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El CEO Y La Diseñadora

El CEO Y La Diseñadora

Status: En proceso
Genre:CEO / Malentendidos
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Itzel Velasco

Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.

NovelToon tiene autorización de Itzel Velasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: Puntadas que cuentan la verdad

Cuando el último de sus compañeros apagó su lámpara y cruzó la puerta del área de diseño, Yoselin se quedó completamente sola.

El silencio que llenó el lugar no le resultó vacío ni pesado; al contrario, lo sintió como un aliado, permitiéndole concentrarse por completo en cada movimiento, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ella.

Extendió con mucho cuidado la tela gris azulada sobre la mesa más grande, la alisó con la palma de la mano para quitarle cualquier arruga mínima y la sujetó con alfileres finos en los bordes, asegurándose de que no se deslizara ni un milímetro mientras trabajaba.

Antes de dar la primera puntada, se quedó mirando el trozo de tela y repasó mentalmente todo el camino recorrido: desde el día que fue rechazada en esa misma oficina, hasta la elección de cada material, las pruebas que descartó y la confianza que la señora Elizondo había depositado en ella.

Sabía que lo que hacía era para entregarle a la clienta algo único y lleno de sentido, pero también era una respuesta silenciosa a Alejandro Varela.

Él creía que sus ideas eran desordenadas, arriesgadas sin rumbo, que solo buscaba romper reglas por llamar la atención; ella le demostraría que la libertad creativa no estaba peleada con la exigencia, ni con el orden, ni con el respeto por lo bien hecho.

Tomó la aguja enhebrada con ese hilo de seda mate que tanto le había costado seleccionar, y respiró hondo.

Empezó a coser despacio, con una precisión que le hacía doler levemente las yemas de los dedos por la tensión, pero no estaba dispuesta a apresurarse ni a ceder en nada.

Cada puntada tenía exactamente la misma longitud, la misma presión, para que al estirar la tela no se marcaran líneas irregulares ni se deformara la caída del tejido.

Cuando terminó de unir las piezas principales del cuerpo del vestido, lo levantó con ambas manos y lo dejó caer suavemente sobre el aire: se movía como si tuviera vida propia, ligero y elegante, con esos pliegues suaves que había imaginado desde el primer boceto, como si siempre hubiera estado destinado a tener esa forma.

Dejó el vestido sobre un maniquí pequeño y pasó a preparar las joyas.

Extendió el platino mate sobre un paño suave para no rayarlo, tomó una por una las piedras azul grisáceo y las fijó con mucho cuidado, doblando los bordes del metal con una herramienta especial para que las sostuvieran con firmeza pero sin apretarlas demasiado, permitiendo que la luz rodeara cada borde y revelara todos sus matices.

Al terminar el collar, lo sostuvo frente al ventanal donde la luz de la luna empezaba a entrar: la piedra central brillaba de una forma discreta pero inolvidable, cambiando su tono según cómo la miraba, tal como quería que se sintiera quien lo llevara.

El tiempo pasó sin que ella se diera cuenta. Solo cuando sintió que los ojos le ardían por el cansancio y la espalda le pedía descanso, miró el reloj de la pared: ya eran más de las nueve de la noche.

Guardó el vestido y las piezas terminadas en una funda de tela limpia y transpirable, acomodó sus herramientas en su caja en el mismo orden que siempre, apagó todas las luces y cerró la puerta del área de diseño.

Al cruzar el pasillo frente al despacho del último piso, no supo que la puerta estaba apenas entreabierta, ni que

Alejandro seguía ahí dentro, mirando por última vez las notas que le había entregado la secretaria, pensando en esa chica que se quedaba hasta tarde sin quejarse, que cuidaba lo más pequeño como si fuera lo más importante, y que convertía cada trazo y cada puntada en algo extraordinario.

Esa noche, al llegar a su pequeño departamento, se quitó los zapatos y se dejó caer en la cama sin ganas de nada más.

No tenía ninguna prueba de que Alejandro hubiera cambiado de opinión, ni de que ya confiaba en ella, pero tenía algo mucho más sólido y real: el trabajo hecho con sus propias manos, pensado con el corazón y construido con la razón, algo que nadie podría desestimar sin mirarlo bien de verdad.

Y estaba segura de que, tarde o temprano, él tendría que verlo tal cual era: perfecto a su manera, y mucho mejor que todo lo que esperaba.

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