Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 24 UNA PROPUESTA INESPERADA
La habitación estaba en silencio, solo roto por el suave zumbido del aire acondicionado y el goteo lento del suero que bajaba por el tubo hasta mi brazo. Seguía acostada en su cama: las sábanas eran de algodón fino color gris oscuro, olían a él, y el colchón era mucho más blando de lo que yo estaba acostumbrada. Emiliano se quedó de pie al borde del colchón, las manos metidas en los bolsillos del pantalón, la postura rígida y la mirada fija en mí, sin rastro de la suavidad de antes —volvía a ser el hombre de siempre: el dueño de todo, el que hablaba desde arriba, sin suavizar las palabras. Su voz no gritaba, no estaba llena de furia, pero cargaba una preocupación tan cruda y directa que dolía más que cualquier grito.
—¿Por qué no dijiste nada? —preguntó, y aunque no levantó la voz, cada palabra pesaba como una piedra.
Lo miré a los ojos, y sin querer las lágrimas se me desbordaron, rodando por las sienes hasta perderse en el cabello. Me daba una vergüenza inmensa decirlo, exponer lo frágil que me sentía frente a alguien que siempre se mostraba tan duro.
—Es que... apenas llevo tres días trabajando para ti —empecé, con la voz quebrada—. No estoy en mi casa, no estoy en mi entorno... y además tú eres tan grosero, tan estricto... ya estoy harta de todo esto.
Con un movimiento brusco me apoyé en los codos para levantarme, con la idea fija de arrancarme el suero y salir de ahí de una vez, sin importarme el dolor. Pero él dio un paso al frente, y su voz sonó tajante, como una orden que no admite réplica:
—Ni se te ocurra levantarte. ¿Te atreves a tocar ese suero y verás qué pasa.
Me detuve en seco, sentándome al borde del colchón. El movimiento me hizo remover la quemadura; un dolor agudo me recorrió el abdomen y tuve que morder el labio para no gemir.
—Acuéstate —repitió él, y por un segundo vi cómo se le cerraba el puño al costado, como si se contuviera para no tocarme—. Sabes bien que no te conviene moverte.
Respiré hondo, dejé caer la espalda contra la almohada y cerré los ojos un instante.
—Yo no era así —susurré, sin poder evitarlo—. Te lo juro... antes yo era la persona más valiente del mundo. Pero ¿cómo voy a serlo ahora? ¿Cómo hago para seguir adelante sin ella?
Él se quedó callado unos segundos, escuchando cada palabra, sin interrumpirme. Dio un paso lento hacia mí, pero se detuvo a medio metro de la cama: no se acercó demasiado, no intentó consolarme con caricias, mantuvo esa distancia fría que siempre lo caracterizaba.
—¿Hablas de tu hermana? —preguntó, y en su voz no había dulzura, ni compasión fingida, solo la misma sequedad de siempre.
—Sí —respondí entre lágrimas.
—Camila, tú estás viva —dijo entonces, mirándome fijamente a los ojos, sin apartar la vista ni un segundo—. Tú respiras. Tu hermana ya no. No sé qué le pasó, no tengo derecho a decirte cómo debes sentirte, ni a juzgar tu dolor... porque no te conozco, no la conocí, y francamente no me interesa meterme en eso. Yo tengo mi vida, tú la tuya. Pero hay algo que sí te voy a decir, y te lo voy a decir una sola vez.
Hizo una pausa, y por primera vez vi que le costaba encontrar las palabras, como si estuviera diciendo algo que nunca había dicho a nadie.
—Camila, tú sigues viva. Tú respiras —repitió, despacio, como si quisiera que se me quedara grabado en la piel—. Tienes anemia grave. Estás diez kilos por debajo de lo que te corresponde para estar estable, y cinco más para salir del riesgo y recuperar tu salud.
Se quedó en silencio un instante, y luego siguió, con esa firmeza que no permitía dudas:
—Vive por tu hermana, si quieres. Vive por tu papá, por tu mamá... ¿Crees que ellos estarían bien si te fueras tú también? Me imagino que lo están pasando peor que tú.... y aun así, ellos siguen aquí, luchando por ti.
Por fin dio el paso que faltaba, se sentó en el borde libre de la cama, manteniendo todavía su espacio, pero ya no tan lejos.
—Vive por tus padres, por tus hermanos —dijo bajando un poco la voz—. Porque si sigues así, cada día estarás más delgada, cada día te costará más respirar... y yo te necesito aquí. No me gusta hablar de sentimientos, eso es cosa de débiles, siempre lo he pensado así. Pero estos tres días... he comido mejor, he estado más tranquilo que en años. No puedo dejarte ir. Tú eres alguien especial para mí, Camila. Eres la única persona que ha logrado que yo coma bien, que haga las cosas bien... y eso es lo que más me importa.
Me miró a los ojos, y por un instante vi algo en su mirada que nunca había visto: miedo.
—Te propongo algo —dijo—. Vive aquí conmigo. La casa es enorme, tienes espacio de sobra. Podrás salir cuando quieras, tendrás tu propia llave, tu propia habitación... podrás ver a quien quieras, estar con quien quieras, pero no puedes traer a nadie a esta casa. No viviremos juntos como pareja, solo estaremos aquí los dos. Los dos necesitamos ayuda: tú para salir de ese dolor que te está matando poco a poco, de esa depresión que no te deja avanzar... y yo te necesito a ti, para que me cocines, para que sigas siendo esa luz que me ha hecho falta. No hace falta que te vayas hoy: estás muy débil, te dolerá todo si te mueves mucho. Quédate aquí.
Se levantó despacio, estiró la manta hasta cubrirme bien los hombros, con un gesto torpe, como si no supiera muy bien cómo hacerlo, y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro:
—Piensa lo que te he dicho. No te voy a presionar, pero sabes que es lo mejor para ti.
La puerta se cerró suavemente tras él. Me quedé sola en la habitación, escuchando todavía el eco de sus palabras. Me cubrí la cara con la mano y lloré, lloré por todo lo que había perdido, por lo extraño que era que él, el hombre más cerrado y duro que conocía, me dijera esas cosas. Su voz no había sido tierna, no había sido la voz de un amigo... pero había sido sincera. Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí que estaba sola en el mundo. El cansancio me venció poco después, y me quedé dormida con la cara húmeda, todavía pensando en sus palabras.