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Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.
Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.
Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.
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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 14: EL REFUGIO EN EL BOSQUE
El portazo de la puerta principal resonó como un trueno en toda la casa, y en cuanto el sonido se apagó por completo, el silencio que quedó fue mucho más pesado, frío y peligroso que cualquier grito o amenaza dicha en voz alta. Dante se giró hacia nosotros de golpe, y aunque su rostro seguía serio y duro como una roca tallada, en el fondo de sus ojos negros se leía la certeza helada de que el tiempo se nos había acabado del todo. Dio pasos largos y rápidos hasta donde estábamos, se arrodilló frente a mí sin importarle en absoluto el suelo frío y limpio, y puso una mano firme y caliente sobre cada uno de mis hombros, mirándome fijamente a los ojos sin desviar la mirada ni un solo instante.
—Ella no va a detenerse —dijo con voz baja, grave y cargada de una seguridad absoluta—. Al marcarle un límite y plantarle cara de esa manera solo logramos enfadarla de verdad. Ahora sabe con certeza dónde vivimos, sabe de ti, de Mia y del bebé que llevas dentro. No va a descansar ni un minuto hasta encontrar la forma de separarnos. Esta casa ya no es nuestro hogar, se convirtió en una trampa abierta y a la vista de todos. Tenemos que irnos. Ahora mismo, sin perder ni un segundo.
Me llevé instintivamente una mano al vientre redondo, firme y pesado bajo la tela suave de la camisa. Todavía faltaban cuatro meses completos para el nacimiento, y cada día que pasaba crecía un poco más, me cansaba el doble y me costaba más moverme con rapidez o hacer esfuerzos fuertes, y sin embargo la calma que tanto habíamos buscado y por la que tanto habíamos luchado ya no existía de verdad entre aquellas cuatro paredes. A mi lado, Mia se aferró con mucha fuerza a mi pierna con ambas manitas pequeñas, delgada y temblorosa de pies a cabeza, con su osito de peluche viejo y desgastado apretado con todas sus fuerzas contra el pecho y los grandes ojos oscuros, idénticos a los míos, llenos de un miedo contenido que casi se podía tocar con las manos.
—¿A dónde iremos? —pregunté con la voz entrecortada y seca por la emoción contenida—. No tenemos ningún otro lugar al que ir, ella lo tiene todo, lo controla todo, lo sabe absolutamente todo…
—Tengo un lugar —me cortó él de inmediato, y me tomó la mano con fuerza pero al mismo tiempo con una ternura infinita, apretándola con fuerza contra su propio pecho donde su corazón latía fuerte, regular y seguro—. Una cabaña pequeña, construida toda de madera oscura, muy adentro del bosque que queda al norte, a casi tres horas de camino desde la ciudad. La compré siendo muy joven, años antes de siquiera saber que tú existirías en mi vida, solo para tener un sitio al que huir cuando todo el mundo, el poder y las obligaciones me agobiaran demasiado, un rincón donde nadie me pidiera nada, nadie me juzgara y nadie supiera siquiera que yo existía. No está registrada a mi nombre en ningún papel oficial, no sale en ningún documento, plano ni catastro, ni siquiera mi propia madre sabe que está ahí ni que existe. Es el único lugar de todo el planeta donde seremos realmente invisibles. Allí nadie nos buscará, allí nadie nos encontrará, allí podremos estar seguros por fin.
Mia levantó la carita pálida y bañada de lágrimas ya secas, tragó saliva con mucha dificultad por el nudo que tenía en la garganta y le habló en un susurro tan bajito que casi no llegaba a nuestros oídos.
—¿Allí… allí no vendrá nunca más la señora de la voz fría y fea?
Dante le pasó el dorso de los dedos muy suavemente por la mejilla huesuda y fría, y en un instante toda la dureza, la fuerza y la autoridad del alfa más poderoso y temido de la ciudad se le derritieron por completo en la mirada hasta volverse solo dulzura, calma y protección.
—Te lo juro por todo lo que soy y por todo lo que tenemos, pequeña. Allí ella no llega. Ni ella, ni nadie del mundo de allá afuera. Solo estaremos nosotros tres, el bebé que viene en camino, los árboles grandes, el viento entre las ramas y el silencio. Nada malo podrá tocaros nunca más mientras yo esté con vosotros.
