Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2
...AITANA...
—Que sí, mamá, te juro que no me voy a desmayar. Ya me tomé el café y me comí la empanada que me empacaste... Bueno, media empanada, porque la otra mitad terminó en mi servilleta por el susto de ver el precio del pasaje del metro.
Iba caminando a paso apresurado por la acera, sosteniendo el teléfono entre la oreja y el hombro mientras intentaba que la carpeta con mi currículum no se me resbalara de las manos. Para colmo, los tacones que le había prestado mi prima me estaban destruyendo los pies.
—Aitana, por Dios, concéntrate —la voz de mi madre sonaba entrecortada por la mala señal, pero llena de esa fe ciega que solo las mamás tienen—. Ese colegio es de los más ricos del mundo. Dios te va a bendecir con ese puesto, vas a ver que sí. Es tu oportunidad de oro.
—Lo sé, má. He pasado los últimos cinco años de mi vida quemándome las pestañas con dobles titulaciones y haciendo prácticas casi gratis por esto. Solo... no dejes que el perro se meta a mi habitación, ¿sí? Te marco en cuanto salga. Te amo.
Colgué el teléfono, solté un largo suspiro y miré hacia arriba. Me quedé con la boca abierta.
El Montenegro International Academy no parecía una escuela; parecía el mismísimo palacio de Versalles pero con antenas de Wi-Fi de alta velocidad y guardias de seguridad privada que te miraban como si llevaras una bomba en la bolsa. Me sacudí el saco del sastre gris —el único formal que tenía en mi armario—, me acomodé el cabello y entré con el corazón latiéndome en la garganta.
Para mí, la educación no era un negocio, era una vocación. Y este lugar, con todos sus recursos, era la oportunidad de mi vida.
O eso creía antes de llegar al piso de rectoría.
La sala de espera era un chiste de mal gusto. Había unas diez candidatas. Todas impecables, con trajes de diseñador y oliendo a perfumes que seguro costaban más que mi renta anual. Pero lo impresionante no era su ropa, sino lo que se escuchaba desde adentro de la oficina principal.
—A ver, señorita... camine hacia la ventana y regrese. Quiero evaluar su... lenguaje corporal bajo presión —la voz masculina que se filtraba por la puerta entornada sonaba perezosa, arrastrada y exasperantemente arrogante.
¿Hacerlas modelar? ¿Para una plaza de tutoría avanzada en literatura e historia? Sentí que la indignación me empezaba a picar en las venas.
Cuando la última candidata salió con las mejillas encendidas y una sonrisa nerviosa, la secretaria me miró con lastíma.
—Aitana Vega. Puede pasar.
—Deséeme suerte, la voy a necesitar —le siseé de forma espontánea a la secretaria antes de enderezar la espalda, agarrar mi carpeta con fuerza y entrar.
Detrás del imponente escritorio de caoba no había un director de escuela respetable. Había un tipo de unos treinta años, insultantemente guapo, con la camisa blanca con los primeros botones abiertos y una sonrisa de suficiencia que me dio ganas de bajarlo de su nube de un solo golpe.
Henrry Montenegro. El hijo del dueño del imperio.
—Vaya, por fin alguien que no huele a fragancia de tres mil dólares —dijo Henrry, recostándose en su silla y mirándome de arriba abajo con un descaro que me revolvió el estómago—. Siéntate, Aitana. Si me dejas llamarte así.
—Señor Montenegro —dije, manteniéndome firmemente de pie y plantando mi carpeta sobre el escritorio—. Vengo por la vacante de Tutora Principal. Supongo que prefiere que saltemos las dinámicas de pasarela y vayamos directo a mis certificaciones en pedagogía.
Henrry enarcó una ceja, claramente sorprendido de que no me derritiera ante su mirada magnética.
—Qué aburrida. El carisma también es una habilidad, ¿sabes? —se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa—. A ver, ponme los puntos sobre las íes. Convénceme. ¿Por qué debería contratarte a ti y no a la rubia de piernas largas que salió antes? Ella tenía una excelente... disposición para el trabajo en equipo.
La sangre me hirvió. Recordé el esfuerzo de mi mamá, mis noches sin dormir, mis pies adoloridos. Ese niño rico no iba a pisotear mi dignidad.
—Primero, porque esto es una institución educativa, no el casting para un desfile de modas —le solté, cruzándome de brazos y sosteniéndole la mirada—. Segundo, porque mis capacidades están en mi cerebro, no en mis piernas. Y tercero, porque si usted supiera la mitad de pedagogía de lo que sabe de marcas de champán, sabría que está perdiendo el tiempo con preguntas ridículas que ni siquiera están en el protocolo de la empresa.
Henrry se quedó mudo, con la boca entreabierta. Justo cuando iba a responder, la imponente puerta de la oficina se abrió de par en par.
Augusto Montenegro, el mismísimo Presidente del imperio global, entró a la sala. Su sola presencia congeló el aire. Detrás de él, una asistente se le acercó al oído a toda prisa, susurrándole algo mientras miraba de reojo a Henrry. El Presidente frunció el ceño, clavando en su hijo una mirada de profunda decepción. Le acababan de chismear el "espectáculo" que Henrry estaba montando con las candidatas.
Henrry, al verse acorralado por la fría mirada de su padre, se acomodó la camisa e intentó recuperar el control de la situación atacándome a mí para desviar la culpa.
—Bueno... para ser profesora eres bastante altanera, ¿no crees? —dijo Henrry, forzando una sonrisa despectiva y mirando a su padre como buscando aprobación—. No quisiera que los padres de esos mocosos millonarios se quejaran por tener a una maestra tan grosera e impertinente en la institución.
Miré al Presidente, el hombre más rico del mundo, y luego miré a Henrry.
Me importaba un bledo perder el empleo. Mi dignidad no tenía precio de matrícula.
—¿Grosera? —solté una risa amarga—. Grosero es usar el poder de su apellido para humillar a profesionales que han sudado cada título que tienen, mientras usted solo tuvo que nacer para ganarse este puesto. Y si los padres de esta institución prefieren una maestra sumisa que les aplauda sus incompetencias en lugar de alguien con carácter para educar a sus hijos, entonces se equivocaron de candidata.
Tomé mi carpeta del escritorio con un golpe seco.
—No estoy interesada en el puesto si de esto se trata esta institución. Quédense con sus millones y sigan contratando modelos. Buenas tardes.
Di media vuelta y caminé hacia la salida con paso firme, dejando un silencio sepulcral en la oficina.
Podía sentir la mirada estupefacta de Henrry clavada en mi espalda, y la del Presidente, que por primera vez en toda la tarde, parecía genuinamente intrigado.