Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capítulo 10
La llamada de Arthur a las ocho de la mañana había sido el detonante del pánico. El abogado principal le había advertido, con su típica voz de funeral, que el Departamento de Asuntos Infantiles no se tomaba a la ligera la custodia temporal de emergencia. "Van a hacer una inspección sorpresa, Ethan. Quieren ver si eres un tutor responsable o simplemente un millonario caprichoso con un accesorio nuevo. Si van a tu penthouse y no estás, o si ven que dejaste a la niña sola con la niñera mientras tú estás de fiesta en la oficina, el juez revocará la orden en un segundo".
La solución de Ethan Vance, por supuesto, fue radical, corporativa y completamente absurda.
A las nueve y media, las puertas de cristal de la Torre Vance se abrieron de par en par. Los empleados del vestíbulo se quedaron petrificados en sus puestos, los guardias de seguridad olvidaron cómo parpadear y las secretarias soltaron sus tazas de café.
Por el pasillo principal de mármol avanzaba Ethan. Vestía un traje de tres piezas color gris carbón hecho a medida, zapatos de charol relucientes y unas gafas de sol oscuras que le daban el aspecto de un mafioso de película. Pero lo que rompió el Internet corporativo fue lo que empujaba con su mano derecha: un cochecito de bebé de tres ruedas, de un color rosa fluorescente tan brillante que casi requería usar protector solar para mirarlo.
Dentro del cochecito, la pequeña Mia iba plácidamente dormida, luciendo un gorrito con orejas de oso. Detrás de ellos, caminando a paso apresurado y cargando una mochila gigante con estampado de jirafas, venía Julia, conteniendo la risa con todas sus fuerzas.
—Señor Vance, sigo pensando que esto es una ridiculez —susurró Julia, apurando el paso para quedar a su lado mientras subían al ascensor privado—. Traer a una bebé de tres meses a una torre corporativa solo para impresionar a un asistente social invisible es el peor plan de negocios que ha diseñado.
—Silencio, Julia. Se llama "estrategia de visibilidad proactiva" —respondió Ethan, quitándose las gafas de sol con un movimiento dramático de muñeca—. Si ese inspector viene a buscarme, verá que soy un padre moderno, multitarea y cien por ciento comprometido. Además, este cochecito rosa demuestra que no le temo a romper los estereotipos de género de los que te quejabas ayer. Es marketing puro.
Las puertas del ascensor se abrieron en el piso de la alta gerencia. Ethan avanzó con el cochecito rosa directo hacia la sala de juntas principal, donde los diez inversores más importantes del país lo esperaban para discutir la fusión de una cadena de hoteles.
Giselle, su secretaria, corrió hacia él con los ojos desorbitados.
—¡Señor Vance! La junta ya empezó, están esperando su presentación sobre los gráficos de rendimiento, pero... ¿qué es eso? ¡¿Es un humano?!
—Es mi hija, Giselle. Y este es su vehículo oficial de transporte masivo —declaró Ethan sin detenerse, empujando la puerta doble de roble de la sala de juntas con el pie.
El silencio que cayó sobre la sala fue tan denso que se podía haber escuchado caer un alfiler. Los diez directores, hombres mayores vestidos de negro y con caras de pocos amigos, se quedaron mirando el cochecito rosa que Ethan estacionó justo en la cabecera de la mesa, al lado de su silla de piel.
—Buenos días, caballeros —anunció Ethan, sentándose con la mayor naturalidad del mundo y abriendo su computadora portátil—. Disculpen el retraso. Tuve un problema de logística en el sector de pañales. Comencemos con el análisis del segundo trimestre. Arthur, proyecta los gráficos.
Los directores se miraron entre sí, tragando saliva. Nadie se atrevía a decir nada. Ethan Vance era un tiburón que podía destruir sus carreras con una sola llamada; si el jefe quería llevar un cochecito rosa a la reunión de fusión más importante del año, ellos simplemente fingirían que era la nueva moda en Wall Street.
La reunión avanzó durante veinte minutos en una tensión insoportable. Arthur explicaba las gráficas de barras mientras Ethan asentía, anotando números en su pantalla. Todo iba perfecto. El plan de "padre responsable" estaba funcionando.
Hasta que Mia se despertó.
La bebé no lloró. Simplemente abrió los ojos, miró las luces del techo y dejó salir un quejido sordo. Ethan, sintiendo el pánico regresar, estiró la mano hacia abajo y comenzó a mecer el cochecito rosa de adelante hacia atrás con una velocidad un poco exagerada, mientras seguía mirando la pantalla de la proyección.