No perdimos ni un solo segundo más. Nos movimos con prisa controlada, sin gritos, sin carreras desordenadas ni nervios que nos traicionaran, sabiendo perfectamente que cualquier ruido de más o cualquier luz encendida de más podía delatarnos antes siquiera de salir. Dante se encargó solo de las dos maletas grandes de lona resistente, de cargarlas él sin dejarme levantar ni el peso más mínimo, de cerrar con llave y asegurar puertas y ventanas como si nunca más fuéramos a volver a cruzarlas. Yo me moví muy despacio por toda la casa, agarrado siempre a los marcos de las puertas o a la barandilla ancha y maciza de las escaleras, con una mano clavada siempre sobre mi embarazo como por instinto, y metí en una bolsa de tela gruesa solo lo verdaderamente indispensable: ropa abrigadora para los tres, las cajitas exactas con los medicamentos de Mia y todas sus recetas médicas, los informes y análisis completos, las cuatro fotografías pequeñas que nos quedaban de nuestros padres y el cuaderno de tapa dura donde llevo apuntado cada control, cada movimiento y cada semana que avanza el embarazo. Mia caminaba pegada a mi falda sin separarse ni un solo centímetro, y en su bolso de cuerda pequeño solo guardó tres cosas con mucho cuidado: su caja metálica con lápices de colores, el osito de peluche del que nunca se separa ni para dormir, y el dibujo que había hecho de la familia entera, aquel que habíamos planeado colgar para siempre sobre la cabecera de la cuna y que ahora apretaba contra su pecho como si fuera el amuleto más poderoso de todo el mundo. Se detuvo de golpe en medio del pasillo justo antes de salir y me miró con los ojos muy abiertos y serios.
—¿Nos lo llevamos siempre con nosotros, verdad? ¿Nunca en la vida lo tenemos que dejar atrás por nada?
Me agaché lo máximo que me permitía el tamaño y el peso de la barriga, la abracé por los hombros con un solo brazo y la besé con mucha fuerza en la frente, justo en medio del cabello oscuro.
—Eso es lo más valioso que tenemos en el mundo entero. Eso nunca, jamás, lo abandonamos por nada ni por nadie.
Salimos por la puerta trasera de madera maciza, la que daba directamente al jardín trasero y al camino de tierra que se adentraba poco a poco entre los árboles, sin encender ninguna luz exterior, sin hacer ruido y casi sin mirar atrás hacia la casa grande, luminosa y ordenada que apenas habíamos empezado a llamar hogar y que ya nos veíamos obligados a dejar atrás para siempre. Dante había aparcado el vehículo grande y oscuro casi quinientos metros más abajo del camino, oculto completamente entre la vegetación espesa y alta, con los cristales totalmente negros por fuera y el motor ya caliente y listo para arrancar en cuanto cerráramos las puertas por dentro. Me ayudó a sentarme con muchísimo cuidado en el asiento del copiloto, reclinó el respaldo todo lo que pudo para que mi espalda baja no sufriera con los movimientos del camino y me extendió por encima de las piernas una manta gruesa de lana muy suave y abrigadora. Mia subió al asiento trasero, se recostó cómoda entre los cojines grandes y se quedó agarrada con una mano de la mía que le pasé por detrás del respaldo y con la otra del peluche que no soltaba.
El viaje duró casi tres horas enteras, y fuimos dejando atrás poco a poco y de forma gradual las luces amarillas, el ruido constante de motores y el bullicio de la ciudad, luego las carreteras más anchas y transitadas, después los pueblos pequeños con sus farolas encendidas una por una, hasta que por fin entramos en una senda estrecha de tierra suelta y piedras redondas donde solo cabía un coche, flanqueada a ambos lados por árboles inmensos y oscuros cuyas copas se entrelazaban muy arriba formando un techo natural cerrado que casi no dejaba pasar ni la luz blanca de la luna. Afuera era noche cerrada, luna casi llena y un frío cortante que se sentía incluso a través del metal grueso y la carrocería, pero dentro el aire estaba tibio y olía a la fragancia amaderada y lluviosa que Dante desprendía de forma natural, ese aroma que mi instinto de omega reconoce al instante y sin dudar como refugio, calma y seguridad absolutas. Él conducía extremadamente lento, sorteando cada bache, cada raíz saliente y cada curva cerrada con mucha paciencia y delicadeza, evitando por todos los medios cualquier movimiento brusco que pudiera molestarme o despertar a Mia, que se quedó profundamente dormida a los diez minutos de haber salido, rendida por el susto fuerte, la emoción contenida y el cansancio acumulado de toda la tarde. Varias veces me miró de reojo sin apartar demasiado la vista del camino, y cada vez que nuestras miradas se cruzaban me apretaba con fuerza la mano que descansaba quieta y firme siempre sobre la curva redonda de mi vientre, sin necesidad de pronunciar ni una sola palabra para decirme que estábamos bien, que íbamos bien y que ya casi habíamos llegado al final del camino.
