de oro.
Le respondí:
No exageres.
Y ella:
No me vengas con humildad falsa. Ese hombre te está tratando como esposa de verdad.
Me quedé mirando la pantalla.
Esposa de verdad.
Dante salió del baño con el cabello húmedo.
—¿Qué lees?
—Sofía siendo Sofía.
—Parece intensa.
—Lo es.
—Bien. Alguien tiene que acompañarte cuando yo no pueda.
Lo dijo tan normal que me dejó sin defensa.
—¿Te importa eso?
—Claro.
—¿Por responsabilidad?
—También.
También.
No pregunté qué significaba lo demás.
No me atreví.
Nos acostamos. Él apagó la luz y me acercó a su pecho.
La tela de su camiseta me rozó la mejilla. Olía a jabón y a él. Me quedé tiesa un segundo, luego aflojé los hombros, despacio, para que no notara cuánto me gustaba.
—Dante.
—¿Sí?
—Gracias por el coche.
—Otra vez gracias.
—Estoy intentando reducirlo.
—Vas lento.
Me reí bajito.
Él no se rió, pero sentí su pecho moverse.
—Buenas noches, Ximena.
—Buenas noches.
Me dormí con la mejilla pegada a su camiseta.
No me moví.