Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 18: La Infiltración de la Villana
El agua residual goteaba de los techos arqueados de los pasadizos subterráneos del Castillo de Ceniza, quebrando el silencio con un eco húmedo y monótono. Un olor a moho, piedra vieja y azufre impregnaba las catacumbas. De entre la oscuridad de los túneles más profundos, una silueta esbelta avanzaba con paso firme, evitando los charcos de lodo que cubrían el suelo de piedra.
Era Irina Volkov. La orgullosa loba de alta alcurnia de la Manada Colmillo de Plata vestía una pesada capa encantada tejida con hilos de seda de araña de la penumbra, un artefacto prohibido que camuflaba por completo su olor y su firma mística. Si las sombras del castillo la detectaban, estaba muerta; pero la desesperación que cargaba en el pecho superaba cualquier instinto de preservación.
Al cruzarse con la luz mortecina de un hongo fluorescente en la pared, el rostro de Irina quedó expuesto. La belleza impecable, aristocrática y perfecta que solía exhibir en las reuniones de las manadas se había evaporado. Sus mejillas estaban hundidas, su piel lucía una palidez enfermiza y unas profundas ojeras oscuras dominaban sus ojos. No era solo el estrés de la infiltración; la podredumbre y la agonía del Alpha Logan la estaban arrastrando a ella también.
Como la loba elegida para sustituir a Astra, su propio núcleo místico estaba ligado al estatus de la manada, y el colapso político y físico de su prometido amenazaba con destruir el estatus militar de su familia para siempre. Estaba perdiéndolo todo por culpa de una Omega desterrada.
Para lograr cruzar las fronteras del Bosque de las Cenizas sin ser destrozada por los híbridos, Irina había tenido que pagar una auténtica fortuna en monedas de oro ancestrales a un contrabandista de los suburbios. A cambio, había obtenido un mapa arrugado y manchado de las alcantarillas y los accesos olvidados del Castillo de Ceniza, túneles construidos antes de que Valerius se asentara en el trono.
Su plan era simple, directo y absolutamente despiadado.
"Si esa rata muere, el lazo se extingue por completo. No habrá mate a la que regresar, la maldición del rechazo se romperá por la fuerza del vacío y Logan recuperará su poder místico para hacerme su verdadera Luna", se repetía a sí misma en un bucle mental de pura locura.
Irina asumía que a estas horas de la madrugada, Astra estaría durmiendo indefensa en alguna de las habitaciones, desprovista de la protección del Rey Hereje. Desenvainó una daga de plata pura con empuñadura de hueso, cuya hoja de doble filo goteaba un líquido viscoso, translúcido y letal: veneno de acónito concentrado. Una sola gota de esa sustancia en el torrente sanguíneo de un licántropo era capaz de disolver sus órganos internos y apagar su loba en cuestión de segundos. Irina apretó los dientes, sus uñas perforando el cuero de sus guantes. Estaba a unos pocos niveles de cumplir su cometido.
Mientras tanto, en el segundo piso del castillo, la majestuosa galería de retratos permanecía en penumbra. Astra caminaba sola por el pasillo alfombrado en terciopelo rojo, dejando atrás la biblioteca real. Su mente aún procesaba el calor del pecho de Valerius y el latido desbocado de su corazón inmortal. La confesión del Hereje había borrado cualquier rastro de duda en su alma; se sentía plena, protegida y, por primera vez en su vida, amada por lo que realmente era.
De repente, un crujido casi imperceptible en las alturas del salón rompió la calma. Su aguzado oído de loba del eclipse captó el siseo del aire siendo desplazado.
¡¡¡FUSH!!!
Una silueta cayó pesadamente desde las gigantescas vigas de madera del techo gótico, bloqueándole el paso por completo.
Irina se despojó de la capa encantada con un movimiento violento de su brazo utilizable, revelando sus ropas de asesina y la daga que brillaba con el reflejo de la luna que entraba por los ventanales. Sus ojos fijos en Astra se inundaron de una envidia purulenta y destructiva. Al ver el impresionante vestido de seda de Astra, su piel radiante y la diadema de obsidiana que coronaba su cabeza, Irina sintió que la bilis le quemaba la garganta. El glow-up de la mujer que una vez consideró basura era un insulto directo a su propia existencia.
—Mírate... —siseó Irina, su voz temblando por el odio reprimido, enseñando unos colmillos deformados por la desesperación— Una maldita rata de cocina que limpiaba las botas de mis sirvientes, ahora jugando a ser de la realeza. Eres solo una paria muerta de hambre que se esconde detrás de las faldas de un monstruo híbrido. Sin él, sigues siendo la misma Omega insignificante que Logan tiró al fango. ¡Muérete de una vez!
Con un grito histérico que rompió el silencio de la galería, Irina se impulsó hacia adelante a velocidad sobrenatural, ejecutando una estocada violenta y desesperada con la daga de acónito, apuntando directo al centro del corazón de Astra.
El acero envenenado cortó el aire con un zumbido mortal, acercándose a milímetros de su pecho.
Sin embargo, Astra no retrocedió. No cerró los ojos, no gritó por ayuda ni invocó el nombre de Valerius. Permaneció estática, con una sonrisa gélida y despectiva dibujándose en sus labios perfectos.
En un despliegue espectacular de reflejos divinos, potenciados por la sangre real que corría por sus venas, Astra movió su mano derecha como un relámpago plateado.
¡¡¡ZAS!!!
La punta de la daga se detuvo a escasos dos centímetros de la seda de su vestido. Astra había estirado el brazo e interceptado el ataque, atrapando la muñeca de Irina firmemente en el aire. La fuerza del impacto generó una pequeña onda de choque que sacudió los retratos de las paredes.
Irina abrió los ojos de par en par, su rostro transfigurándose en un pánico absoluto al notar que su velocidad máxima de alta cuna había sido neutralizada con una facilidad pasmosa. Intentó empujar el arma, pero la mano de Astra era una prensa de hierro fundido.
Antes de que la villana pudiera asimilar la situación, la marca del eclipse grabada en el dorso de la mano de Astra comenzó a pulsar con una luz negra, opaca y magnética que tiñó sus dedos de sombras vivas.
¡¡¡CRACK... CRACK... CRACK!!!
Un crujido seco, espantoso y nítido de huesos fracturándose resonó en toda la galería de retratos. La presión sobrenatural de la loba del eclipse comenzó a aplastar y agrietar la estructura ósea de la muñeca de Irina bajo su agarre, haciendo que la daga de veneno temblara a punto de caer, mientras Astra se inclinaba hacia adelante, fijando sus ojos de plata sólida en las pupilas aterrorizadas de su antigua opresora.