Cuando por fin detuvo el motor por completo y apagó también las luces delanteras y traseras, reinó a nuestro alrededor un silencio tan grande, profundo y absoluto que al principio me costó varios minutos acostumbrarme por completo a él. No había motores, ni voces, ni pasos, ni campanas, ni ruidos de ninguna clase que vinieran de seres humanos. Solo se oía el viento moviendo muy despacio las copas altas de los pinos y el canto lejano y suave de un búho escondido en la oscuridad. Bajamos muy despacio los tres. El aire helado me golpeó la cara y las manos de inmediato, puro, limpio y cargado de ese olor intenso a resina, tierra mojada y musgo verde que solo se huele muy lejos de todo lo construido por la mano del hombre. Dante me tomó del brazo firmemente para sostenerme en todo el trayecto del sendero estrecho, y con el otro brazo llevaba a Mia dormida en alto con una facilidad increíble, como si no pesara absolutamente nada en absoluto.
Al final del camino, entre los troncos gruesos y antiguos y bañada entera por la luz blanca y plateada de la luna llena, apareció la cabaña. Era pequeña, de planta baja única, construida íntegramente con maderas oscuras y envejecidas por el paso de muchos años, techo inclinado de tejas de barro rojizo, una chimenea alta de piedra natural que salía por uno de los costados y una sola ventana grande de madera con marcos gruesos mirando hacia el claro abierto. No era lujosa, ni amplia, ni nueva ni perfecta ni nada parecido a la mansión brillante y ordenada de la ciudad, pero en el momento exacto en que la vi sentí una certeza inmediata y muy fuerte en lo más hondo del pecho: nadie nos iba a encontrar allí jamás.
—Es solo nuestra —me susurró muy cerca del oído, con el aliento tibio rozándome suavemente la sien—. De nadie más en todo el mundo.
Al entrar el aire olía exactamente igual que fuera, sumado a un aroma suave a leña quemada hacía mucho tiempo y polvo guardado con respeto durante años. Todo era muy sencillo y funcional: en el centro de la estancia principal estaba la chimenea grande de piedra tosca y sin pulir, a un lado un banco ancho de madera maciza y un sofá bajo forrado de cuero curtido muy oscuro, al fondo la cocinita de hierro fundido con estufa integrada, y detrás de una puerta entreabierta la única habitación con la cama grande de troncos labrados a mano y el armario rústico sin pintar ni barnizar. No había luces eléctricas modernas, ni electrodomésticos brillantes, ni muebles de diseño ni absolutamente nada que recordara al mundo de dinero, poder, apariencias y obligaciones del que acabábamos de huir para siempre. Solo lo justo, necesario, cálido y verdadero. Dante dejó a Mia recostada con infinito cuidado sobre el colchón grueso y mullido de la cama, la cubrió bien hasta el cuello con dos mantas de lana gruesa de dibujos tradicionales, y le acarició el cabello oscuro y lacio varios minutos seguidos hasta estar completamente seguro de que seguía profundamente dormida y tranquila. Después volvió conmigo, me ayudó a caminar hasta el banco ancho colocado justo frente al hogar y salió unos pocos minutos al porche cubierto para traer leña seca partida y yesca bien guardada bajo techo y protegida de la lluvia y la humedad.
