**Él le arrebató su lugar.**
La vida le enseñó que en el mundo de los hombres, una mujer nunca hereda el poder… solo las heridas.
Manuela Hernández huyó de su hogar con el corazón roto y una promesa ardiendo en el pecho: jamás volvería a ser débil.
Cinco años después, convertida en una mujer poderosa y temida, regresa al rancho que una vez fue suyo tras la misteriosa muerte de su padre.
Pero volver significa enfrentarse a traiciones enterradas, secretos familiares y fantasmas que nunca dejaron de perseguirla.
Y también a él.
Damián Cortés.
El hombre peligroso que puede destruir todo lo que ella ama… o convertirse en su peor adicción.
Entre deudas, mentiras y una atracción imposible de ignorar, Manuela descubrirá que algunas guerras no se pelean solo por dinero o poder… sino por el corazón.
Porque en Hacienda San Rafael nadie es inocente.
Y alguien está dispuesto a matar para quedarse con el legado.
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Capítulo 19: La primera amenaza directa
Manuela escuchó la voz de Ernesto desde el pasillo.
—Vieja metiche. Le advertí que se metiera en sus cosas.
Luego el golpe.
Empujó la puerta de la cocina y lo que vio le duró medio segundo en el cerebro antes de que su cuerpo reaccionara solo: Doña Carmen contra la estufa con la mano en la mejilla y Ernesto todavía con el brazo extendido.
Manuela lo agarró del cuello de la camisa con las dos manos y lo empujó contra la pared del fondo con una fuerza que sorprendió a los dos.
—¡Manuela! —dijo Doña Carmen.
—¿Le pegaste? —La voz de Manuela salió a ras del suelo—. ¿Le pegaste a ella?
Ernesto intentó zafarse. Ella apretó más.
—Suéltame —dijo él, con la voz distorsionada por el cuello de la camisa apretado—. Suéltame o te juro—
—¿Me juras qué? —Manuela lo soltó de golpe, no porque él lo pidiera sino porque si no lo soltaba iba a hacer algo que le iba a costar caro legalmente—. ¿Qué me juras, Ernesto?
Ernesto se acomodó la camisa. Recuperó la compostura con esa capacidad suya de reordenarse rápido que a Manuela le resultaba más inquietante que cualquier otra cosa que hubiera visto en él.
—Le dije que se metiera en sus cosas —dijo, como si eso fuera una explicación suficiente—. Llevas semanas usando a esta mujer de informante y eso se terminó.
—Esta mujer trabaja para mí. En mi casa. Y le acaba de pegar a ella.
—Soy el administrador de este rancho—
—Eres el administrador de las tierras y el ganado —dijo Manuela—. No eres el administrador de las personas. Y si vuelves a tocarla te denuncio esta tarde.
Ernesto la miró.
—Inténtalo —dijo—. A ver qué tan lejos llegas tú sola en este pueblo.
Salió de la cocina sin apresurarse.
Manuela se quedó quieta escuchando sus pasos alejarse por el pasillo. Luego se giró hacia Doña Carmen, que tenía el labio partido y la mejilla hinchada y los ojos brillantes de quien está aguantando con lo que le queda.
Le puso hielo en la cara sin decir nada.
Doña Carmen dejó que se lo pusiera.
—No se meta en más problemas por mí, niña.
—Ya estoy metida —dijo Manuela—. ¿Puede caminar?
—Claro que puedo caminar.
—Bien. Porque vamos a salir.
Ernesto estaba en el potrero norte cuando Manuela cruzó el patio con Doña Carmen a su lado. Lo vio venir y despidió a los dos peones con un gesto, pero los peones no se fueron del todo, se corrieron lo suficiente para no estar en medio y lo suficiente cerca para ver.
—¿A dónde creen que van? —dijo Ernesto.
—A denunciarte —dijo Manuela.
Ernesto se rió. Fue una risa corta, sin humor.
—¿Con quién? ¿Con el juez al que le gané la demanda de tu tierra hace tres años? ¿Con el médico forense que firmó el acta de tu padre? —Dio un paso hacia ella—. Este pueblo es mío, Manuela. Llevo treinta años construyendo eso mientras tú estabas en la capital jugando a ser empresaria.
—Jugando tan bien que compré el rancho con mi propio dinero sin que te dieras cuenta —dijo ella—. Pero sigue.
La mandíbula de Ernesto se apretó.
—Deberías volverte a la capital —dijo, y bajó la voz a ese registro de amenaza que no necesita volumen—. Antes de que le pase algo a alguien que quieres.
El potrero en silencio.
Doña Carmen respiró despacio al lado de Manuela. Los peones en la esquina sin moverse.
Manuela lo miró fijo durante tres segundos que pesaron cada uno.
—Amenázame de nuevo —dijo, con una voz que salió como hielo— y te juro que la próxima conversación la tendremos con un juez entre nosotros.
Ernesto sonrió.
No fue la sonrisa de un hombre derrotado ni la de uno que perdió el control. Fue la sonrisa de alguien que acaba de confirmar algo que quería saber, tranquila y calculada, y eso fue exactamente lo que la asustó porque no podía descifrar qué demonios había confirmado.
Se fue sin apresurarse.
El abogado penalista escuchó todo y fue directo.
—Amenaza explícita con testigos y lesiones personales. Denuncia penal. Si prospera, Ernesto pierde el cargo porque el testamento condiciona la administración a que no tenga antecedentes penales activos.
—¿Necesitamos que Doña Carmen declare?
—Para que las lesiones valgan, sí.
Manuela colgó. Miró a Doña Carmen sentada frente a ella en el estudio con el hielo en la mejilla y esa expresión nueva de mujer que ya tomó una decisión.
—¿Está dispuesta?
—Llevo cincuenta años en este rancho —dijo Doña Carmen—. Y no me lo va a quitar ese hombre.
Manuela asintió y estaba marcando al abogado de nuevo cuando el teléfono vibró. Mensaje del investigador.
El farmacéutico no abrió hoy.
Manuela leyó el mensaje dos veces.
Se habían adelantado.
El único testigo que podía identificar a Ernesto en la farmacia había desaparecido en la misma tarde en que ella lo había amenazado con un juez, lo que significaba que Ernesto había hecho dos movimientos simultáneos: la amenaza directa para medirla, y mover al farmacéutico para cubrirse mientras ella procesaba la amenaza.
Por eso la sonrisa.
Estaba probando cuánto tiempo le tomaba reaccionar.
Escribió al investigador: Encuéntrelo. No importa dónde.
Luego llamó a Damián.
—Necesito verte hoy.
—Veinte minutos —dijo él, y colgó.