—Como pueden ver, el margen de beneficio neto aumentó un doce por ciento... —decía Ethan, acelerando el vaivén del cochecito.
De repente, un ruido acústico, largo, vibrante y sumamente ruidoso retumbó en las paredes de madera de la sala de juntas. Un eco inconfundible que no provenía de ninguna falla en el sistema de sonido.
¡Pfrrrrruuuut!
El director de finanzas, un hombre de sesenta años, se puso rojo como un tomate y se acomodó el cuello de la camisa, mirando hacia el suelo. Los demás inversores abrieron los ojos como platos, conteniendo la respiración.
Ethan se quedó congelado, con la mano aún en el manubrio del cochecito.
—Señor Vance... —comenzó Arthur, con la voz temblorosa—, ese... ese indicador de mercado sonó bastante... gaseoso.
Antes de que Ethan pudiera inventar una excusa corporativa, la puerta de la sala de juntas se abrió de golpe. Julia entró sin pedir permiso, ignorando las miradas de los millonarios, y caminó directo hacia Ethan.
—Se lo dije, señor Vance. Le dio el biberón demasiado rápido antes de salir y no le sacó el aire —le reclamó Julia en voz alta, arrebatándole el biberón de leche que Ethan tenía escondido junto a sus carpetas de acciones—. Mire cómo lo tiene agarrado. Parece que está sosteniendo un fajo de billetes, no el alimento de su hija. La tetina está vacía, le está haciendo tragar puro aire. ¿Es que no lee las instrucciones de la vida real?
—¡Julia, estoy en medio de una fusión multimillonaria! —siseó Ethan en un susurro furioso, con la cara ardiendo de vergüenza mientras los diez directores lo miraban con la boca abierta—. ¡Aplica el protocolo de evacuación de gases en silencio!
—No hay ningún silencio cuando se trata de un cólico, señor Vance —sentenció Julia, sacando a Mia del cochecito rosa con una destreza envidiable—. Venga, póngasela en el hombro. Usted es el papá responsable, ¿no? Demuéstrelo ante su junta de tiburones.
Los inversores observaron, en un estado de fascinación hipnótica, cómo el temido Ethan Vance se ponía de pie, se acomodaba a la bebé contra el hombro de su saco de diseñador de tres mil dólares y comenzaba a darle palmaditas rítmicas en la espalda mientras miraba la pantalla de las proyecciones.
—Como... como les decía —continuó Ethan, con la voz un octavo más aguda, dándole un golpe suave al bebé—, la adquisición de los hoteles... ¡pam, pam!... nos dará una ventaja competitiva en el mercado europeo... ¡pam, pam!... Julia, ¿así está bien?
—Más arriba, señor Vance. No le está pegando a una bolsa de boxeo, es una bebé —lo corrigió Julia desde el borde de la mesa, cruzándose de brazos con una sonrisa de victoria—. Y muévase un poco. El rebote ayuda.
El rey de los negocios comenzó a balancearse de un lado a otro, dando pequeños saltos en sus zapatos de charol frente a los hombres más ricos del país, mientras sostenía a una bebé que empezó a masticarle la solapa del saco.
Finalmente, Mia dejó salir un eructo sonoro que pareció el aplauso final de la reunión, seguido de un hilo de baba que aterrizó directamente sobre la costosa tela gris del traje de Ethan. La bebé soltó una risita feliz y se quedó en paz.
Los directores se quedaron en silencio por tres segundos eternos. De repente, el inversor más anciano y duro de la mesa comenzó a aplaudir lentamente.
—Brillante, Vance —dijo el anciano, con los ojos llorosos de la risa—. Un hombre que puede manejar un cólico infantil infantil y una fusión de cuarenta millones de dólares al mismo tiempo es el tipo de líder en el que quiero invertir mi dinero. Tienes mi voto para la fusión.
Todos los demás directores comenzaron a aplaudir y a firmar los contratos. Ethan se quedó estupefacto, con la saliva goteando por su hombro y la bebé balbuceando en su oreja. Miró a Julia, quien le guiñó un ojo desde la puerta mientras empujaba el cochecito rosa de regreso al pasillo.
El tiburón de la bolsa de valores había ganado la negociación más extraña de su vida, pero le había costado la camisa, el saco y la poca dignidad que le quedaba frente a su niñera.