Poco después la primera llama pequeña y azul apareció tímida entre las piedras, fue creciendo poco a poco, se volvió dorada, naranja intensa y roja profunda, y empezó a bailar y a crujir llena de vida, tiñendo cada rincón, cada viga gruesa del techo y cada pared de madera de colores cálidos y cambiantes, y repartiendo su calor despacio, suave y parejo por todo el espacio frío que había guardado silencio tanto tiempo. Me acomodé lo mejor que pude con las piernas estiradas y ambas manos puestas siempre sobre la curva grande y dura de mi embarazo. Dante se arrodilló despacio en el suelo de tierra apisonada entre mis piernas, sin prisa, sin prisas, sin nada más que hacer por fin que simplemente estar allí presente y cerca. Me tomó las dos manos entre las suyas, grandes, ásperas por el trabajo y muy calientes, y las besó una por una muy lentamente en los nudillos, en la palma y en la muñeca, como si quisiera pedir perdón con cada roce por todo el dolor, el miedo y la huida.
—Lo siento tanto —repitió con la voz ronca y quebrada por la emoción contenida hacía rato—. Te prometí paredes estables, días tranquilos, noches de sueño profundo sin miedo, un hogar del que nunca tuviéramos que salir corriendo ni mirar atrás… y a los pocos días ya te tengo otra vez en la carretera, escondiéndonos y huyendo otra vez. Tú, Mia y este pequeño que llevas dentro… no merecéis vivir siempre a la defensiva, con el corazón en la mano. Merecéis quedaros quietos, descansar de verdad, crecer sin amenazas colgando encima de la cabeza cada instante.
Le pasé una mano despacio por el cabello negro desordenado y lo obligué con mucha suavidad a levantar la cara hasta que sus ojos negros se encontraron directo y fijamente con los míos.
—Esto no es huir —le dije con toda la calma y toda la verdad que llevaba guardada dentro desde hacía años—. Huir es ir sin rumbo fijo, sin saber si vas a sobrevivir siquiera al día siguiente, solo y asustado sin nadie que te tienda la mano. Esto es buscar el único lugar del mundo donde nadie tiene derecho a juzgarnos, a gritarnos ni a amenazarnos por ser como somos. Y aquí, dentro de estas cuatro paredes de madera rústica, contigo a mi lado, con Mia durmiendo tranquila al fondo y con esta vida moviéndose fuerte y viva dentro de mí… ya estoy en casa. Nada más me hace falta en el mundo.
Suspiró hondo y muy largo, como si con ese solo aire estuviera sacando de una vez para siempre todo el peso, la culpa y la responsabilidad inmensa que había cargado sobre sus hombros durante décadas, y apoyó ambas palmas con una ternura infinita una a cada lado de mi vientre redondo. Fue justo en ese instante preciso cuando el bebé dio una patada larga, fuerte y muy clara que se sintió con toda claridad contra su piel a través de la tela delgada de la camisa. Una sonrisa verdadera, grande, limpia y sin ninguna máscara de poder, autoridad ni estatus le iluminó todo el rostro por primera vez desde que sonó el timbre con tanta fuerza aquella tarde.
—Cuatro meses —murmuró bajito, casi hablándole solo al pequeño que llevaba dentro—. Cuatro meses más y por fin lo tendremos aquí entre nuestros brazos, calientito, seguro y a salvo para siempre. Y para entonces todo lo malo, todo lo que nos hizo daño y todo lo que nos persigue sin descanso habrá quedado muy, muy atrás, lejos de aquí. Solo quedaremos nosotros. Nada más y nada menos.
Nos quedamos así en silencio durante un buen rato, mirando cómo las llamas crecían y menguaban al ritmo del crujir suave de la madera seca, escuchando solo el fuego vivo y la respiración pausada y tranquila de Mia desde la habitación del fondo. Por unos instantes todo pareció estar realmente en paz, como si el mundo entero de afuera, Victoria, los rumores, el dinero, el apellido y todo el poder simplemente hubieran dejado de existir para nosotros tres. Pero muy en el fondo, en el lugar más callado y profundo del pecho, ambos sabíamos la verdad que ninguno dijo en voz alta en toda la noche. Habíamos logrado escondernos muy bien, sí, pero la señora Valente no era mujer que se rindiera ni que olvidara ofensas, y por muy profundo que estuviéramos metidos en aquel bosque antiguo, silencioso y protector, su sombra fría, calculadora y despiadada todavía nos seguía muy de cerca, esperando solo el descuido más pequeño y breve para volver a atacarnos con toda su fuerza sin piedad alguna.
FIN DEL CAPÍTULO 14